The Project Gutenberg eBook, Incertidumbre, by Hermine Lecomte Du Noy


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Title: Incertidumbre


Author: Hermine Lecomte Du Noy



Release Date: October 8, 2008  [eBook #26845]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK INCERTIDUMBRE***


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BIBLIOTECA DE LA NACION

H. L. N.

INCERTIDUMBRE







BUENOS AIRES

1909

Imp. y estereotipia de LA NACIN.--Buenos Aires.

La novela que con el presente volumen ofrecemos a nuestros lectores, es
de un corte delicado, y de tal manera interesa, que quien empiece su
lectura es difcil la deje sin haberla saboreado hasta el final.

Tiene una tendencia altamente moral y transcendental, cual es el premio
al amante noble, desinteresado y constante, que, creyndose inferior en
mritos a la persona amada, oculta su amor y slo aspira a la felicidad
del ser querido.

Tambin desarrolla otros temas de no menor inters: tales son las
vacilaciones de la mujer elegante entre el hombre de mundo superficial y
vano y el hombre honrado, trabajador y noble que carece de dotes
mundanas, y el castigo de la persona que slo va al matrimonio como
medio de elevar la situacin en que vive, aunque sta sea bastante
buena.

Es un estudio social perfectamente acabado que ha de agradar a nuestros
lectores. Sobre todo, _Incertidumbre_ ser una de las obras que ms
inters ha de despertar en el bello sexo.

Su autor se oculta bajo un pseudnimo, seguramente por un sentimiento de
excesiva modestia, pues, por lo interesante de la fbula y el perfecto
estilo en que est escrita, revela altas dotes literarias. Slo se sabe
de l que es el mismo autor de otra novela titulada _Amiti Amoureuse_,
publicada anteriormente en Pars, que llam la atencin de toda
Francia.




INCERTIDUMBRE




I


En una admirable noche del mes de junio reina extraordinaria animacin
en el viejo castillo de Creteil. En el patio de entrada, el continuo
rodar de los carruajes no cesa hasta despus de haber dado las doce en
el campanario de la iglesia. Los curiosos de la aldea se han alejado,
satisfechos de haber admirado algunas elegantes toilettes, y contemplado
la suntuosa decoracin del vestbulo, de columnas enguirnaldadas, con
flores y luces elctricas. Todo es all alegra, calor y perfume. Sin
embargo, no lejos de la fachada de la vasta mansin, que da sobre el
Marne, un joven se pasea a lo largo, en actitud meditabunda y de una
manera nerviosa. Ni las armonas de la orquesta del baile que dan los
Aubry de Chanzelles, en honor de los veinte aos de su hija Mara
Teresa, ni el bullicio de las voces juveniles, que llegan hasta el
paseante solitario, por las grandes ventanas abiertas de los salones,
lo distraen de su melancola. Las fragantes flores del jardn exhalan en
vano sus perfumes penetrantes: permanece insensible a las bellezas
misteriosas de la noche, tan absorto est en sus pensamientos. As es
que, grande es su sobresalto, cuando un amigo, a quien no ha sentido
aproximarse, exclama, golpendole familiarmente en la espalda:

--Y bien, Juan! Por qu nos has dejado hace ms de una hora?

--Para tomar aire.

--No te bastan las ventanas abiertas?

--No.

--Prefieres la compaa de las tinieblas a la de las jvenes que han
venido a festejar a mi hermana?

--Desde aqu veo desfilar sus elegantes siluetas, tan bien como en el
saln.

--Creo que muy poco te ocupas de esas seoritas, amigo mo; lo que t
miras es el suelo, y con tal persistencia, que hace un momento crea que
te ejercitabas en clasificar cientficamente las piedras de los caminos.

--Te engaabas, Jaime.

El tono seco de la rplica puso fin a las bromas del recin llegado.
Distradamente sac una cigarrera de su bolsillo y tendindola hacia su
compaero:

--Quieres uno?--dijo.

--No, gracias.

--Son exquisitos...

--Me gusta el tabaco sin perfume; el tuyo no puede ser apreciado por un
plebeyo como yo.

--Como quieras!...

Jaime Aubry de Chanzelles conoca demasiado a su amigo para insistir.
Cerr la tabaquera con un golpe seco, encendi su cigarrillo, y, despus
de haber lanzado al espacio algunas bocanadas de humo, dijo:

--Brillante la fiesta, eh?

--Muy brillante.

--Por qu has desertado del cotilln?

--Podra devolverte la pregunta.

--Oh! yo, es bien sencillo: me substraigo a las confidencias de mi
prima. No habrs dejado de reparar que la querida Diana, siente por m
la clsica simpata de las personas que se han criado juntas, cuando,
por milagro, no se detestan. Pues, en estos casos, sucede una u otra
cosa. Hacia los veinte aos, por poco que escaseen los pretendientes, la
prima descubre de pronto que el primo es lo que le conviene. De esta
manera, no hay miedo de equivocarse, ni sobre el carcter, ni sobre la
salud, ni sobre la fortuna. El mundo contempla el suceso con
enternecimiento. Me parece que oigo los cuchicheos: Saben ustedes la
nueva? Diana Gardanne se casa con su primo!--Oh! querida ma, esto es
delicioso!--Un casamiento por amor!--Lo creo, se adoran desde la poca
en que paseaban en brazos de sus nieras! Y as se escribe la
historia!

Divertido, a pesar suyo, por el tono burln de Jaime y por las
exclamaciones grotescas con que recitaba su monlogo, Juan sonrindose
murmur:

--Exageras...

--Absolutamente! Nadie pondr en duda nuestro amor ardiente; nadie se
dir: Diana es una joven prudente; no tiene ninguno de los gustos,
ninguna de las aspiraciones de su primo; pero, como los pretendientes
no abundan, no quiere quedarse para vestir imgenes. La vida de familia
la abruma; desea llevar una vida ms mundana; entonces por qu no
echarle el anzuelo al primo? Y es por una serie de razonamientos
semejantes, usuales en las jvenes extremadamente prcticas, que no se
preocupan de encontrar el amor en el matrimonio por lo que mi prima se
ha decidido a amarme.

--Oh! considero a Diana Gardanne incapaz de hacer tales clculos.

--Ests equivocado. Por disfrutar de fortuna, sospecho que est decidida
a todo.

--La perspectiva de casarte con ella te asusta?...

--En efecto, nunca he tenido tanto miedo! Por eso, hace un momento, he
pretextado una repentina indisposicin para substraerme a los encantos
del boston. No tengo ni sombra de carcter. As es que evito con mucho
cuidado, desde hace dos meses, lo que la querida nia llama: nuestras
deliciosas horas de intimidad. Aunque su mirada es glacial y su nariz
ostenta proporciones borbnicas, me conozco: si por desgracia me hablase
de su ternura y de su admiracin _por mi hermosa inteligencia_, en una
noche como sta, sera capaz de contestarle: Como no!... o
Perfectamente! En fin, cualquiera de esas palabras apasionadas,
irreparables, que lo hunden a uno en un abismo, para toda la vida.

--No haces mal el papel de bufn; sin embargo, no carece de encanto el
casarse con una amiga de la infancia, cuyo carcter se conoce, cuyos
gustos...

--Inocente! Crees t que jams pueda conocerse a una joven? Casi no
me atrevo a alabarme de conocer a mi hermana!

--Mara Teresa tiene un carcter franco, leal... no comprendo cmo
puedes compararla...

--Ciertamente; pero, en cuanto le llegue la hora de la ambicin y el
amor sabemos lo que ser? Pap, el otro da, le dijo, rindose, que
tena seducido al Conde de Chateliez... T, como yo, la viste sonrojarse
hasta parecer una amapola y murmurar:

--Padre, su amigo es algo maduro... No ha pasado ya los cuarenta
aos?... Si fuera ms joven, tal vez me dejara tentar... Seduce el
ttulo de condesa. Condesa Mara Teresa! No hara mala frase!...

--Es cierto.

El tono sombro con que Juan pronunci estas palabras, pareci a Jaime
tan expresivo que estuvo a punto de exclamar:--Ea, cuntame tu secreto,
Juan! Acaso no soy tu hermano, por nuestra larga intimidad? Tmame por
confidente, pobre diablo, y sufrirs menos!

Pero guard silencio, conociendo la naturaleza altiva de su amigo, y los
obstculos serios que lo separan de su hermana.

Jaime piensa que lo mejor era provocar las confidencias. Pero cmo? El
medio ms sencillo no sera demostrar a Juan la misma confianza que
reclamaba de l? Se apresur, pues, a aprovechar la hora para llevar la
conversacin a un terreno propicio:

--Ah! el pensamiento de las jvenes, es para nosotros indescifrable; su
jardn secreto nos es inaccesible. Si nos aventuramos en l ser a
fuerza de sutileza o a golpes de hacha como conseguiremos hallar el
camino que conduce a su corazn? Gran problema por resolver!

--Es esa la causa que te ha determinado a viajar? Cuentas ejercitarte
en los corazones extranjeros, antes de atacar los de nuestras
compatriotas?

--Qu genio! Reconozco la admirable ciencia de las sabias deducciones!
Has adivinado! Marcho a estudiar el alma de la desconocida que amar
quiz!, y sobre todo... Oh!, muy sobre todo... por huir de la joven que
no amo. Si supieras cunta energa se tiene en estas tristes
circunstancias! Es espantoso! Maana, tomar el rpido para Strasburgo.
Dentro de ocho das estar en Viena. Pasar a Budapest, y regresar por
el Tirol austriaco y la Suiza. Y t qu piensas hacer en tus
vacaciones?

--Todava no s si las tendr. Tu padre y yo no podemos dejar a un mismo
tiempo la fbrica. El seor Aubry me ha parecido algo fatigado en estos
ltimos das; deseara que descansase de una manera continua, en vez de
veranear, como el ao pasado, yendo y viniendo de Etretat a Creteil.

--En caso que l acepte mi combinacin, yo permanecer aqu.
Oh!--aadi contestando a un gesto de su amigo,--no me compadezcas! Me
gusta la tranquilidad de mi casa. Ese pequeo pabelln que tu padre me
hizo construir all, al extremo del jardn, a orillas del Marne, es mi
paraso. Desde all observo todo lo que pasa en la fbrica y en el
parque. La arboleda que me aisla, no es tan espesa que me impida ver las
avenidas... He reunido tan buenos recuerdos en seis aos que habito ese
pabelln!

--Seis aos ya! Me parece que ayer hacamos los planos. Recuerdas?

--Si me acuerdo! Tu hermana fue el hbil arquitecto y quien dibuj el
jardn que lo rodea. Las rosas Niel y las yedras, que plant contra las
paredes, guarnecen ahora las ventanas; no puedo abrirlas sin creer ver a
Mara Teresa con sus delicadas manos llenas de tierra, plantando las
enredaderas...

--Qu buenos tiempos eran aqullos! Ella tena catorce aos, t
veintitrs, yo veinte. Qu dulce compaerismo nos una entonces! Y
cmo nos trataba mi buena hermanita! Por tu culpa: t aprobabas todo lo
que ella te deca!

--Bah, eran fantasas propias de su edad!

--T lo crees? Eran caprichos de una dspota insoportable.

--S, pero qu corazn y qu sinceridad! Jams una mentira sali de
sus labios! Qu hermosa mirada resplandeca en sus ojos cuando se le
corregan sus faltas!... siempre leves. Su inalterable alegra era
contagiosa; yo corra y jugaba con ella como un chiquillo. Hermoso
tiempo en efecto! Todo eso ha pasado, concluido...

Jaime se mordi los labios para no rer; observ que el sentimiento
exaltado convierte a los ms inteligentes en seres ingenuos como nios.

--Mi buen Juan, todo el mal proviene de que hemos crecido.

--Tienes razn; cada ao me aleja de Mara Teresa, y as es mejor,
puesto que un abismo me separa de ella...

--No veo cul es ese abismo. T, como mi padre, eres hijo de tus propias
obras.

--Con esta diferencia, que tu padre pertenece a una distinguida
familia; si un da conoci la miseria, antes haba gozado de una buena
fortuna y vivido en la alta sociedad.

--No hagamos juego de palabras, Juan. Voy a decirte, antes de mi
partida, algo que hasta ahora he guardado para m y que quiero hacerte
conocer: siempre he deseado que t y mi hermana os amaseis.

--Ests loco?

--No, no estoy loco. Y la emocin de tu voz me prueba que la mitad, por
lo menos, de mi deseo se ha cumplido. Pero, hay que convenir, en que,
con tu maldita modestia y tu gran orgullo, nunca llegars a nada. Cada
da te alejas ms de Mara Teresa. La habitas a no ver en ti ms que un
empleado fiel, cuando debas hacerle comprender tu gran valor. T, que
tienes tan buena presencia como cualquiera de los jvenes que la rodean;
t, en cuanto ests cerca de ella, tomas un aire sombro y unas
actitudes tmidas que te perjudican. Te complaces, se creera, en ser
exclusivamente el hombre de la fbrica, cuando no debas olvidar que,
educado con nosotros, casi lo mismo que nosotros, tienes el deber de
transformarte en ciertas horas en hombre de mundo.

--Pero...

--No me interrumpas! Es as como quiero que te reveles a mi hermana. En
vez de esto, te alejas de ella, huyes. Cmo puedes esperar que ella te
descubra? Piensas que por s sola, sin que la ayudes un poco, llegar a
apreciar tu verdadero mrito, ni comprender al hombre de gran valor que
solamente mi padre y yo conocemos?

--Sin embargo, no puedo ir a tirarle de la manga y decirle: Atencin,
yo no soy un cualquiera!

--Eh! Quin habla de eso? Veamos, por qu no has bailado con ella
esta noche? Has pasado el tiempo vagando como un marido, de puerta en
puerta, para concluir por refugiarte aqu. Esto es absurdo, permteme
que te lo diga.

--No, Jaime, procedo con lealtad. No es posible que yo asuma la actitud
que me indicas, sin abusar odiosamente de los inmensos beneficios que he
recibido de tu padre. S yo el destino que l aspira para su hija?
Tengo la confianza del seor Aubry hasta el punto de que me trata como a
un hijo; tengo una amplia libertad para hablar con Mara Teresa veinte
veces al da y me aprovechara yo de estas circunstancias para ir a
turbar la paz de su hija, procurando hacerme amar? No, mil veces no!
Tanto ms, cuanto que esta vil seduccin parecera inspirarse en una
especulacin abominable. No se sospechara que quiero aduearme de la
fbrica de cristales y convertirme en el sucesor de tu padre,
solicitando la mano de tu hermana?

--Eres intratable!

--Soy sensato. Tu hermana puede aspirar a todo. Quin soy yo para ella?
Olvidas generosamente mi humilde origen, y la manera cmo tu padre me
sac de la miseria; a m me toca acordarme!

--Pero si Mara Teresa supiera... quien sabe si...

--Escucha, Jaime: Vas a jurarme que no hars nada porque lo sepa. Sera
odioso y cruel. Ahora le soy indiferente no me detestar si sabe que me
atrevo a amarla? Amigo mo, te lo suplico, djala en la ignorancia. Si
ella supiese algo, yo la perdera para siempre. No tendra ms esa
confianza, ese abandono, que tiene cuando me habla; nuestras relaciones
se haran tirantes, cesaran probablemente... Jaime, te ruego, puesto
que me has arrancado esta confidencia, que guardes el secreto!

--Te lo prometo. Pero no sera mejor que yo hablase?

--Me perderas! No, no! cllate, por favor! Si hablas, dejo la casa,
me marcho, huyo...

--Bueno, est bien, no dir nada. Adis, Juan. Dentro de algunas horas
estar lejos; abracmonos, pues pasar mucho tiempo antes que nos
veamos.

--Te deseo un feliz viaje, mi querido Jaime.

Se unieron en estrecho abrazo. Luego, Jaime subi al vestbulo; su
elegante silueta se destac sobre el resplandor del saln iluminado, y
pronto desapareci entre la muchedumbre.

Juan continu sus paseos, no ya ante la casa, sino a la sombra
protectora de una doble fila de tilos, bveda sombra que desciende en
suave pendiente desde el castillo hasta el Marne. Una dulce alegra,
turbada por ligeros remordimientos, embarga su espritu. Sin dejar de
sentir infinita gratitud hacia Jaime, por no haberse indignado cuando le
revel el misterio de su corazn, lamenta no ser ya el nico dueo de su
querido secreto. Teme que una palabra, menos an, una mirada, un gesto
de Jaime, no sea una revelacin para Mara Teresa. Y eso, Juan, no
quiere que suceda. No solamente se reprocha su amor a la seorita Aubry
de Chanzelles, sino que su gran preocupacin subsiste: Si ella supiese
que la amaba no cambiara de actitud hacia l?

Ante esta dolorosa perspectiva, sus ojos se velan, su corazn se contrae
de angustia, y murmura, desesperado:

--Por qu no he tenido energa para negar? Qu esperaba? Que Jaime
hiciera desaparecer la distancia que me separa de su hermana? Locura,
locura! Con tal, Dios mo, que nadie sospeche la osada de mi sueo!

Sufre, y su pensamiento evoca, con angustiosa lucidez, el lejano pasado.
Se mira tal como era la tarde de invierno en que el azar lo puso ante el
seor Aubry, en Pars, en el saln escolar del sexto distrito.

Un extrao fenmeno de su memoria sobreexcitada le produce una
reminiscencia exacta no slo de los hechos sino tambin de su estado de
alma de nio. Experimenta casi la dolorosa opresin que paraliz su
corazn y anud su garganta a su entrada en el saln profusamente
iluminado. Muchos nios estn ah acompaados de sus madres o de sus
padres; l est solo y se siente pequeo, triste, desgraciado.

Los seores de la comisin escolar, sentados, tranquilos y solemnes,
detrs de una ancha mesa cubierta con tapiz verde, se le figuran jueces,
tan terribles, que trata de no ser visto; se esconde en un ngulo de la
vasta sala.

Suenan nombres lanzados por los ujieres; algunas personas se levantan,
hablan, salen. Juan mira casi inconsciente; de pronto ve adelantarse a
una mujer hacia la mesa. La voz del alcalde, seor Aubry de Chanzelles,
llega por primera vez a los odos de Juan. El alcalde habla con claridad
en un tono grave y benvolo. En vez de amonestar a aquella mujer,
llamada a justificar las ausencias demasiado frecuentes de su hijo a la
escuela, se afana en demostrarle la necesidad de velar sobre la
instruccin y desarrollo de la inteligencia de los nios.

Juan, tranquilizndose poco a poco, escucha con atencin. Cuando el
seor Aubry, inclinado hacia la pobre mujer, la interroga con bondad, y
luego oye las respuestas embrolladas de la desgraciada que se excusa de
no poder mandar todos los das a su chico a la escuela, porque le ayuda
en su trabajo, Juan no pierde una palabra de los consejos que le da el
seor Aubry al explicar el verdadero inters del nio.

La buena mujer, muy conmovida, se aleja sin poder responder.

El gran saln se halla casi desierto. El seor Aubry va a levantar la
sesin, cuando el ujier llama con voz sonora:

--Juan Durand!

Estas dos palabras, que hace tanto tiempo resonaron en el vasto saln de
la alcalda de la plaza de San Sulpicio, por qu prodigio, su sonoridad
llena an los odos de Juan? Se ve a s mismo acercarse a la gran mesa
de tapete verde con paso vacilante, arrastrando sobre la alfombra sus
gruesos zapatos clavados.

Semejante a muchos chicuelos de Pars que han soportado duras
privaciones, Juan se presenta con una figura flaca y demacrada.
Intimidado y tembloroso, hace girar entre sus manos una vieja gorra
color azul desteido, y se detiene ante la comisin. El alcalde examina
sus notas con aire grave. Ah, desgracia! por qu su rostro se llena de
severidad?

--Qu significa esto, seor Durand?--interroga el seor Aubry.--Hace
quince das que no se le ve a usted en la escuela. Por qu eso, eh?

Juan baja la cabeza y con voz lastimera contesta:

--Es porque mam estaba enferma y despus se ha muerto.

--Muerto?

--S. La llevaron hace tres das...

Toda la severidad del alcalde desaparece; bondadosamente lo interroga:

--De qu enfermedad ha muerto tu mam?

Oh, cmo recuerda Juan la emocin con que aquella frase fue dicha!
Sbitamente recuper la confianza y se hizo locuaz.

--Fue un da que llova... en el mnibus... Estuvo enferma un mes; pero
el mdico dijo en seguida que no poda hacerse nada porque estaba
cansada de haber trabajado demasiado.

--En qu trabajaba tu madre?

--Era costurera para las tiendas. Cosa todo el da, y hasta por la
noche. Yo quera trabajar para ayudarla, pero ella no quera. Deca
siempre: Tienes que ir a la escuela para aprender.

--Y tu padre?

--Hace mucho tiempo que ha muerto tambin; era emplomador y se cay de
un techo cuando trabajaba.

--No tienes parientes?

--No, nadie.

--Despus que ha muerto tu mam en dnde vives? quin te da de comer?

--La portera de la casa, porque me quiere mucho. Dijo ella a su hermano,
que es carpintero, que me tomase de aprendiz, y ahora trabajo...

El seor Aubry, pensativo, no lo escuchaba ya.

Juan recuerda el miedo que sinti creyendo haber hablado demasiado.

--Seores--dijo el alcalde dirigindose a los miembros de la
comisin,--hemos concluido; pueden ustedes retirarse. Voy a ocuparme de
este nio.

Y cuando se qued solo con Juan, continu sus interrogaciones.

--Te gusta trabajar de carpintero?

--Uf! si me gusta?... el patrn es muy duro, cuando se emborracha pega
fuerte.

Juan no ha olvidado an la mirada llena de ternura con que el seor
Aubry lo contempl durante largo tiempo, mirada penetrante y buena, que
le dio valor.

--Ven ac, Juan Durand. Puesto que el oficio de carpintero no te gusta
quieres que yo sea tu patrn?

--Usted?

--S, yo.

Juan recuerda que dijo con desenfado:

--Pero si usted es el seor alcalde, no puede ser mi patrn...

El seor Aubry se sonrea.

--S, Juan, yo puedo ser tu patrn. Tengo una gran fbrica de cristales,
y muchos obreros. T ya tienes edad bastante para comprender lo que te
voy a decir; escchame con atencin. Yo he sido, como t, un pobre nio
desgraciado. Como t, yo he tenido hambre, he tenido fro. Como t, yo
encontr un hombre que me socorri. Me ense a trabajar y a tener
perseverancia y valor, y ahora soy un hombre rico, considerado. Voy a
hacer lo mismo contigo; te ensear a trabajar, y si tienes
perseverancia y energa tambin sers rico.

As diciendo, lo tom de la mano y march a hablar a la portera
protectora del hurfano.

Un mundo de pensamientos confusos agitaba el cerebro de Juan,
estupefacto. En aquella misma hora, se asombraba de su suerte
inverosmil, y en su corazn rebosaba la gratitud por los inmensos
beneficios recibidos. Y para demostrar su reconocimiento ira a pedir a
su bienhechor la mano de su hija? No! sera odioso, grotesco. No,
jams confiar su amor ni al seor Aubry ni a Mara Teresa! Cualquiera
que sea el destino que le reserve el capricho o la fantasa de la que
ama, se consagrar a ella, en recompensa de la noble accin de su padre,
que educ al hijo del pueblo, al hurfano pobre, con un esmero igual al
que dedic para la educacin de su propio hijo.

Reflexionando de esta manera, recordando el pasado, Juan llegaba ante su
pabelln, situado al borde del Marne. Era un pequeo chalet de grandes
ventanas y levantados techos de tejas rojizas. Mara Teresa haba sido
casi su arquitecto, pues, cuando su construccin fue decidida, exigi
que se copiase fielmente cierta casita pintoresca salida de la
imaginacin fantstica de Kate Greenway.

La noche hua, el da asomaba. El jardn dormido hasta haca un momento,
en el seno de las tinieblas, empezaba a revivir; por el cielo se
extenda la argentina aurora de una finura de tonos exquisitos; los
pjaros piaban dbilmente, lanzando intermitentes cantos.

El joven penetr en su casita en busca de un reposo que calmase la
agitacin de sus pensamientos.




II


Pablo Aubry de Chanzelles haba dicho la verdad cuando se compar a Juan
Durand. La impresin de piedad que sinti al contemplar al nio
desgraciado, provena en gran parte de que, como l, haba conocido el
abandono, el desprecio, la indiferencia y la miseria.

Su abuelo, Eugenio Estanislao Aubry de Chanzelles, soldado de Napolen,
al morir gloriosamente entre los hielos del Berezina, haba dejado una
viuda y ocho hijos. Esta numerosa familia demand grandes gastos para
ser educada y establecida. El padre de Pablo Aubry, ltimo hijo del
hroe de la campaa de Rusia, habindose casado muy joven con una mujer
sin dote, no tard en verse reducido a los ms mdicos recursos. Su
naturaleza era delicada, y los tormentos de una vida difcil acabaron de
arruinar su salud; luch algunos aos contra la mala suerte, pero la
muerte lo arrebat pronto. Como todos sus esfuerzos haban fracasado, su
familia se encontr, entonces, en una situacin vecina a la miseria. Su
mujer no le sobrevivi mucho tiempo; Pablo y Matilde quedaban
hurfanos.

Estos nios fueron recogidos por un to sin fortuna, quien, para mayor
desdicha, era un inventor desgraciado que slo se ocupaba en gastar sus
ltimos pesos en extravagantes combinaciones qumicas. El oro
desapareca rpidamente en las retortas, y, al cabo de muy poco tiempo,
se encontr en la miseria, as como sus pupilos.

Entonces fue cuando Pablo Aubry conoci das dolorosos. Su hermana
Matilde pas a un convento, donde tenan una ta religiosa; pero l tuvo
que entrar de aprendiz: lo colocaron en una tipografa. Vivi
penosamente, pues el oficio era demasiado duro para un nio poco
preparado para el trabajo fuerte. Adems, se hallaba en un ambiente
hostil, bien diferente del suyo; le hacan pagar caro la blancura de sus
manos y sus hbitos de persona bien educada. Cuando, por la noche,
volva a su casa, dolorido de fatiga, se encontraba frente a su to,
enloquecido y brutal, por el mal xito de sus experiencias. Luego tena
que partir con este triste pariente su pequeo jornal y soportar todo
gnero de recriminaciones.

Cuando el seor Aubry de Chanzelles recordaba esta poca de su vida, en
la que, dbil y abandonado, no entrevea ninguna esperanza de salvacin,
senta an una viva emocin y se preguntaba cmo haba tenido fuerzas
para resistir aquellas noches de fiebre y los malos tratamientos.

Al fin, la dura prueba termin; un antiguo amigo de la familia de
Chanzelles, compadecido de la situacin lastimosa en que vegetaban el
to y el sobrino, ofreci a Pablo un puesto bastante ventajoso en la
fbrica de cristales de que era propietario en Creteil.

Pablo acept con alegra. Aquel trabajo le gustaba; se entreg a l por
completo; teniendo la dicha de encontrar en el seor Bontemps, el amigo
de su to, un director inteligente y bueno.

Los inventos de su tutor, cuyas retortas ardan siempre, en busca de
alguna quimera, haban familiarizado a Pablo con las preparaciones
qumicas; de manera que en poco tiempo pudo hacerse til, y se hizo
apreciar.

Acababa de cumplir veintiocho aos cuando estall la guerra de 1870, que
hizo sufrir al pas la vergenza de las derrotas.

El seor Bontemps fue muerto en Gravelotte. A su lado, Pablo combati
valientemente. Pasada la tormenta, se vio que estos horribles
acontecimientos, la guerra primero, y luego la Comuna, haban herido
mortalmente la fbrica de Creteil. Los hornos estaban apagados, las
construcciones se derrumbaban; haban recibido las balas prusianes y las
balas francesas.

La familia Bontemps propuso entonces a Pablo prestarle una corta
cantidad de dinero, para que tratase de poner la fbrica en actividad.

Pero la suma que se le entreg era tan insignificante, que el joven tuvo
que vencer las ms grandes dificultades. Empez por encender un horno, y
con dos obreros; l mismo se puso a la obra.

Los comienzos de la nueva cristalera fueron terriblemente penosos: los
das de pago eran para el seor Aubry motivo de constantes angustias.
Pero despus de algn tiempo, los beneficios obtenidos por el incesante
trabajo le permitieron construir un segundo horno, luego un tercero, y
aumentar el nmero de sus obreros.

Finalmente, tuvo la suerte de descubrir un cristal mucho ms blanco que
el Baccarat, que, con un tallado hbil, produca reflejos de diamante.

Este fue el principio de una era de gran prosperidad para la fbrica.
Lleg a tener una cantidad de demandas muy superior a la de la antigua
casa Bontemps, y, entonces, el nuevo dueo se permiti emprender obras
de arte. Se revel ah, fabricante de genio, creador de obras
maravillosas; as en los _vitraux_, inspirados en las antiguas
cristaleras, como en los vasos y bibelots de alto precio, de formas
exquisitas, de coloraciones raras, sus creaciones obtuvieron xito
creciente entre los buenos conocedores.

Seguro de su porvenir, se cas. La mujer que eligi era hermosa,
inteligente y buena. Con ella, la felicidad y la prosperidad de la casa
se afirmaron, y no huyeron ms del hogar del infatigable trabajador.

Haca doce aos que el seor Aubry disfrutaba de esta dichosa paz cuando
encontr a Juan Durand. Se le presentaban de improviso sus propios
sufrimientos, en el abandono y la miseria del chico. Todo el horror de
los tiempos lejanos lo asalt violentamente, y estos recuerdos dolorosos
abogaron con elocuencia en favor del hurfano. El nuevo propietario de
la fbrica vio, en este encuentro fortuito, como la indicacin de una
deuda a pagar a Dios en agradecimiento de su felicidad actual. La
fisonoma franca del desgraciado nio le agrad, e hizo promesa de dar a
Juan Durand la misma proteccin que l haba recibido de su antiguo
patrn.




III


De esta manera fue como Juan entr de aprendiz en la fbrica de
cristales de Creteil. El seor Aubry lo confi desde luego al guardin
del establecimiento, un viejo obrero invlido, cuya mujer, como no tena
hijos, acept gozosa la misin de cuidar al chico. Instalado as en
familia, en una pequea casita a orillas del Marne, Juan se aclimat
fcilmente a su nueva residencia. l, que conoca apenas el Sena, qued
admirado de aquel ro que se ofreca a su constante contemplacin. Las
hermosas campias que lo rodean, lo encantaron al extremo de apresurar
la metamorfosis de su ser moral, hasta entonces incrdulo y rebelde. Un
sentimiento de inmensa gratitud hacia su bienhechor, lo invadi; todas
las noches, al acostarse, murmuraba estas palabras infantiles, a manera
de plegaria: Gracias, patrn!

Y dicho esto se dorma en plena felicidad.

Poco tiempo despus, Juan era el nio mimado de la fbrica. El patrn lo
haba recomendado a todos los jefes de seccin, y como el chico era
inteligente y activo, se granje rpidamente la amistad de todos.

Un da, sin embargo, sucedi que un obrero le dio algunos golpes. El
estado de ebriedad en que se hallaba no le vali de excusa ante el seor
Aubry, que lo despidi. Desde ese da, el sentimiento de Juan hacia su
protector se convirti en verdadera idolatra.

Los actos justos conmueven infinitamente a los nios. Por segunda vez,
el seor Aubry hera el corazn de su protegido.

Entretanto el seor Aubry se encariaba cada vez ms con aquel hurfano
que le manifestaba tan candorosamente su afecto, siempre que se le
ofreca la ocasin. Pero precisamente porque el seor Aubry comenzaba a
interesarse seriamente por el nio, quera formarlo, como haba sido
formado l mismo, en la escuela austera de la labor ruda. Lo hizo pasar
por todos los ramos de la industria cristalera; al propio tiempo lo puso
en condiciones de completar su instruccin, a fin de que se convirtiera
en un qumico bastante prctico para auxiliarlo en sus experimentos, as
como tambin en un dibujante bastante hbil para crear formas
originales. Le procur maestros, le suministr libros y le facilit
todos los medios de instruirse. Juan se mostraba dcil, aprovechaba las
lecciones, los consejos, y pona tanto celo en sus estudios como en el
trabajo de operario.

La fbrica fue bien pronto la nica ocupacin personal de Juan: no la
abandonaba sino para concurrir a los cursos de la noche. Se deleitaba en
ella; la escudriaba, la recorra en todos sentidos, cuando, terminado
el trabajo, y marchados los obreros, se quedaba solo entregado a s
mismo. Nadie conoci tan bien como el pequeo operario los pasajes
secretos ni los rincones del gran establecimiento. All estaba en su
casa, era dueo de ir donde mejor le pareciera, examinando todo,
interesndose por todo, tomando conocimiento de todo lo que exista en
ella hasta en los escondrijos ms oscuros y olvidados. La experiencia
que Juan adquiri viviendo constantemente en esta labor, lo puso en
breve al corriente de lo que debe saber un maestro cristalero.

El oficio era duro a veces; pero al chicuelo no le pesaba, contento de
hallarse al lado de los grandes hornos rojos que no se apagaban jams, y
que le haban causado gran estupor la primera vez que los vio. No se
cansaba de admirar las gruesas y pequeas puertas, que daban, al
parecer, sobre el infierno, y nada para l igualaba la destreza del
obrero que soplaba botellas por la extremidad de una caa larga, o
moldeaba con hbil ademn el cristal en fusin. Todas las operaciones
diversas por las que pasaba la materia transparente, irisada y lquida,
lo interesaban con pasin, y de esta suerte se desarrollaba en l una
alma de artista, prendado de su arte.

Durante el tiempo de su aprendizaje no dej un solo instante de tener la
ms perseverante energa. Para recompensarlo, el seor Aubry lo envi a
trabajar algunos meses en las principales cristaleras de Bohemia e
Inglaterra, a fin de familiarizarlo con todos los mtodos de
fabricacin, y facilitarle el estudio del alemn e ingls.

En esta nueva faz de su vida la personalidad de Juan se destac;
adquiri en sus viajes por el extranjero, una cierta seguridad, fundada
en la posesin de la ciencia de su arte.

Todo esto lo deba al seor Aubry. A medida que avanzaba en la vida,
consciente de su felicidad, comprendiendo haber encontrado en su camino
al hombre excelente que lo haba recogido y educado, senta hacia su
protector una afeccin sin lmites.

Este culto libr a la juventud de Juan de muchas tentaciones. El
ascendiente de su patrn lo mantuvo en la va recta, y con su
temperamento laborioso no tuvo que esforzarse mucho para satisfacer por
completo, con su conducta, a quien deba todo.

Desde que el seor Aubry hubo apreciado la naturaleza leal y afectuosa
del hurfano, no vacil en admitirlo en su casa, para perfeccionar su
educacin moral.

La seora Aubry se prest maternalmente a desempear esta tarea; adems
de ser muy cariosa con el joven, le dio consejos, lo oblig a vencer su
timidez, y lo anim a hablarla como si fuera su hijo y a abrirle su
corazn.

Para Juan era una fiesta ir a pasar los domingos y los das festivos en
el antiguo hotel de los Aubry de Chanzelles, situado en la calle
Vaugirard, frente al jardn del Luxemburgo. Pero el principal atractivo
que encontraba all, era la presencia de los nios de Aubry, Jaime y
Mara Teresa.

Jaime, muchacho gordinfln y bullicioso, se encari en seguida con este
camarada calmoso y fuerte que se someta a sus caprichos. Su amigo
Juan se le hizo indispensable. No tard el nio pobre y reflexivo en
tener una ligera influencia saludable sobre el nio rico. En cuanto a
Mara Teresa, demasiado pequea para ser otra cosa que un desptico
baby, era gran favorita de Juan. Nunca haba visto nada tan lindo como
esta criatura, deliciosa mueca blanca y rosada, primorosamente vestida
con sedas, bordados y encajes, que le sonrea siempre que la tomaba en
sus brazos.

Los nueve aos que lo separaban de Mara Teresa lo convertan en un
hombre al lado de ella. Al crecer, la chicuela no dej de apercibirse de
la impresin que produca en Juan, que permaneca extasiado ante su
gentil personita, y supo darse aires dignos de una pequea princesa
acostumbrada a mandar y que quiere ser obedecida. Juan, se someta, sin
vacilar, a sus caprichos ms fantsticos o imaginaciones ms locas. Para
contestar a su exigente seora, tena que practicar todos los oficios:
encolador de muecas rotas, remendn de juguetes destrozados en momentos
de clera; unas veces haca de cochero, otras de caballo, de payaso, de
oso, de mago, etctera. La diversidad de sus profesiones encantaba a la
chicuela.

El apego que los nios demostraban hacia su amigo, hizo ms necesarias
sus visitas a la casa. Mara Teresa y Jaime esperaban con impaciencia el
domingo, da en que Juan llegaba con los bolsillos llenos de bibelots de
cristal, fabricados expresamente por l. Si, por acaso, Juan no poda
salir de la fbrica, la presencia de sus primos Bertrn y Diana Gardanne
no bastaba a consolar a los nios de la ausencia de su gran camarada,
tan ansiosamente esperado, y que tena el secreto de divertirlos sin
contrariarlos jams. Se entristecan y no jugaban.

Bien pronto, para complacerlos, Juan fue llevado ms a menudo al hotel
de la calle Vaugirard. Despus, poco a poco, sus buenas condiciones le
atrajeron la simpata general, y el seor y la seora Aubry, habiendo
observado que aprovechaba inteligentemente sus consejos, lo consideraban
como miembro de la familia.

Transcurrieron los aos. Juan se hizo un buen operario. Gracias a su
amor al trabajo y a su disposicin para los negocios, obtuvo un puesto
preferente en la fbrica. El seor Aubry, que lo apreciaba cada da ms,
concluy por nombrarlo subdirector para procurarse algn descanso.

El seor Aubry no tuvo que arrepentirse de su determinacin; comprob
muy pronto que Juan posea dotes naturales que no se adquieren
fcilmente: cualidades de iniciativa y grandes condiciones de
administrador. El joven se convirti en su alter ego, en quien poda
confiar con toda seguridad. Juan sera el continuador de su obra.

Su naturaleza leal, su espritu estudioso, su vida entera pasada en la
fbrica y en la intimidad elegante de la familia de los Aubry, le haban
formado una personalidad atrayente. Nada de ficticio haba en l;
marchaba en el mundo sin preocupaciones y sin artificios. A los
veintinueve aos representaba el tipo del hombre que por el doble
trabajo de sus manos y de su cerebro, llega a la plena posicin de una
individualidad superior. Era un hombre fuerte: poda ganarse la vida con
su labor manual; era un intelectual tambin: merced a los conocimientos
adquiridos, su inteligencia creadora haba sabido encontrar formas
nuevas en un arte antiguo.

Para Juan el mundo estaba circunscripto a la fbrica y a la familia de
Aubry; pero si no haba sentido tentaciones de ampliar este crculo
estrecho, de buscar fuera de l, el ideal a que todo hombre aspira, era
porque lo tena en ellas. Desde haca muchos aos, su pensamiento se
haba acostumbrado a gozar con la presencia de Mara Teresa, y la
influencia misteriosa de la joven se afirmaba en l de una manera lenta,
oscura, inconsciente, pero segura.

Mientras Juan se absorba en esta vida seria, como la juventud dichosa y
alegre de Jaime y de su hermana, exiga mayor expansin, los Aubry
transformaron poco a poco su gnero de existencia; recibieron ms gente,
y un elemento nuevo, muy mundano, hizo su aparicin en aquel hogar hasta
entonces casi austero.

A Juan le fue dado contemplar los ms hermosos ejemplares de la gente
del gran mundo, de la que haba odo hablar, pero que desconoca. Todos
aquellos desocupados, aquellos intiles, se daban delante de l aires de
gran importancia, que en un principio no le chocaron; pero, como era muy
observador, sinti en breve cerca de ellos un sentimiento de
inferioridad que le hizo pensar. Se apercibi de que su aspecto y sus
maneras, contrastaban con las de aquellos jvenes tan seductores
exteriormente. Se vea en seguida que no haban sido obreros, ellos.
Saban vestirse con gusto, presentarse de una manera especial, hablar un
lenguaje refinado, en fin muchas cosas que revelaban la casta
privilegiada de que procedan.

Entonces, poco a poco, Juan se repleg sobre s mismo y se alej de la
casa, para huir de estos contactos dolorosos.

Los Aubry que lo queran mucho, atribuyeron primeramente a su carcter
hurao, su obstinacin en no aparecer por el hotel sino cuando saba que
estaban solos; redoblaron sus atenciones hacia l, pero dejaron que
procediese a su gusto, sin sospechar el sufrimiento que, de improviso,
lo haba embargado. Cmo podan conocer su pesadumbre, ellos que tenan
a Juan por un hombre fuerte, resuelto, superior a las vanidades humanas?
Lo colocaban demasiado alto, de donde, su estimacin se haca cruel. El
corazn sensible, el sufrimiento del hijo adoptivo, escapaba a su
penetracin, y Juan se sorprenda de sentirse, de pronto, tan lejos de
ellos.

Pensaba:--Me han salvado de la miseria, me han hecho hombre; si yo
enfermara se alarmaran, pero nunca adivinarn el dolor moral que me
ahoga... Conocern nunca mi corazn? Ah! si supieran hasta qu punto
sus bondades han desarrollado la sensibilidad de este corazn, si
supieran cmo los amo. No se sorprenderan de mi audacia?

Y con el alma destrozada, el espritu quebrantado, el pobre joven,
desalentado, exhalaba su ternura desconocida, murmurando:--Mara
Teresa... Mara Teresa!

       *       *       *       *       *

Cmo, por qu Mara Teresa, con su instinto de mujer, nada haba visto?
Porque era dichosa y nada atrofa tanto el corazn como la felicidad.
Slo la desgracia desarrolla la sensibilidad. Adems, la joven estaba
tan habituada a los cuidados, a las atenciones de Juan, que le parecan
perfectamente naturales. No habra acaso tambin en el fondo de aquel
ser de gracia y de belleza, algn otro sentimiento? Aunque Juan se
hubiera transformado, no permanecera siendo para ella, el hombre del
pueblo que deba su elevacin a la generosidad del seor de Chanzelles?
Ciertamente, Mara Teresa no manifestaba claramente esta especie de
menosprecio; pero su atavismo y su educacin aristocrtica, ahondaban el
pozo que separaba a ella de Juan. A medida que transcurran los aos, la
fuerza de las cosas tenda a separarlos. Juan tena conciencia de esto,
mientras que Mara Teresa, acostumbrada a la adoracin respetuosa de su
amigo, la aceptaba como un testimonio del reconocimiento grabado en el
corazn del nio salvado en otro tiempo por su padre.

As, cuando algunos das despus del baile, Juan acompa a los Aubry de
Chanzelles a la estacin, la joven no se sorprendi de encontrar un ramo
de soberbias rosas, cuyos tallos desaparecan en un artstico vaso de
cristal, en el vagn que el seor Aubry haba encargado para el viaje,
como tampoco se admir de hallar helados de aromas variados, en las
pequeas cajas de metal blanco, que Boissier ha puesto a la moda en el
teatro.

Dijo simplemente:

--Usted me mima demasiado, Juan. Gracias, amigo mo.

Y como l se excusase respondiendo framente:

--Esto es completamente natural; yo s que a su mam le gustan las
flores.

--Pero y los helados?

--Oh! no me he olvidado que cierta seorita era muy golosa, en los
tiempos lejanos en que me convidaba a sus banquetitos, a condicin de
que yo no comiese nada.

Se rieron. Luego, Mara Teresa repuso:

--Yo ya no soy golosa...

--Pero aun le gustan los helados!

--Juan, usted se ha puesto insoportable. En penitencia, tome usted esta
rosa, que la llevar consigo todo el da, para que le recuerde que ha
sido mordaz con su antigua amiga... Vamos, adis!

Subi ligeramente al coche, y cerrada la portezuela, baj el vidrio y
tendi su mano al joven; l, en equilibrio sobre el estribo, la tom en
la suya. Permanecieron un momento silenciosos, unidos por aquel dbil
lazo. Un estridente silbido hizo retroceder bruscamente a Mara Teresa.
Juan salt al andn, la contempl durante un instante con pasin y
saludando por ltima vez se perdi entre la multitud.

Mientras el tren se pona en movimiento, la seora Aubry murmur:

--Qu excelente joven es Juan!

--Ciertamente! Y hombre de gran mrito, adems, querida esposa.

--S, un excelente amigo, madre. Para m es como un hermano mayor, ms
atento que Jaime, pero a veces un poco severo... no es verdad, pap?

--Es todo un hombre... Alcnzame el diario, hija ma.

Mara Teresa le entreg el diario, rindose del aire de conviccin con
que el seor Aubry haba pronunciado: Es todo un hombre...

--Evidentemente, es un hombre, no lo dudamos... pero a m me quieres
ms, cierto, pap querido?--dijo besando a su padre.

El recuerdo de Juan estaba ya lejos de ellos. Entretanto, el pobre joven
caminaba sin ver la gente que pasaba a su lado, sombro de
desesperacin.

--Dios mo!--murmuraba en su interior--cmo librarme de la constante,
de la abrumante idea que me domina! Mi corazn sufre hasta convertirme
en un alucinado. Ella no pensaba en nada al darme por ltima vez la
mano!... Pero yo, yo! Con tal que no haya sentido el estremecimiento
de la ma! Si por mis imprudencias fuera a perder su confianza! Ah,
no; todo menos eso!

Y un pesar tan grande lo invada, ante la sola idea de permanecer tres
meses sin verla, que haba preferido seguir sufriendo como en el tiempo
pasado, a la angustia de la hora presente.




IV


Los Aubry dejaban, pues, a Creteil, en los primeros das de julio, para
instalarse en su villa de Pervenches.

Construida sobre una de las barrancas gredosas que rodean la playa de
Etretat en semicrculo pintoresco, este chalet blanco domina el mar, y
hacia el otro lado, el jardn, de verdes campos sembrados de flores,
desciende en suave pendiente, flanqueando una amplia alameda, hasta la
carretera de Bennville.

Durante la estacin de baos, Etretat es una estacin encantadora. Mara
Teresa encontraba all numerosos amigos; adems, Diana y Bertrn
Gardanne, sus primos, pasaban all tambin sus vacaciones. Toda esta
brillante juventud llevaba a la casa de campo de los Aubry, una vida
alegre y feliz.

Algunas semanas despus de su llegada, reinaba gran animacin en el
jardn. Jugando el tennis, Bertrn, en un match con el campen
invencible Roberto Milk, se dejaba batir vergonzosamente por la
Inglaterra, ante los ojos atentos de su amigo d'Ornay, experto jugador,
quien, furioso, le diriga vivas recriminaciones.

Mara Teresa, Diana, Mabel d'Ornay, Alicia y Juana de Blandieres,
conversaban en la terraza, reclinadas en rocking-chairs.

--No ha hecho usted prevenir a Max Platel que hoy nos reunamos aqu,
por la tarde, Mara Teresa?--pregunt con aire ansioso la linda Mabel
d'Ornay.

--Tranquilcese usted, Mabel--se apresur a contestar la burlona
Diana;--ha sido prevenido por orden ma. Qu extraa idea tiene usted
de nuestra manera de comprender los deberes para con los huspedes, para
suponer que Mara Teresa y yo no trataramos de procurar a nuestras
amigas el mayor placer posible! Y como Max Platel constituye el
atractivo de la playa, por el momento a lo menos, sera preciso ser muy
ignorante o muy culpable para no servirlo con el t, los muffins y los
bombones a la violeta.

--Por qu esa correlacin?--pregunt Alicia de Blandieres.--Acaso Max
Platel es un literato a la violeta?

--Max Platel?... es un amigo excelente--interrumpi Mara Teresa.

--Oh!--exclam Diana--para mi prima todas las personas que recibe son
sagradas, no es permitido tocarlas, ni aun con rosas sin espinas! Pero
se puede ser un amigo excelente y hacer mala literatura: son cosas que
no tienen nada de incompatible.

--Encuentras que es malo lo que escribe? Pues no se creera, porque no
le escatimas las felicitaciones!

--Adems--dijo la seora d'Ornay, joven casada haca pocos meses,--me
imagino que usted no ha ledo todo lo de Platel: escribe poco para las
seoritas.

--Diana no habla sino por lo que se dice--respondi Mara Teresa;--sus
crticas se refieren a los juicios de los inteligentes y en tales
asuntos las opiniones son diversas.

--Pues no es as--interrumpi con viveza Diana,--yo tengo mi opinin
personal; he ledo, de Platel, _El Valle de los Lirios y La Aventura de
la seora Tarbes_.

--Entonces, si lo has ledo, no has comprendido, y viene a ser lo mismo
que yo te deca. En cuanto a m, soy de la opinin de los que, sin
haberlo ledo, encuentran que tiene talento.

Diana estaba mortificada, pero Mabel d'Ornay triunfaba. Desde el
principio de la estacin, Max Platel se mostraba muy solcito con ella;
la joven estaba envanecida, pues el novelista a un exterior atrayente
reuna una reputacin lisonjera, y la circunstancia de que se le
reconociera talento, aumentaba el mrito de sus atenciones.

--Y nuestro amigo Huberto Martholl cmo es que no se encuentra ya
aqu?--pregunt Diana.--Generalmente, cuando nos reunimos l es el
primero en llegar.

--Ah, s!--dijo con animacin Juana de Blandieres,--tengo muchos deseos
de verlo, a ese Huberto Martholl de quien ustedes hablan tanto!

--Cmo no conoce usted al hermoso Martholl?

--Estamos aqu desde hace dos das solamente, y hoy es la primera vez
que salimos. Hemos trado tanto equipaje que no podamos encontrar nada
de lo que necesitbamos, y nos era imposible dejarnos ver en el Casino
en traje de viaje.

--Naturalmente el exceso de bales es un estorbo!--repuso Diana.--Si
usted no hubiera trado ms que uno, encontraba en seguida el vestido
que necesitaba. Hubiera ido al Casino esa misma noche, Martholl le
hubiera sido presentado, habra usted bailado con l, y hoy sera para
usted una relacin antigua, mientras que ahora rescatar el tiempo
perdido?

--Bah! no creo que sea tan grande el perjuicio!

--Es usted, Mabel, quien tuvo la buena idea de traerlo por
aqu?--pregunt Juana de Blandieres.

--S, ha venido a vernos.

--Se quedar mucho tiempo?

--Creo que unos quince das.

--Oh! no es mucho; habr que decidirlo a pasar toda la estacin; hay
tan pocos flirts interesantes...

--Ya ver usted qu chic es--dijo Diana.--Pero, ah viene con Platel:
puede empezar a contemplarlo.

--Hacia el extremo de la larga avenida, dos jvenes avanzaban. El uno
era pequeo y nervioso, hablaba con vivacidad, poniendo toda su persona
en movimiento, de aspecto alegre y fino; el otro, alto, fro, era
infinitamente ms elegante.

Cuando se aproximaron para saludar a las jvenes, todas ellas los
recibieron con el aire de contento que se demuestra al ver llegar al fin
a quienes se espera.

--Y bien! pueden ustedes alabarse de haberse hecho desear!--dijo
aturdidamente Diana, despus de la presentacin de Huberto
Martholl;--hace una hora que suspiramos por turno: Vendrn? Les has
avisado? Con tal que no se hayan olvidado! Me gustara ser esperada con
tanta ansiedad.

--Pero, seorita--respondi Platel sentndose al lado de la seora
d'Ornay,--estoy cierto que cuando usted no est, son esos los
sentimientos que se manifiestan...

--Lo cree usted?--replic Diana.--Yo pienso que un novelista vale por
varias mujeres lindas. Aunque el literato sea algo menos raro, hoy, que
tanta gente se entromete a escribir, es, sin embargo, un artculo suyo
muy buscado en el mundo; se lo arrebataban. Las mujeres lindas adornan,
es cierto; pero los hombres de talento adornan de un modo ms
interesante.

--Usted quiere enorgullecerme, seorita Diana. Esta acogida me confunde.
Pero le ruego que no contine tejindome coronas; me conozco, no me
resolvera nunca a dejar un sitio donde la permanencia es tan agradable.

Luego, mirando a las jvenes con aire de admiracin:

--Seoritas, ustedes tienen el secreto de hacerme feliz; sus palabras
destilan la miel de la lisonja, y son ustedes tambin el placer de los
ojos. Dime, Martholl--y se volvi hacia su amigo que se haba sentado
entre Mara Teresa y Diana,--Puede verse algo ms hermoso, ms
encantador que este grupo de nias? Se dira que estn vestidas con
ptalos de flores, tan delicados son los colores que llevan.

Huberto se sonri asintiendo, en tanto que su mirada contemplaba con
manifiesta satisfaccin el pequeo crculo.

Platel continu:

--No sabra expresar hasta qu punto soy esclavo de la belleza. Los
tonos armoniosos son para m sinfonas exquisitas que me encantan, en
tanto que la reunin de ciertos colores y formas hacen rechinar mis
nervios como el chirrido de una sierra al cortar la piedra. Sufrir de
esta manera ante la fealdad de las cosas, es pagar muy caro el placer de
buscar la belleza en sus manifestaciones diversas, por desgracia
demasiado fugaces, frecuentemente. Yo soy Pan persiguiendo a Syrinx;
pero hoy he cazado a la diosa, puesto que puedo contemplar a mi gusto
estas formas graciosas adornadas con arte delicado.

--Cunta razn tenamos en esperarlo a usted con impaciencia--suspir la
seora d'Ornay;--no hay como usted para pronunciar palabras lisonjeras.

Max Platel, sintindose en disposicin de dar una conferencia, y
halagado por su xito, que lea en las sonrisas plcidas y en las
miradas atentas de su auditorio femenino, continu:

--Las mujeres no se imaginan bastante, creo, la importancia de la
esttica en el vestido. No es que las acuse de falta de coquetera, oh,
no! Lamento solamente que no tengan siempre el gusto seguro. Hay muchas
personas que, como yo, viven principalmente por los ojos; debera
tenerse cuenta de ellos y cuidrseles la decoracin. En nuestra poca
toda la fantasa, toda la alegra del color, se ha refugiado en el
vestido femenino, puesto que nosotros no somos ya ms que tristes
maniques, todos iguales, negros y dibujados por igual.

--Ah! permteme, querido amigo--interrumpi Martholl.--Con algn empeo
y gusto personal, se puede obtener gran resultado de estos nfimos
elementos.

--Dices esto para hacernos notar que t has sabido realizar ese
prodigio?

--Puede ser!--murmur Martholl sonriendo.--Un hombre hbil no debe
jams desperdiciar la ocasin de hacerse valer.

Las miradas de las jvenes le daban razn; se posaban con simpata en su
elegante persona, admirando su irreprochable traje de verano, desde la
corbata de batista clara hasta el barniz de sus zapatos amarillos donde
se reflejaba el cielo.

--Admitamos que Martholl sea una excepcin y que se afana por vestirse
para deleitar a sus contemporneos; en cuanto a ustedes, djenme darles
un consejo, mis encantadoras amigas: preocpense siempre de ser lo ms
hermosas posible; piensen en el placer que nos causan con un adorno
feliz.

--Platel, deba usted habernos prevenido; esto es una conferencia.

--Seguramente...

--Entonces, voy a servirle una taza de t en reemplazo del vaso de agua
clsico de los oradores--dijo Diana levantndose.

--Acepto, seorita, y contino: observen ustedes cmo el vestido
entristece o alegra una poca: la gente deba divertirse poco en la
corte de Felipe II, bajo la austeridad del terciopelo negro! Y hay que
convenir en que, a pesar de las escenas sangrientas de la Revolucin y
las cabezas cortadas durante el Terror, no nos horripilan estos
espectculos, en los cuales las vctimas aparecen engalanadas con gracia
ligera y voluptuosa, empolvadas y vestidas de sedas claras. Estos
espectros nos conmueven, pero no nos espantan. Imaginmonos qu cosa
ms horrorosa sera una revolucin hoy, entre toda esta gente difrazada
con nuestros trajes modernos, imposible de evocar trgicamente con aires
de pera!

--La Revolucin!--exclam Mabel d'Ornay, simulando un temblor de
espanto para acercarse al joven novelista.--Brrr! espero que ya no
habr jams otra. Acaso el pueblo necesita reivindicaciones? No tiene
todo lo que le hace falta?

--Oh, Mabel!--intervino Mara Teresa,--puede usted decir eso! Hay
tanta miseria todava!... Me sorprende que todos los que se mueren de
hambre permanezcan tan resignados y no traten de rebelarse contra
nosotros, que disfrutamos de todo. Somos muy culpables hacia ellos...

--Culpables?... culpables de qu?

--De preocuparnos muy poco de sus sufrimientos; nosotros, los burgueses,
los ricos de hoy, no comprendemos mejor nuestro deber que los nobles el
suyo antes de la Revolucin.

--Yo soy de la opinin de Mabel--dijo Diana.--Me pregunto qu otros
privilegios podra reclamar el pueblo: acaso cualquiera, por pobre que
sea, no llega, si tiene carcter y ambicin, a ser rico y obtener todo
lo que quiere? Mira, sin ir ms lejos, Juan Durand a quien esperamos
esta noche, es un ejemplo vivo del hombre del pueblo que sabe vencer; el
porvenir es suyo.

--Ciertamente--repuso Mara Teresa con viveza,--pero debas agregar que
el hombre del pueblo tiene que reunir a una inteligencia nativa, una
suma de trabajo, de energa y de paciencia poco comunes, para llegar a
una posicin igual a la de Juan. Adems, Juan tuvo la suerte de
encontrar a mi padre quien lo dirigi y sostuvo.

--Quin es ese Juan?

--Un nio abandonado, que mi padre recogi en otro tiempo y que ha
sabido adquirir en nuestra cristalera de Creteil, la ciencia completa
de su oficio, sin descuidar sus estudios escolares. Con una rara
facultad de asimilacin sigui los cursos nocturnos y aprovech toda
ocasin de instruirse. Habla el ingls, el alemn, y actualmente es
subdirector de la fbrica. Los obreros lo quieren, lo respetan y lo
obedecen, porque sabe mandar con suavidad y firmeza.

--Pero ese hombre es un prodigio entonces!

--No se entusiasme, Alicia--dijo Diana;--un prodigio, quiz; pero
seguramente un flirt imposible.

--Es feo?

--No, hasta es hermoso a su modo; no se le podr reprochar que sea
enclenque, por ejemplo! y a quien le guste las espaldas anchas y el
busto poderoso... ha de agradarle. Solamente que es un hombre serio,
severo y en sociedad no es amable, se lo prevengo.

--Por qu dices eso?--exclam Mara Teresa, dirigindose a su prima con
cierta vehemencia.--Las cualidades de Juan le dan tal valor, que no est
bien imputarle como defecto lo que le reprochas. Est tan ocupado, que
no tiene tiempo para tomar parte en nuestras frivolidades mundanas. Con
su trabajo diario y su pensamiento absorbido por las cosas serias, no
puede realmente tener el aire de un clubman.

--La seorita Mara Teresa defiende admirablemente a sus
amigos--observ Platel;--esto provoca el deseo de aumentar el nmero de
ellos.

Mara Teresa tendi, sonrindose, la mano al joven.

--Usted figura en el nmero, Platel; en efecto, creo ser una buena
amiga; pero en este momento soy simplemente justa. Por lo dems, usted
va a conocer a Juan; llega esta noche y pasar algunos das con
nosotros. Ustedes podrn apreciar por s mismos, que es merecedor de
todas las simpatas.

--Nadie lo duda, puesto que usted lo afirma--dijo Huberto Martholl, que
no perda un solo movimiento de la joven.

La conversacin fue interrumpida por otros jugadores de tennis; contaron
hazaas que nadie escuch, y formaron crculo aparte. Despus, cuando
los jugadores hubieron reparado sus fuerzas comiendo sandwiches,
muffins, dulces, t y vino de Madera, todo el mundo se levant.

Alicia de Blandieres se aproxim a Diana, que hablaba con Mabel d'Ornay,
para decirle a sta, en tono de confidencia:

--Oh! querida ma, es exquisito, su Huberto Martholl.

Mabel d'Ornay se ech a rer:

--Mi Huberto Martholl! con qu posesivo comprometedor lo califica
usted!... Vaya! ya est usted conquistada, mi pobre Alicia!
Decididamente, trastorna la cabeza de todas las jvenes, nuestro amigo.

Alicia tom cmicamente la mano de la joven, y sacudindola con fuerza:

--Qu hermoso ejemplo de desinters da usted, Mabel, no atesorando
sus flirts y ponindolos a la disposicin de sus amigas!

--Pero, si Martholl no es mi flirt--gimi Mabel, mirando con inquietud
hacia Max Platel.

--Entonces, mejor, si es una tierra libre para conquistar--continu
alegremente Alicia.--Cada una de nosotras tiene derecho a tratar de
llegar primero para plantar la bandera vencedora.

--Ah!--exclam Diana,--despus de esto, nadie se atrever a afirmar
que la juventud femenina no es colonizadora!

La hora de comer se acercaba. Habiendo dicho Bertrn Gardanne que iba a
recibir a Juan, todo el mundo se dispers, dndose cita para la noche en
el Casino. Las dos primas fueron a vestirse. Mara Teresa baj sola poco
despus; quera estar all para recibir a Juan.

Algunos das antes, Jaime haba escrito, desde Budapesth, que crea que
Juan pasaba por una crisis moral, que deban atenderlo un poco, as como
deban convidarlo a pasar unos das en Pervenches.

Inmediatamente la joven rog a su madre que invitase a Juan, y ste
acept la invitacin porque, con el fin de sacudir su preocupacin
moral, haba resuelto visitar por segunda vez las cristaleras de
Austria, proyecto que deseaba someter a la aprobacin del seor Aubry.

La hora de la llegada del tren se aproximaba. Mara Teresa pens que
Juan se alegrara de la prueba de amistad que le daba saliendo a su
encuentro. Vera, pues, su semblante leal iluminarse con la sonrisa
dulce y feliz que tena siempre cuando la vea.

Despus de haber cortado algunas flores en el jardn que rodeaba la
casa, se sent ante la balaustrada de la terraza, puso el ramo a su lado
y esper.

Estaba contenta de que Juan viniese a Pervenches, porque, aunque vea
con menos frecuencia que antes al compaero de su infancia, le
conservaba mucha afeccin. Recuerdos de aquel tiempo, que la joven
consideraba lejano, le venan a la memoria; pero como el ambiente en que
viva por el momento, haca predominar en ella las impresiones mundanas,
pens de pronto en lo que su ta haba dicho un da, al or alabar las
grandes cualidades de Juan:

--Juan Durand, es quiz un carcter, pero nunca ser un hombre de mundo,
a pesar del buen ejemplo de ustedes y de la instruccin que le hacen
dar.

Para una joven de veinte aos, por sensata que sea, el joven que no es
un lindo maniqu acicalado, buen bailarn y diestro jinete, pierde mucho
de sus mritos.

Mara Teresa era demasiado inteligente para no tener conciencia del
ningn valor del juicio de la seora Gardanne, pero a pesar suyo estaba
preocupada, y esa tarde, contemplando con mirada distrada el crepsculo
que descenda lentamente hacia la tierra, la idea de la obligacin en
que se vera de presentar a Juan a sus amigos, la inquietaba vagamente.
Suspir con real inquietud.

--Con tal que no se le ocurra bailar!--pens.

En esto su temor era vano. Juan conoca tan bien lo que le faltaba para
figurar en sociedad, que se haba convertido casi en un salvaje. En un
principio se haba irritado contra s mismo. Aislado y solitario
despus, se desahogaba juzgando framente la vaciedad y frivolidad de
las palabras y actos mundanos.

El ruido del carruaje que entraba en la gran avenida devolvi a Teresa
la nocin del momento presente. Ante la escalinata, Bertrn salt al
suelo; Juan que iba a imitarlo, se detuvo, conmovido y feliz. Acababa de
ver a la joven. Esta avanzaba hacia l, cordialmente, tendindole las
manos.

--Gracias, por haber venido... Espero que se quedar algn tiempo con
nosotros. Vamos a tratar de convertirle en un perezoso; aqu no hay que
pensar sino en descansar y en divertirse no es verdad?

Juan no contest en seguida. Al fin consigui dominarse y con voz casi
exenta de vestigios de emocin dijo:

--Usted es demasiado buena en aadir estas palabras de bienvenida a la
amable insistencia que han tenido en invitarme el seor y la seora
Aubry. En cuanto a convertirme en un perezoso, debe usted renunciar;
sera hacerme un mal servicio. Mi trabajo es mi sola razn de ser. Para
qu servira yo, si no trabajase?

Al pronunciar estas ltimas palabras, Juan no pudo reprimir cierto
acento de amargura, como si se burlase de s mismo. Mara Teresa not la
ligera tristeza que trascenda a travs del aire feliz de su amigo.

--Venga, Juan--le dijo tomndolo por la mano;--voy a conducirlo a su
habitacin. He elegido la que tiene ms linda vista; por la maana,
cuando abra los ojos, ver el mar; eso lo distraer de los horizontes de
la fbrica.

Se dirigieron a la escalera. Juan, contemplando a su conductora, la
segua lleno de felicidad. Al llegar al segundo piso, ella abri una
puerta y mirando a su compaero, dijo:

--Aqu est su jaula, la he adornado con mis propias manos; deseo de
todo corazn que sea usted mi prisionero por mucho tiempo.

Y como Juan, al darle las gracias, le devolviese las flores que le haba
tomado para aliviarla, ella arranc del ramo unas rosas, que le entreg,
agregando:

--Tome usted para su _boutonnire_, y ahora apresrese, que la campana
de la comida sonar dentro de media hora.

--Guardo estas flores porque tienen para m el mrito de venir de sus
manos; pero yo no sabra llevarlas con gracia en mi _boutonnire_, como
sus elegantes amigos; estara ridculo.

--Por qu?--interrog Mara Teresa simulando no comprender.--Son ideas
que usted se hace; djeme colocarle las flores...

Y Juan vio con emocin, aquellas pequeas manos colocar hbilmente sobre
la solapa de su vestido las fragantes rosas.

--Mire un poco--dijo sonriendo la joven.--Est usted igual a esos
jvenes tan elegantes!... Hasta luego; lo esperamos en el hall.

Media hora despus la familia se encontraba reunida, y Juan reciba de
todos una acogida afectuosa. La seora Aubry tom su brazo para pasar al
comedor; el seor Aubry se coloc entre las dos jvenes y se apoder
alegremente de un brazo de cada una de ellas, en tanto que Bertrn y
Martholl, invitados ese da, seguan muy correctos.

Estos jvenes, al lado de Juan, ofrecan un visible contraste:
delgados, plidos, delicados, parecan no haber nacido para la lucha.
Las finas siluetas de hijos de familia, holgados dentro del smoking,
hacan resaltar la fuerza muscular de Juan. Sus anchas espaldas, su
rostro enrgico tenan cierta belleza, una belleza viril que haca
dominante su mirada luminosa, sbitamente dulcificada, hasta la ms
infinita ternura, cuando se posaba sobre Mara Teresa.

Pero Diana tena razn; Juan no era el joven sociable y seductor que
Alicia de Blandieres hubiera querido que le fuese presentado, a la
noche, en el Casino. Alicia no habra mirado con buenos ojos a aquel
caballero poco elegante, poco versado en la ciencia de las actitudes, e
ignorante de la moda que rige, como soberana, los movimientos de los
saludos y de los _shakehands_.

Juan, al lado de Bertrn y Huberto, reclamos vivientes de sus sastres,
pareca un hijo del pueblo, de ese pueblo que es carne y sangre de la
nacin, y se destacaba entre aquellos dos jvenes incoloros pero
selectos.

De toda su persona, tallada vigorosamente, emanaba como una promesa de
proteccin fsica o moral; su aspecto confortaba, y su fisonoma
inspiraba confianza.

En la mesa, sentado entre Mara Teresa y la seora Aubry, produca la
impresin de la fuerza serena y tranquila, mientras escuchaba,
sonriendo, las frases que revoloteaban a su alrededor. Apenas terminado
el primer plato, el seor Aubry le dirigi la palabra.

--Y bien, amigo mo, qu hay de nuevo en la fbrica? Tus ltimas cartas
eran un poco lacnicas. Me debes algunos detalles.

--Oh! pap--exclam Mara Teresa,--por favor, espere usted a estar solo
con Juan para hablar de sus asuntos. Adems hay que dejarlo descansar a
este pobre joven; le hace falta. Aqu, hay una tregua; son las
vacaciones; no se habla de la fbrica.

Al or a su hija, el rostro del seor Aubry se haba oscurecido.

--Vamos, veo que a ti como a tu hermano este tema te fastidia, y lo
siento mucho. Habra sido muy feliz, lo confieso, si hubiera tenido un
hijo que participase de mis gustos y que sintiese placer en cultivar
este arte que yo amo tanto, porque ocupa el cuerpo y el espritu. Un
buen cristalero es a la vez un sabio, un artista, un hombre de estudio y
un hombre de accin. Ah tienes, hija ma, un programa, que seguramente
no realizar un cualquiera. No tengo razn, Juan?

Y como Juan aprobase con una inclinacin de cabeza, el seor Aubry
continu:

--Ah! Juan, felizmente, no es como Jaime; nuestros asuntos no le son
indiferentes. Ah, no! siente en su alma la misma pasin que yo por el
cristal. Cmo nos entendemos! Lo que hemos trabajado juntos al
resplandor de los mismos hornos, cspita! Y es de la raza de aquellos
hombres de que en otro tiempo se creaban los caballeros industriales.

--Usted exagera, seor--respondi Juan;--cristalero, sea, pero
caballero, no. Esta denominacin le sienta a usted mejor que a m! S,
yo amo a nuestra querida cristalera. Solamente que comprendo que no se
diviertan mucho los que nos escuchan cuando hablamos. Caemos en las
ridiculeces de esas madres que alaban sin cesar a sus hijos delante de
personas que ningn inters tienen. Adems, aunque el estado de
cristalero sea un estado noble, no faltan otros igualmente atrayentes.
Seamos justos. Si todo el mundo fuera cristalero, qu sera de
nosotros, mi querido maestro? No debe usted lamentar nada; Jaime habra
trabajado el cristal sin conviccin, en tanto que ser un soberbio
abogado, bajo su toga. Y podr sernos til si tenemos pleitos, l nos
defender.

--Oh! Jaime no estima mucho los pleitos sobre negocios. Prefiere las
causas sensacionales.

--Yo s lo que le conviene a Jaime--interrumpi Diana:--un hermoso
crimen con un asesino difcil de defender. Lo que hace la reputacin de
un abogado, no es ganar siempre sus pleitos, sino abogar en causas de
resonancia. Se habla ms de los que dejan guillotinar a sus clientes,
que de los que los salvan de la ruina. Supongo, pues, que Jaime se
dedicar a la clientela de la Corte de Asises.

La seora Aubry la interrumpi para dirigirse a Juan.

--Dime, hijo mo, espero que te quedars con nosotros algunas semanas.
Hace mucho tiempo que no tienes vacaciones; esta vez quiero
verdaderamente que pases aqu la estacin entera de baos; s que
tendrs gran placer...

--Mi mayor placer es estar con ustedes, seora, usted lo sabe bien; pero
el reposo no me conviene. No s qu hacer cuando no me entrego a mis
ocupaciones habituales. Sin embargo, mi deseo es quedarme el mayor
tiempo posible; nada, por el momento, exige mi presencia en Creteil.
Antes de salir de all, he organizado todo, y para el trabajo
corriente, Rousseau es un hombre en quien se puede fiar. No es
solamente en previsin de una permanencia en Pervenches, por lo que he
tomado estas disposiciones; tengo la intencin de volver a visitar las
cristaleras de Bohemia. He odo hablar de nuevos procedimientos de
fabricacin; querra examinarlos, para someterlos a su aprobacin, mi
querido protector.

--Bien, amigo mo, reconozco ah tu espritu de iniciativa; pero por el
momento, no veo la necesidad...

--Oh! no, to--exclam a su vez Bertrn,--no vuelva a caer en sus
historias de cristalera. Un poco de paciencia, que pronto vamos a
dejarlos solos; entonces podrn conversar libremente y ocuparse de sus
negocios. Nosotros admiramos las hermosas obras que salen de sus manos,
pero es intil enterarnos de cmo se hacen. Mi intervencin es de mera
prudencia: porque los conozco. Si se les deja ir, en algunos instantes
llegaremos a las combinaciones qumicas, y como no entendemos nada,
ustedes habrn hablado sin provecho para nadie.

--Vaya--dijo Juan festivamente,--no hay nada que hacer, tenemos un mal
pblico!

Cuando se levantaron de la mesa, Mara Teresa se acerc a Juan y le
pregunt si quera acompaarla al Casino.

--Agradezco mucho su generosa oferta; pero si usted me permite, voy a
quedarme con su pap. Soy un ser hurao, me gusta poco la sociedad.
Cree usted que yo consentira en darle la molestia de mezclar mi
persona a travs de sus relaciones balnearias? Tendra que presentarme a
sus amigas qu tarea tan abominable! Y si me aburriese en un rincn,
usted se creera obligada a dejar a sus amigos para venir a conversar
conmigo. Sera, pues, un verdadero estorbo para usted. Prefiero que me
permita quedarme con su padre; fumaremos un cigarro en el jardn,
hablando de cosas que nos interesan.

--Entonces, desde su llegada hay que darle plena libertad para
abandonarnos?

Mara Teresa fue interrumpida por Diana:

--Y bien! cundo acabarn de hablar en ese rincn los dos? Sabes? son
ya las diez... No partiremos nunca, ta?

--Las estoy esperando, hijas mas--respondi la seora Aubry.

--Juan, aydeme usted, entonces.

Y Mara Teresa dio al joven su manto blanco incrustado en guipur de
Irlanda.

Despus de haberlo colocado delicadamente sobre los frgiles hombros,
Juan retrocedi, diciendo con admiracin:

--Parece usted una reina, Mara Teresa!

Ella se sonri, y le tendi las manos:

--Pero muy pobre reina, pues no s hacerme obedecer.

Juan la acompa hasta el coche, donde se hallaban ya la seora Aubry y
Diana. Mientras pudo seguir con la vista la luz de los faroles, huyendo
a travs de los rboles, qued all inmvil, como si aquella forma pura
y blanca le hubiera arrebatado el espritu. Senta ahora no haber ido.
Por qu no haba querido acompaar a Mara Teresa al Casino? No era su
ms grande felicidad verla, estar a su lado? Qu necedad dejar escapar
aquellos minutos preciosos en que la habra visto vivir y moverse en
aquella decoracin de lujo y alegra! Sin embargo, haba sido prudente
no acompaarla; conoca demasiado, por haberlo experimentado ya, el
suplicio de verla en un baile. Qu celos tan espantosos sufra cuando
la vea, amable, sonriente, y siempre rodeada de jvenes! En estas
ocasiones se haba dado cuenta del estado de su corazn. En un
principio, desesperadamente, haba tratado de luchar contra aquel
sentimiento naciente que en su alma escrupulosa no se reconoca el
derecho de abrigar. Si bien los aos haban transcurrido, modificando su
situacin y dndole la esperanza de un hermoso porvenir, crea que para
los Aubry, l era siempre el nio pobre recogido por caridad. En cuanto
a Mara Teresa no era absurdo esperar el ser a sus ojos jams otra cosa
que un buen empleado, a quien le haca demasiado honor con atenderlo
amablemente? Pero si Juan se esforzaba en sofocar en lo ms profundo de
su ser su sentimiento, a pesar suyo, deseaba ardientemente gozar el
mayor tiempo posible de la presencia querida de Mara Teresa, y viva en
el temor continuo del casamiento de la joven. Cada vez que ella iba a un
baile o que algn joven desconocido era recibido en casa de los Aubry,
Juan, angustiado, se preguntaba:

--Ser ste quien se la llevar?

Hasta entonces, felizmente, Mara Teresa se haba mostrado difcil,
declarando que no se casara nunca sin conocer bien, apreciar y amar a
quien haba de ser su marido. A pesar de estas declaraciones de
principios, Juan no se haca muchas ilusiones; saba que el
acontecimiento que l tema, ms o menos tarde tendra que producirse,
pues Mara Teresa, rica y linda, reuna todas las condiciones de un
brillante partido.

Al salir para Etretat, se haba prometido ahogar valerosamente en s lo
que senta. Esperaba ser bastante fuerte para dominarse; pero al volver
a ver a la joven, despus de una ausencia de dos meses, se dio cuenta de
que su mal, en vez de calmarse, llegaba al paroxismo, y que nunca podra
ser para ella un simple amigo.

Estaba en este punto de sus reflexiones, cuando el seor Aubry se
aproxim a l:

--Y bien, Juan, en qu piensas? Te andaba buscando; la noche est
magnfica; vamos a dar una vuelta por el jardn a la claridad de las
estrellas.

--Como usted quiera, mi querido seor.

Juan encendi un cigarro, y sigui al seor Aubry.

--A la verdad, en esta hermosa propiedad se goza de una calma y de un
reposo deliciosos. Cmo han crecido estos rboles despus de la ltima
vez que vine, hace tres aos!

--El hecho es, mi querido amigo, que t no tomas vacaciones con
frecuencia.

--No las necesito todava; son convenientes para usted, que trabaja
desde hace mucho tiempo; por eso me esfuerzo en reemplazarlo para que
usted pueda descansar un poco. Lo tiene bien merecido despus de haber
creado una inmensa fbrica que est hoy en plena prosperidad!... Yo no
tengo por qu darme vacaciones; gracias a usted he entrado en un negocio
que marchaba solo y que basta vigilar ahora; la tarea es fcil; basta
ser un trabajador celoso.

--No seas tan modesto, amigo mo; desde luego, un trabajador inteligente
es cosa rara; t sabes cmo lo cuido; t, adems, tienes el espritu
creador, gusto e iniciativa. Nunca dudo del xito de tu trabajo. A
propsito de qu proyecto hablabas, cuando nos interrumpieron aquellas
criaturas terribles? Decas que queras ver las cristaleras de
Bohemia?

--Mi verdadero pensamiento voy a decrselo a usted; nuestra cristalera
es nica, porque de ella salen obras admirables; pero usted sabe mejor
que nadie lo que nos cuestan las tentativas de arte, a causa de los
numerosos ensayos que exigen. Antes de llegar a la meta, hacemos grandes
desembolsos, que nos vemos obligados a reparar subiendo el precio de la
venta. Recuerde lo que nos cost el tallado en agujas marinas. Creo que
si conjuntamente con este arte de gran lujo, establecemos una
fabricacin de objetos de venta ms corriente, podramos obtener grandes
beneficios, que nos ayudaran prodigiosamente a ensayar otras
combinaciones qumicas, necesarias para las creaciones nuevas. En suma,
hoy corremos muchos riesgos, pues la venta de un objeto de arte, no es
nunca segura; hay que encontrar al aficionado, al entendido. Por
ejemplo, en este momento, nuestras experiencias para hacer el palo nos
han exigido grandes desembolsos; si nos ocurriese cualquier
contratiempo, tendramos un serio perjuicio. Esto me preocupa a menudo,
sobre todo desde que me han impresionado las malas noticias que corren
respecto del Banco Raynaud. No he querido comunicarle esta noticia. Se
habla de ruinosas operaciones. Usted tiene mucho dinero en ese Banco;
habra que tomar, quiz, algunas precauciones. Siempre he temido alguna
catstrofe que pudiera repercutir contra nosotros; como lo veo tan
confiado a usted!...

Desde que Juan empez a hablar de la casa Raynaud, el seor Aubry se
haba puesto inquieto.

--Qu me dices? Eso es inverosmil! Ests cierto de tu informacin?
Sera muy grave... Bah! no puedo creer, debe ser algn falso rumor; hay
gente que no retrocede ante nada para hacer la guerra de competencia; es
una casa slida la de Raynaud, qu diablos!

--Cuando el furor de la especulacin interviene, nunca se est seguro de
la solidez de una casa bancaria. En todo caso, hay que tener prudencia,
y yo no tengo tanta confianza como usted.

--T eres juicioso y de buen consejo, lo s; es una excelente cosa; pero
cspita, no hay que exagerar! Bueno, volvamos a tu idea; no la
encuentro mala. Ciertamente, de buena gana fabricar objetos de venta
corriente, teniendo cuidado, naturalmente, de conservar las bellas
formas. Decididamente, te haces ms prctico que yo; tienes el espritu
ms comercial, es evidente; ests en el movimiento, y, adems, es
conveniente que las antiguas casas sean renovadas; t eres joven,
activo, enrgico, y he pensado, con frecuencia, que podas
sustituirme... No protestes! Es preciso que lo sepas, hijo mo, cuento
contigo para la continuacin de mi obra; cuando conoc la defeccin de
mi hijo, una gran tristeza se apoder de m; es terrible, sabes, pensar
que una casa creada por m mismo, que contiene toda nuestra vida, ha de
pasar a manos extraas. Y, entretanto, es fatal, despus de largos aos
de labor, la inteligencia se entorpece, la energa se debilita.
Generalmente es por falta de savia que declinan las grandes cosas. Por
eso, slo despus que te he visto en la obra, dejndote en plena
libertad, he recuperado la tranquilidad.

--Mi querido maestro, usted es realmente el alma de la fbrica... Qu
sera yo sin usted?

--Yo te he formado, s lo que vales. Seguramente mi colaboracin te es
til todava; pero yo puedo enfermar y verme en la imposibilidad de
dirigir nuestros asuntos; ahora bien, sabiendo que t ests all, no
temo los acontecimientos; es mi recompensa de haberte hecho el hombre de
valer que eres. T tienes todas las condiciones que se necesitan para
continuar mi obra.

--Mi querido protector, sin usted yo no sera nada.

--Y sin ti yo me convertira en nada. Desgraciadamente para los hombres
de mi carcter, llega un momento en que es imposible producir la misma
suma de trabajo; cuando, como yo, se ha sido la palanca elevadora de una
casa, se entristece uno ante la idea de ver derrumbarse el edificio
construido con tanto trabajo. As, volviendo a lo que te deca durante
la comida, tuve un gran pesar la primera vez que comprob la poca
aficin de Jaime a nuestra industria. Ah! no tiene ese fuego sagrado!
Tener en sus manos un negocio como ste, que da, en bueno o mal ao,
unos treinta mil pesos de beneficio neto, y desecharlo para contentarse
con ser el hijo de su pap!... En fin! Contigo, sin embargo, la tarea
le habra sido fcil... Pero no, no le gusta. Tendra que levantarse
temprano, renunciar a los sports, a los five o'clock... No se ha
preocupado en saber que, aparte de un milln, puesto laboriosamente en
un Banco, la fbrica es toda la fortuna de mi mujer y de mis hijos. Qu
sera de ellos si yo desapareciese?

Te lo declaro; slo despus que te he visto dirigir las cosas, es cuando
he recuperado la confianza en el porvenir. Cuento contigo, Juan. T
sers el continuador de mi obra. Ah! la realizacin de mi sueo sera
que t llegases a ser mi hijo a otro ttulo... Pero, esto slo puedo
desearlo; no me corresponde intervenir. Creo que los padres no tienen el
derecho de dirigir los sentimientos de sus hijos ni de fijar sus
destinos en materia de sentimientos. No importa! para ti, para Mara
Teresa, para m, este suceso constituira nuestra mayor felicidad.

Juan, paralizado por indecible emocin, estaba absorto ante aquella
revelacin; luego tom una mano del seor Aubry y la estrech con
fuerza, murmurando con voz ahogada:

--Oh, gracias, mi querido seor! pero usted tiene razn; ni usted ni yo
debemos influir...

Juan, en su profunda turbacin, no pudo terminar la frase.

El seor Aubry no insisti, y hasta simul no apercibirse de nada,
inquieto por la impresin que sus palabras haban causado en el alma de
su hijo adoptivo, y temeroso de haberse avanzado demasiado.

Dej de caminar, y dijo con aire indiferente, tirando su cigarro:

--No encuentras que hace un poco de fresco bajo estos rboles? Voy a
ponerme el sobretodo para ir al Casino. Quieres venir conmigo?

Juan dio una respuesta evasiva, y permaneci solo, quebrantado por la
emocin, incapaz de dominar los pensamientos confusos, felices y
angustiosos que hervan en su mente.

No era un sueo lo que acababa de or? Lo dudaba, despus que el seor
Aubry se haba ido; pero el fuego del cigarro que brillaba an entre el
csped, lo tranquiliz. As, pues, el seor Aubry y Jaime, no se
indignaban ante la idea de que el hurfano pudiera un da convertirse en
un hijo y en un hermano?

Cmo resonaban an en sus odos aquellas palabras mgicas! Y l, Juan,
que apenas se atreva a soar en lo que el seor Aubry haba expresado
en alta voz, con tanta sencillez y naturalidad! No era, pues, un
irrealizable sueo! Los sentimientos que l sofocaba con tanta pena,
los alentaba en l, le daban casi el derecho de declararlos! Era
demasiado. Y, loco de alegra, se repeta las palabras de esperanza...
Entonces, una rfaga de orgullo se apoder de l. Gracias a su energa
para el trabajo, poda aspirar a aquella gran felicidad que era toda su
ambicin: casarse con la que amaba, vivir cerca de ella, tenerla siempre
a su lado. Y arrebatado por la imaginacin, se vea paseando con Mara
Teresa por pases que conoca bien, pero que se transformaban con la
presencia de su amada, aparecindosele como comarcas fabulosas y
encantadas.

Al fin, se substrajo a esta alucinacin, y mir a su alrededor. La
Naturaleza pareca asociarse a su felicidad; las hojas, mecidas por
suaves brisas murmuraban en la noche; vapores argentinos flotaban sobre
el jardn adormecido, y, con sus rayos, la luna acariciaba las flores
que, desfallecidas, exhalaban su perfume. Fue aquel un momento de
embriaguez.

Pero Juan sinti bien pronto desvanecerse su dicha. As como el pesar,
olvidado durante el sueo, vuelve a apoderarse de nosotros al despertar,
as su espritu, que se haba complacido un instante en deliciosas
fantasas, le mostr, de improviso, que aquello era para l, una simple
quimera.

--Qu insensato soy!--exclam.--Para qu admitir esta posibilidad,
puesto que Mara Teresa no la aceptar nunca? Acaso tengo la pretensin
de ser el hombre de mundo, que ella desea para marido? Si hasta me
siento molesto entre esos intiles elegantes que ella trata como
ntimos!... No soy completamente distinto de los que a ella le gustan?
Ah, s! lo s muy bien: al lado de toda esa gente yo no represento ms
que un contramaestre endomingado. Cmo debo disgustarle, Dios mo!
Quin me habra dicho un da que yo aspirara ardientemente a parecerme
a esos hombres frvolos que la rodean!

Fue interrumpido en sus reflexiones por un ruido de voces y risas, que
se acercaba. La gente volva, por grupos, del Casino; las despedidas y
los adioses resonaban claros en la calma de la noche, mientras la alegre
turba se diriga hacia las villas diseminadas en la costa.

Juan oy, poco despus, abrir la puerta de la verja del jardn. En su
estado de espritu, le habra sido penoso hablar, aunque slo fuera
algunos instantes. Por huir de las despedidas y de las frases triviales,
se ocult en un bosquecillo de plantas, queriendo solamente percibir la
forma blanca y ligera que estaba esperando.

Mara Teresa y Diana seguan a distancia al seor y la seora Aubry.

Se rean. Al pasar junto al sitio donde Juan estaba escondido, Diana
deca en son de burla:

--Te digo que has observado una conducta deplorable, lo cual es de
extraar en ti, que eres tan reservada generalmente. Has bailado tres
veces con Huberto Martholl y flirteado con l toda la noche. Vamos,
confiesa que te gusta!

En el silencio de la noche, la voz reposada y armoniosa de Mara Teresa,
lleg hasta Juan:

--Pues s, lo prefiero a todos los dems, porque baila el boston
admirablemente.

Los pasos se alejaron; las risas frescas de las jvenes se fueron
apagando, se sinti el ruido de las puertas que se cerraban, y luego,
poco a poco, rein el silencio.

Entonces, con el alma angustiada por un dolor nuevo, Juan vag al azar
por las avenidas.

Para l, todo lo que emanaba de Mara Teresa era grave y razonado; de
manera que, lo que acababa de decir, deba ser definitivo, estaba
seguro. Ella confesaba haber tenido placer en bailar con Huberto
Martholl... Los celos nacientes envenenaban las deducciones de Juan:
estrechada tres veces por aquel Huberto Martholl, Mara Teresa lo
prefera a todos los dems... Para que esto sucediese qu le habra
dicho ese hombre? Qu encanto misterioso haba ejercido sobre ella?
Ah el sonido melodioso de su querida voz martillaba el alma de Juan,
martirizndolo, enloquecindolo hasta el punto de hacerle transformar
las simples palabras: Lo prefiero a todos los dems, porque baila
admirablemente el boston, en una ardiente confesin de amor.

La visin de la inmensa dicha que se cerna sobre Martholl, evoc en el
espritu de Juan la imagen de la joven en traje de novia. Erguida,
esbelta, con su largo velo de tul, con la corona de azahares en los
cabellos, para ella nimbo de pureza, para Juan corona de espinas... la
vea as a la bien amada, deslumbrante de belleza, y, sin embargo...
cuando buscaba en el rostro del querido fantasma la sonrisa del triunfo,
slo encontraba un rostro de mrmol. No tena la expresin dulce de los
ojos de Mara Teresa, sino una mirada fra, severa, que pareca
reprochar a Juan la audacia de su evocacin.

Y trastornado por aquella dualidad de sensaciones que simultneamente lo
afligan y le daban vagas esperanzas, recorra el jardn como un loco.

En su paseo incierto lleg cerca de la casa. Un ligero ruido le hizo
levantar la cabeza y lo clav en el suelo; no se atreva a moverse por
temor de hacer crujir la arena bajo sus pies.

Mara Teresa, antes de desnudarse, abra la ventana de su cuarto para
gozar del fresco perfumado del aire, y para contemplar el espacio
estrellado.

Sus cabellos caan, desatados, sobre la seda tornasolada de su vestido;
apoy los brazos sobre la balaustrada del balcn. Iluminada por la luz
rojiza de las lmparas del cuarto, y del lado del jardn, por el
resplandor plido de los rayos de la luna, pareca un ser fantstico, de
una delicadeza y de un encanto sobrehumanos.

Juan goz en contemplar aquella aparicin, goce intenso y doloroso. En
tal momento nada poda serle ms cruel. Todas sus dudas se afirmaban.
Senta, con lucidez desesperante, que no eran slo obstculos materiales
los que lo separaban de ella; la voluntad misma del seor y la seora
Aubry no los acercara; exista entre ella y l una diferencia de raza;
la misma sangre no corra por sus venas. Aquella joven elegante y fina,
baada de luz en ese momento, no poda estar destinada a ser su mujer.
No obstante, senta que jams podra arrancarla de su pensamiento.

El pobre joven, anonadado, no tena ya ms que un solo deseo: ah! si
al menos le fuera dado esperar que en la vida de Mara Teresa, el nombre
de Juan descendiese algunas veces de los labios a su corazn! En qu
pensaba en ese instante, mirando dulcemente hacia el horizonte? Ante sus
ojos pasaba, sin duda, la imagen del que en esa noche haba tenido el
placer de estrecharla.

Torturado por el sufrimiento, murmur:

--Es locura, locura, yo debera condenarme a evitarla, a no verla ms!

Y ocult la cara entre sus manos.

Cuando levant la cabeza, las persianas estaban cerradas.

A su alrededor, ahora, todo apareca bajo un aspecto prosaico,
desesperante. La luna, velada por las nubes, no esparca ya su claridad
sobre el misterio de la noche; la masa negra de los rboles se ergua
hostil, y los grupos de plantas floridas no formaban ms que sombras
manchas. El alma del jardn haba volado.




V


A la maana siguiente, cuando Juan se despert, un criado le previno que
el almuerzo tendra lugar en las cercanas, en Saint Jouin, en la venta
de la bella Ernestina, y que se le rogaba que estuviera a las once en la
casa para la partida.

A Juan lo contrari mucho este aviso; habra deseado no mezclarse en el
movimiento social durante su estancia en Etretat; pero juzg que sera
poco corts rehusar la invitacin, y contest que no faltara.

Algunos momentos antes de la hora sealada, Juan, de vuelta de un paseo
solitario, por la orilla del mar, lea en su cuarto. Al or el aviso de
Bertrn, cerr su libro con resignacin y baj. La seora Aubry lo
present a sus invitados. Los hombres le tendieron la mano, las jvenes
lo saludaron; luego, despus de un ligero examen, no se ocuparon ms de
l. Su aire, su manera de vestir, lo clasificaban. Era el invitado que
no se cuenta. Juan adivin la impresin que haba producido, dej pasar
a los jvenes, y subi a un coche con el seor y la seora Aubry.

De todos los nombres que la seora Aubry haba pronunciado al
presentarlo, uno solo retena su memoria: el de Huberto Martholl. A este
joven que, la vspera, durante la comida, apenas haba notado, porque le
haba parecido un mundano cualquiera, con qu ojo investigador no lo
observaba ahora!

Juan comprob, con profundo disgusto, que Huberto Martholl se
precipitaba tras de Mara Teresa, y se instalaba al lado de ella en el
break; la joven lo recibi con una sonrisa. Oh! cunto habra dado Juan
por or las palabras que cambiaban...

De la encantadora campia normanda, el pobre joven no vio nada; toda su
atencin era atrada por las voces alegres y las risas que salan del
otro carruaje; adems, estaba atormentado por lo que poda hablar el
feliz Martholl, inclinndose con tanta frecuencia hacia Mara Teresa.

Llegados a Saint Jouin, la juventud invadi el jardn a la francesa de
la clebre hotelera, mientras que la gente ms seria, o ms hambrienta,
se preocupaba del almuerzo.

Sus inquietudes se calmaron en breve a la vista de una cocina
notablemente organizada, de la que salan olores incitantes, y todo el
mundo se instal en el jardn, bajo una carpa, alrededor de una larga
mesa ya preparada.

Antes de tomar asiento, Juan observ que los dems jvenes hacan
prodigios de destreza para ocupar sitio al lado de la que les
interesaba. Resignado a su mala suerte, se coloc enfrente de Mara
Teresa, queriendo, por lo menos, verla, ya que no osaba acercrsele.
Huberto Martholl estaba a su lado, aquel Huberto que ella prefiere,
porque baila admirablemente el boston, pensaba siempre Juan, acosado
por la frase oda.

Aislndose de sus vecinos, para absorberse en sus tristes pensamientos,
que le demacraban el semblante y le endurecan la mirada, segua con
ojos insistentes los menores gestos de Huberto y de Mara Teresa. A
pesar de sus esfuerzos, le domin el despecho. Estaba seguro: aqul iba
a conquistar a la joven, a llevrsela. Por vez primera, la vea
particularmente interesada en la conversacin de su vecino de mesa;
pareca estar prendada de las frases de Martholl; lo escuchaba sonriendo
y sin hacer caso a los dems convidados.

Huberto la colmaba de cuidados, le hablaba a media voz con aire de
felicidad, y este espectculo pona a Juan fuera de s; se exasperaba
tanto ms cuanto que juzgaba irresistible a aquel joven de aspecto
distinguido, correcto y elegante. El almuerzo le pareci interminable.
Bajo la influencia del malestar moral que senta, su clera comprimida
lleg al ms alto grado de intensidad; comprenda cun superflua era su
presencia en aquel ambiente alegre, feliz, donde corra el riesgo de ser
ridiculizado si los sentimientos que lo agitaban eran conocidos.

Al fin, se levantaron de la mesa, y todos se dispersaron, yendo unos a
las barrancas y otros a la playa.

Juan, no sabiendo qu hacer, sigui a distancia a Mara Teresa; sus
amigas la llevaban hacia la orilla del mar.

La joven, una vez que mir para atrs, repar en Juan; la expresin
dolorosa de su semblante la impresion, se detuvo para darle tiempo a
que la alcanzase y le dijo entonces:

--Las barrancas de Saint Jouin son magnficas. No es verdad, amigo
mo?

--Cree usted?... S, quiz son muy hermosas, pero es una decoracin
intil.

--Por qu? nada de lo que es hermoso es intil...

--Realmente? Usted es muy ambiciosa! necesita a la vez gozar con los
ojos y con el corazn...

--El corazn? a propsito de qu dice usted eso? El placer de la vista
me basta por el momento...

--Naturalmente...

--Qu significa ese excptico: naturalmente?

--Nada, en verdad.

--Me alegro.

Pero l aadi, a pesar suyo, con tono irnico, despechado por la
serenidad del lindo rostro de su amiga:

--Sera mal hecho de mi parte turbar esta alegre fiesta... Qu quiere
usted? estas partidas en comparsa siempre me han parecido odiosas, salvo
que no disimulen...

--Disimulen qu?

--Qu s yo! algn encuentro sentimental; el placer de codearse durante
largas horas con el que o la que se ama, el permitirse una libertad de
lenguaje que no se podra usar en otra parte.

--Perverso! se refiere usted a la seora d'Ornay y a Platel...

Y la risa musical de Mara Teresa estall en un gorjeo, acabando de
exasperar a Juan.

--Oh! no son ellos los nicos que aprovechan hbilmente la ocasin...
Supongo que usted no se ha fastidiado en el almuerzo. El seor Martholl,
ese feliz mortal tan elegante, es tan admirable en su conversacin
como en su manera de bailar el boston?

Mara Teresa chocada de aquel tono agresivo que revelaba un estado de
alma que no se explicaba, pues Martholl no era para ella ms que un
amable indiferente, mir a Juan con sincera sorpresa:

--Qu tiene usted, mi pobre amigo? Nunca lo he visto de tan mal humor.
Es de vernos flirtar un poco que se irrita usted as?

--Hay grados, entonces, en el flirt? Explqueme usted cmo puede uno
contentarse con un poco... Esta dosis me parece difcil de graduar,
sobre todo, de no extralimitarla.

Al decir esto, sealaba con los ojos los grupos dispersos de los jvenes
que marchaban delante de ellos: Platel y Mabel d'Ornay, Diana y James
Milk, las de Blandieres con Martholl y Bertrn, y otras parejas ms,
todos alegres de sentir la influencia de los fluidos de atraccin.

Juan, repuso muy excitado:

--Explqueme usted de una vez lo que es en su justo lmite, ese odioso
flirt...

--El flirt? Es el placer de conversar con un hombre amable que gusta de
una y que discretamente lo dice.

--Realmente? Entonces cualquiera puede disfrutar de sus encantos, de
su sonrisa? Y es con su consentimiento como goza de todas estas cosas
que ustedes prodigan? Del mismo modo le dan el derecho de manifestar lo
que siente?

--No creo que sea muy grave preferir la compaa de las personas que nos
son simpticas.

--Posiblemente esas personas que son simpticas no obtienen ese
resultado sino gracias al mrito de sus sastres.

--Tranquilcese usted--respondi la joven, que tom el partido de
convertir en broma los reproches de Juan;--me ocupo muy poco de tal
asunto. No, yo no soy exigente respecto a la manera de vestir de los
jvenes que me placen; pero, hay dos cosas que estimo mucho: un buen
bailador cuando bailo y un interlocutor amable cuando hablo. Y como
usted est de mal humor hoy, suya es la culpa si le dejo.

Dicho esto, alegremente, con la dulce entonacin que le era habitual,
Mara Teresa se esquiv y corri a reunirse con sus amigas.

Juan tuvo un violento acceso de desesperacin, cuando se encontr solo.
Ah! era siempre el hombre del pueblo, sin delicadeza alguna. Acababa de
hacer algunas observaciones ridculas, y con qu derecho? Decididamente
nunca sera un hombre de mundo. El ejemplo mismo de su querido maestro
no le haba servido; porque si l, a pesar de su labor de obrero, haba
permanecido caballeresco, es porque se llamaba Aubry de Chanzelles, y de
nacimiento posea esa ciencia de la delicadeza que no se adquiere jams.

Afligido, Juan se sent al borde de un sendero que baja casi cortado
verticalmente hacia el mar, a lo largo de la barranca. Desde all
dominaba la playa quebrada de Saint Jouin, y poda seguir, por entre las
rocas, la marcha caprichosa de las jvenes y de sus flirts. El traje
claro de su amiga, y el elegante sombrero gris de Martholl cautivaban
principalmente su atencin.

En cierto momento, pudo ver a Mara Teresa y a las jvenes que la
precedan, detenidas ante una bajada difcil. Y como Martholl, Platel,
Bertrn y James Milk, les tendieran sus brazos auxiliadores, las
primeras siluetas finas fueron deslizndose una a una.

Entonces el corazn de Juan lati con violencia. Pero pronto su
semblante se seren; lo que l tema, no sucedi; gilmente, Mara
Teresa salt sin la ayuda de nadie.

Por la emocin que haba sentido, Juan comprendi que no poda
permanecer testigo impasible de escenas semejantes. Dndose cuenta que
su mal humor sera la ltima expresin de lo ridculo, resolvi abreviar
su permanencia y buscar un pretexto para marcharse.

El resto del da continu lleno de tristezas para l. Felizmente,
Bertrn como buen camarada, vindolo aislado y melanclico, vino a
hacerle compaa; sin su presencia, Juan habra llorado.

Al desaparecer el sol en el mar, los excursionistas regresaron a la
venta. Cuando se hubieron reunido a las personas tranquilas que haban
preferido pasar la tarde a la sombra, bajo los manzanos de la huerta,
declararon que no tenan la intencin de volver tan temprano a Etretat,
que queran comer en Saint Jouin, y bailar despus en la vasta pieza
alfombrada de csped. Esta sala, llena de muebles antiguos, es una de
las curiosidades artsticas de la hostera. El proyecto fue aceptado, y
el desgraciado Juan que no poda eludir este programa improvisado, tuvo
que resignarse a ver exasperarse su suplicio.

Mara Teresa se haba divertido mucho en el curso de su paseo
accidentado. Huberto no se haba separado de ella un momento. Senta una
secreta vanidad en verse preferida a sus amigas por aquel galante joven,
que Diana y Alicia de Blandieres se haban disputado. Al ver el
desconcierto de las dos jvenes, cada vez que Huberto las dejaba para
reunirse con ella, una sonrisa maliciosa apareca en sus labios.

La impresin que le hicieron las palabras de Juan se haba disipado
pronto. Conoca bastante la displicencia del joven; pens que se
encontraba disgustado entre tantos desconocidos, y que eso bastaba para
tenerlo descontento hasta el punto de inspirarle palabras acerbas. No
era la primera vez que Mara Teresa adverta los celos de Juan, pues
consideraba legtimo que un antiguo compaero sintiese ojeriza hacia los
que trataban de captarse su amistad. Acaso tema que ella olvidara a los
que tenan derechos ms antiguos. Encontraba as excusas al mal humor de
Juan. Pero era su husped, y no quiso guardarle rencor; vindolo, pues,
al entrar en el jardn, sentado sobre la hierba a los pies de la seora
Aubry, se dirigi hacia l y le dijo con amabilidad:

--Es por pereza por lo que no ha querido usted venir a escalar con
nosotros los peascos? Hemos tenido algunos pasos difciles de
franquear; usted nos habra sido muy til: lamento tambin que se haya
privado de contemplar esta playa agreste, sembrada de rocas cubiertas de
hierbas y de musgos; ha sido un espectculo grandioso, a la puesta del
sol. Sin embargo, no puedo enojarme, puesto que le haca usted compaa
a mi querida mam, a quien todos hemos abandonado.

Juan levant sus ojos sombros hacia Mara Teresa, y su clera
desapareci, no dejndole ms que una herida secreta que sangrara mucho
tiempo; l lo saba bien... La que lo miraba con cara risuea, no
sospechaba la turbacin que su presencia provocaba. Con tal que no lo
supiera nunca! Juan crea que para l era cuestin de honor dejarle
ignorar siempre las torturas que padeca a causa de ella.

--Qu buena es en olvidar mis estpidas palabras!--pensaba, y en su
confusin habra querido implorar perdn, de rodillas.

Sin embargo, nada pudo contestar; la emocin lo ahogaba, y la joven se
alej antes de que pudiera encontrar palabras para expresar sus
sentimientos.

--Es una suerte para m que me hagas compaa, Juan--dijo la seora
Aubry;--hasta mi hija, siempre tan razonable, demuestra hoy una gran
distraccin; parece que se divierte mucho.

--Tiene razn--respondi tristemente el joven,--en estar alegre y
expansiva. Es una dicha ver gozar de la vida a los que se ama. Mire
usted cmo est rosada, cmo brillan sus ojos... Ah! que sea siempre
feliz, qu importa lo dems!

Durante la comida, la animacin fue grande. Platel, lleno de
inspiracin, no ces de hablar, y las nias de Blandieres, algo
sobrexcitadas por el champaa, elevaron ms de lo razonable sus
juveniles voces agudas, y se propusieron exasperar a sus vecinos el
seor d'Ornay y el flemtico James Milk.

Huberto Martholl se haba colocado al lado de Mara Teresa; pero Juan,
esta vez, se prometi no mirar ms hacia ellos. Como tena al servicio
de sus resoluciones una voluntad inquebrantable, mantuvo su promesa, y a
pesar del bullicio, se engolf en una conversacin tcnica con el seor
Aubry.

Despus de comer, atravesaron el jardn para ir a bailar.

Juan se esquiv. Anduvo errante por las barrancas, paseando su
pesadumbre a los rayos de la luna, la dulce compaera de los tristes.
Pero no estaba bastante lejos para que no llegasen hasta l los aires de
un vals, cubriendo por momentos la voz sorda de la marea creciente.

El ritmo de aquella turbadora msica de baile se impona a su espritu
enfermo y lo aniquilaba. Las armonas que perciba, evocaban a Mara
Teresa y Huberto enlazados; entonces sinti un irresistible deseo de
verlos, volvi sobre sus pasos, y pas el resto de la noche detrs de
una de las ventanas de la sala donde bailaba.

De pie, apoyado contra los postigos entreabiertos, vea evolucionar a
Alicia y Juana de Blandieres, bulliciosas y juguetonas, a la linda Mabel
con Platel, y a Diana, cuyos cabellos negros se inclinaban
complacientemente hacia James Milk. Pero Juan los miraba con atencin
distrada; para l, todos all eran cortesanos que se agitaban en torno
de la estrella, y no tena bastantes ojos para seguir los movimientos de
Mara Teresa.

Estaba deliciosa en aquella decoracin de muebles antiguos, destacndose
delicadamente sobre el fondo de oro de los viejos tapices de brocado
tendidos sobre el muro. Un instante, fue a sentarse en un silln gtico
cuyas columnitas de madera dorada, se elevaban formando cpula por
encima de su cabeza rubia. La contempl arrobado; as era como la vea
en sus sueos. Sentada en aquel trono torneado y extrao; con su ligero
vestido de linn y trmulas blondas, pareca una princesa de leyenda.

Duraba su xtasis ante esta visin encantadora cuando la sombra de
Martholl se interpuso entre ellos. Un furor loco se apoder de Juan
contra el que confiscaba, en provecho exclusivo, la blanca y preciosa
imagen. Juan no vea ya ms que el impecable traje de Martholl que
permaneca plantado all, completamente inconsciente de la tormenta que
levantaba en el corazn de otro, su presencia delante del dolo. Aquel
hombre estara siempre a su lado?

Juan haba temido la llegada del que ella prefera; pero nunca se haba
imaginado el desgarramiento de su alma ante el hecho consumado. Se
alarm de la tempestad que ruga dentro de l, simplemente contra
aquella silueta importuna. Cmo hara para asistir en lo sucesivo a
toda una serie de incidentes de los cuales ste no era ms que el
preludio, desde que Mara Teresa y Huberto no eran novios an? No, cmo
permanecera impasible, mientras todo su ser gemira de dolor? Si el
seor Aubry no hubiera pronunciado la vspera las palabras que alentaron
su locura, quiz se habra resignado. Pero haber entrevisto, como casi
posible, una felicidad sobrehumana, y encontrarse luego, por la crueldad
del destino, en presencia del que, fuera de duda, iba a robarle aquella
felicidad, era demasiado duro... Lgrimas de desesperacin enrojecieron
sus ojos.

En el mismo instante, la joven, sonriendo, tom el brazo que le ofreca
Martholl, y entonces Juan se lanz a las espesas sombras del jardn,
para no ver ms nada.




VI


Los das que siguieron al paseo por Saint Jouin fueron para Juan largos
y penosos. Para emplear el tiempo, tomaba su bicicleta y recorra cada
da, a toda velocidad, los alrededores de Etretat. A la tarde volva,
embrutecido de fatiga, y suba a su cuarto para prolongar
indefinidamente su soledad. Aguardaba as, del azar, un motivo plausible
para salir de Etretat sin herir a la seora Aubry, que no se habra
explicado una partida precipitada. Afortunadamente como conocan su
carcter independiente, respetaban su libertad, y nadie se preocupaba de
hacerle modificar la manera de vivir que haba adoptado.

Mara Teresa, con gran delicadeza, evitaba, durante las comidas, hablar
de sus amigos y de lo que suceda en la playa o en el Casino. Se
esforzaba en no conversar ms que sobre cosas susceptibles de interesar
a Juan. Pero Diana no proceda con el mismo tacto y abrumaba a su prima
con alusiones ms o menos veladas sobre los obsequios siempre excesivos
de Huberto Martholl.

Estos temas de conversacin eran dolorosos para Juan, y le aumentaban
el deseo que tena de huir de Pervenches.

La ocasin que buscaba se present en breve.

Un da, paseando, habl con entusiasmo a Bertrn, de la Alemania y de la
Selva Negra.

--Parece increble--declaraba Bertrn,--que yo no haya ido todava por
all.

--Te diviertes mucho aqu?--pregunt Juan.

--Moderadamente, por qu me preguntas eso?

--Porque, si tu placer es negativo, deberas pedir a tu padre
autorizacin para acompaarme a Bohemia, adonde ir prximamente. Estoy
seguro que este viaje te interesar. Para no perjudicar tus estudios,
partiramos en seguida, a fin de aprovechar el resto de las vacaciones.

--Pues s, es una magnfica idea la tuya! Esta misma noche le escribir
a mi padre, rogndole que me deje ir contigo.

El seor Gardanne, que apreciaba mucho a Juan, consinti de buena gana
en dar la licencia pedida, y el viaje de los dos jvenes fue decidido.

Si al dejar a Pervenches, Juan experimentaba algn alivio en huir de las
emociones torturadoras, llevaba en el corazn la terrible herida de los
celos, convencido de que cuando volviese a ver a Mara Teresa, ella no
sera ya libre. Su sola esperanza estaba en encontrar en un trabajo
encarnizado, el poder que necesitaba para olvidar a la joven.

En cuanto a ella, la decisin de su amigo de la infancia, la turb un
poco. No comprenda cmo la permanencia en Etretat no le era agradable.
Pero, sin indagar ms all, no vio en esto ms que la aversin del joven
hacia la vida social.

El da de la partida, mientras miraba pensativa alejarse el coche que
conduca a la estacin a los dos jvenes, Diana le dijo:

--Esta idea de Juan, de llevarse a mi hermano antes del fin de las
vacaciones, es estpida. Me imagino que no vas a extraar a ese hurao.
No estaba Bertrn mejor aqu que en Alemania?... Dios mo, Juan ha
estado bastante spero en estos das!... Es incomprensible que lo hayas
podido soportar. Debera cuidarse de presentar semejante cara, y
considerarse dichoso de que lo reciban aqu.

--Por qu eres siempre dura con ese pobre joven? Si no le gusta la
sociedad, y si no es hipcrita para mostrar cara alegre, es sa una
razn para que lo maltrates? En cuanto a m, le perdono todo al amigo
abnegado, al que me ha soportado en mi infancia. Cuando yo era una chica
desptica y mimada, Juan me diverta con paciencia horas enteras. Estoy
cierta de su amistad, y estimo en mucho su consagracin absoluta hacia
nosotros. Nada me importa de lo que diga o haga: conozco su profunda
afeccin y lo quiero en razn de sus nobles sentimientos. Estaba muy
conmovido, hace poco, cuando se despeda... Yo sera, pues, una ingrata
si mis relaciones de hoy, pudieran hacrmelo olvidar.

--Bueno, no hablemos ms--concluy Diana;--no quiero arrancar de tu
corazn recuerdos tan tenaces, pero podramos distraernos paseando, qu
te parece? Hoy se verifica un match interesante en el Tennis-Club,
vamos?

Mara Teresa se dej convencer; se diverta siempre en las partidas de
tennis que se organizaban todas las tardes en su casa, en el Club, o en
las villas vecinas.

Despus de subir a su departamento para vestirse, las dos jvenes
reaparecieron en seguida, vestidas de piqu blanco, cubiertas con el
indispensable canotier, y llevando bajo el brazo sus raquetas enfundadas
en tela gris.

Conversando, tomaron el camino del Tennis-Club, donde sus amigos se
reunan ese da. Bajo los manzanos, que rodean el circo, estaba servido
un lunch en mesitas. La seora de Blandieres, que lo haba pedido, haca
los honores, auxiliada de sus hijas.

Juana y Alicia de Blandieres, o ms familiarmente, las de Blandieres,
jvenes muy precoces, flirtaban con la esperanza de encontrar maridos
por este medio, y exigan como cualidad primordial, que fuesen ricos.

Desconcertaban un poco a los mozos del buffet dedicndose con demasiada
conciencia al servicio del lunch ofrecido ese da por su madre,
excitando a comer y a beber a los jvenes que acudan a su invitacin.
Sera para estimular las fuerzas que aquella juventud empleara luego
en el tennis o en el flirt?

Audaces y provocadoras, estas jvenes eran el _specimen_ ms completo de
lo que, para autorizar cierta libertad de conducta, se llama muy
impropiamente en Francia la educacin americana. Este gnero de
educacin, inoculado en aquellas naturalezas de latinas ligeras,
desprovistas por temperamento de la moderacin y de la dignidad de las
jvenes anglosajonas, produca un singular resultado.

La mayor hablaba mucho y rea sin cesar; la segunda, ms dcil, imitaba
a su hermana en todo. Como eran lindas y se mostraban siempre amables,
los jvenes declaraban que las adoraban; a pesar de esto, hasta entonces
ninguno se haba presentado como pretendiente.

Cerca de las mesas, la seora d'Ornay, coloreada por el reflejo de su
sombrilla, daba audiencia a Max Platel. Saba hablar con gracia, sin
dejar de comer sandwiches de caviar.

--Qu espiritual es usted!--repeta continuamente al joven
literato.--Nadie como usted me entretiene tanto...

--Entonces todo va bien en el mejor de los mundos--aprobaba Platel.--Yo
soy espiritual, usted es linda; ahora sucede que soy yo, entre tantos
otros, el llamado a desempear la importante funcin de hacerla rer a
usted, yo que me deleito con la gracia amable de su sonrisa y el alegre
encanto de todo su ser... Dgame, encantadora seora, a quin prefiere
usted, a m o a este hermoso Martholl cuya plasticidad revoluciona a sus
amigas?

En ese momento, el hermoso Martholl se dedicaba a los representantes de
la colonia inglesa. Con ellos se mostraba familiar, haciendo profesin
de menospreciar a sus compatriotas, y afectaba una anglomana exagerada.
Nada le pareca bueno, ni chic, si no proceda de Londres; a cada
instante, en la conversacin, encontraba medio de alabarse de sus
relaciones del otro lado del estrecho. Con cualquier motivo, citaba a
lord Chestermund, en cuyo castillo cazaba zorros en Escocia, y su mayor
satisfaccin era ser tenido por ingls.

Cuando Mara Teresa y Diana llegaron, estallaron las exclamaciones de
alegra y los saludos ruidosos. Martholl, como no jugaba jams sino con
James Milk, que no era del match, abandon el juego y se apresur a ir a
hacer su corte.

--Al fin ha venido usted!--murmur, cuando estuvo al lado de Mara
Teresa.--Crea que no vena ya, y me aburra espantosamente.

--Qu?--dijo ella con sonrisa incrdula.--Usted se aburra tanto? Y
el tennis? Me esperaba usted para jugar?

--No. Pero yo vengo aqu atrado por otra cosa que por el tennis, usted
lo sabe bien.

--Ah, goloso! atrado por el lunch, entonces!

--Tampoco, querida seorita...

--Seor Martholl, si me pone usted adivinanzas no acabaremos nunca. Yo
he venido aqu a tres cosas, y no hago misterio. Primero, para hacer
honor, nutrindome substancialmente, a la invitacin de mis amigas de
Blandieres. Segundo, para conocer el resultado del match y quin ganar
el delicioso abanico pintado por mi viejo amigo el gran artista-sportman
Pablo Arnault. Tercero... ah, Dios mo! pues no me acuerdo!...

--Est usted segura...

--Muy segura, seor fatuo. Tercero?... Ah, ya estoy! tercero, para
despus del t, tennis, flirt, etc., subir al magnfico automvil de mi
amigo Jorge Baugrand, hendir el aire con l hasta el bosque de Loges y
contemplar desde lo alto del camino de Fcamp una soberbia puesta de
sol. Ah est todo!

--Usted es desesperante, seorita, y es acaso por causa de eso por lo
que...

--Cuidado! creo que a sus labios asoma una majadera.

--Una majadera?

--Califico as, de una manera un poco general, todo lo que me parece
inoportuno, falso...

--Le juro...

--Ah, un juramento! Ese es juego conocido, seor Martholl! Seamos
serios: estn organizando una partida, vamos, a reunimos a nuestros
amigos, salvo que usted no prefiera...

--Yo no prefiero nada al placer de seguirla a usted, de verla, de
orla...

Martholl transport sillas de tijera y se instalaron a fin de poder
conversar mirando el juego.

Era un espectculo encantador el de aquellas jvenes de trajes cortos y
claros, movindose flexibles y graciosas en aquel cuadro alegre.

Se jug durante un buen rato; luego, como se sintiera el fresco de la
tarde, la seora de Blandieres propuso ir hasta la playa a admirar la
puesta de sol, famosa en Etretat. Ruidosamente, el juego del tennis fue
abandonado, con gritos de triunfo, disputas, felicitaciones o
imprecaciones. Las frases se entrecruzaban:

--Hemos ganado tres partidas!

--D'Ornay juega muy mal! Pierdo siempre que voy con l!

Por fin, restablecida la calma, se pusieron en camino.

--Y bien, seorita! ha llegado la hora de la despedida... Dnde est
el hermoso automvil de su amigo?

--No proclame su triunfo; Baugrand no ha venido hoy, pero maana...

--Ah, sta es buena! maana, es el porvenir, y el porvenir es de Dios,
segn dice el poeta.

Mara Teresa se sonri, y reunindose al grupo de sus amigos, Martholl
y ella llegaron en el instante en que Platel declamaba a la linda Mabel
d'Ornay:

--Qu deliciosa vida llevamos! En Pars no hay tiempo para ver a las
personas que nos gustan; aqu, por lo menos, se goza de su presencia.

--Y sin fatigarse!

--Naturalmente. Fatigarse en dos meses! Sera preciso ser muy voluble
en sus sentimientos o haber sido seducido por un encanto poco
justificado. En verdad, es as como se debera vivir: trabajar muy poco,
pasear con mujeres encantadoras, sin otra preocupacin que la de la hora
del bao, del tiempo que har, y del cambio de expresin de los ojos que
nos cautivan.

Iban as caminando, por grupos hacia el mar. En un murmullo de charlas
alegres, las jvenes revelaban su alma con la misma gracia o inocencia,
que en sus vestidos se revelaban sus cuerpos. Los jvenes dejaban
rebosar de su espritu y de su corazn, esa adoracin inconsciente, tan
impulsiva y por lo mismo tan seductora, de la juventud y de la fuerza,
hacia la gracia y la belleza.

Huberto Martholl caminaba pensativo al lado de Mara Teresa, a quien
haba despojado de su raqueta y de su abrigo.

Al llegar a la playa quedaron deslumbrados por un fulgor dorado. El sol
se sumerga en las aguas como triunfador, en una decoracin de prpura y
oro.

Mara Teresa se sent sobre una piedra. Era su hora favorita. Ante
aquella apoteosis de luz, se senta conmovida y se olvidaba de su ser,
para absorberse en la belleza de lo infinito; su mirada se extasiaba
en la contemplacin de las nubes iluminadas, y en sus formas caprichosas
se imaginaba ver mundos desconocidos. En estos instantes de comunin con
la Naturaleza, senta poderosamente la belleza de las cosas creyendo
comprender el sentido de la vida universal. Un alma nueva se despertaba
en ella, un alma hecha para aspiraciones ms elevadas que las pequeas
satisfacciones de vanidad en que se entretena generalmente.

Huberto, sentado cerca de ella, daba deliberadamente la espalda al mar,
como para demostrar cun poco le importaba el despliegue de la pompa
solar. Sin embargo, inquieto por el silencio demasiado largo de su
compaera, trat de arrancarla a su contemplacin:

--En qu piensa usted, seorita Mara Teresa?

--No pienso--respondi ella sin dejar de mirar el horizonte,--recibo
emociones; me son muy dulces porque vienen de la calma y de la
inmensidad. No sabra explicar mis ideas o mejor dicho, las sensaciones
que se suceden en m, mientras admiro estos efectos de luz. Son
impresiones fugaces que se forman y se transforman tan rpidamente como
los contornos de aquellas nubes.

--Y yo pienso en usted; no me preocupo ni de la marea que sube, ni del
sol que baja. Donde usted est, no veo ms que su persona, y nada ms:
en su contemplacin mis ojos se llenan de alegra y de belleza, y...

Mara Teresa lo interrumpi con un gesto. Como ciertas naturalezas
delicadas, tena propensin a amar idealmente, o ms bien, a amar un
ideal. En aquel momento trataba de identificar este ideal con la persona
de Huberto; pero al mismo tiempo desconfiaba de l, deseaba que no se
declarase, ante el temor de que una brusca desilusin no la hiciese caer
en la realidad. Aspiraba con pasin a encontrar una alma simple,
enrgica, y un vago presentimiento la haca temer que no encontrara lo
que buscaba en lo que Huberto iba a revelarle. Dijo, pues, irnicamente,
para contenerlo:

--Que me prefiere usted a tales esplendores!... Qu podr yo hacer
para indemnizarlo de la privacin de este maravilloso espectculo? Ser
suficiente ofrecer a sus miradas un semblante sonriente? Me temo que
perdera mucho en el cambio!

--No se burle! Si usted supiera cunto la admiro, comprendera por qu
he sido completamente conquistado.

--Cuidado con exagerar. Sus palabras contienen tantas promesas...

--Sus amigas pueden informarle a este respecto. Cuando estamos reunidos,
ellas saben bien de quin me ocupo exclusivamente. Si usted se pareciera
a ellas, ya estara convencida de la naturaleza de mis sentimientos,
pero es usted tan diferente!... Ni siquiera puedo saber cmo recibe
usted mis atenciones!

--Nunca he dicho que su amabilidad me disgustase...

--Si realmente no fuera un importuno, qu feliz sera! Veamos, deme
usted alguna esperanza, autorceme, por ejemplo, a decirle cosas
tiernas, a seguirla a todas partes, a ocuparme de usted
constantemente.

--Ah, qu programa! Es asustador para m, que no s jugar ni con mis
sentimientos, ni con mis palabras. Tengo una idea demasiado elevada de
la comunidad de impresiones que pueden unir a un hombre y a una mujer,
para transformar nuestra joven amistad en un juego imprudente. No...
no... no le permito nada todava. Adems, en este momento, casi no lo
escucho, tengo los ojos deslumbrados; nada profano llega al fondo de mi
pensamiento; la hermosura de este cielo me absorbe por completo.

--No puede usted hacer dos cosas a la vez? Sin embargo, si lo que puedo
decirle le fuera agradable, no cree usted que formase una armona que
completara este maravilloso espectculo?

--Qu pretensin!... Quiere usted acompaar con su msica de ternura
las ms hermosas horas de la Naturaleza?

--No tengo ms que una pretensin: la de agradarle a usted. Quiero que
un da, estando yo a su lado, no contemple ms las puestas de sol.

Mara Teresa se levant riendo, con risa forzada; las frases de Huberto
empezaban a molestarla; juzg prudente interrumpirlas.

Viendo a la joven de pie, Martholl quiso tomarle la mano, pero ella la
retir bruscamente.

--No me permite subir con usted a la terraza?--interrog l.

--No; no debo escucharlo ms; es bastante por hoy. Qudese aqu buscando
frases nuevas; nada inspira como la cada de la tarde.

Y con una voz que la alegra y tambin la emocin contenida hacan
temblar un poco, aadi, subiendo a la terraza del Casino:

--Adis, adis! querido flirt.




VII


El tiempo transcurra rpidamente para la alegre banda. Todos los das
se organizaban nuevos paseos a caballo, en bicicleta, en automvil o en
coche. Por la noche se bailaba en el Casino o en alguna villa. Huberto
no dejaba a Mara Teresa y acentuaba cada vez ms su preferencia.

El mes de septiembre estaba ya muy adelantado, y nadie pensaba en partir
de Etretat. Todos sentan alejarse despus de aquella estacin que haba
corrido tan alegremente.

Ante la inevitable perspectiva de la separacin, hasta las seoritas de
Blandieres se ponan melanclicas.

Una noche, en el Casino, habindose discutido la cuestin de la partida,
Huberto se aproxim a Mara Teresa y le dijo con aire triste:

--No puedo habituarme a la idea de separarme de usted. Cada da me digo:
me ir maana! El maana llega, y no tengo valor. Mi madre no se
explica cmo puedo permanecer aqu tanto tiempo. Haba venido por quince
das. Me escribe carta tras carta, llamndome. Yo deba haber ido a
buscarla a Carlsbad y pasar en seguida a cazar en el castillo de unos
antiguos amigos. Ha partido sola de Carlsbad; ahora est instalada en la
finca de nuestros amigos, y es necesario que yo me decida a reunirme con
ella. Jams he sentido tanto pesar en dejar un sitio. No vaya usted a
creer que es a causa de las diversiones de la playa; es usted,
exclusivamente usted quien me retiene. De estos das pasados a su lado
conservo tal impresin de encanto que no quiero salir de Etretat sin que
usted me autorice a verla en Pars lo ms pronto posible. La seora de
Chanzelles querr recibirme? se lo preguntar usted? Diga que usted lo
desea, dgamelo para que yo no me vaya desolado.

--Mi madre est en casa todos los mircoles. Puedo asegurarle que tendr
gran placer en recibirle. En cuanto a m, confieso que lamentara que
las agradables relaciones que hemos iniciado aqu, quedasen
interrumpidas. Yo no hago amigos por tres semanas; cuando los he elegido
es para siempre.

--Ah! qu buena es usted en haberme comprendido! Me permite tener
esperanza, verdad?

--Le contestar a usted a eso en Pars, cuando nos volvamos a ver.

--Qu largo va a parecerme el tiempo!...

--Se queja? Entonces si le diera mi despedida hoy qu dira usted?

--Tiene razn, es usted muy delicada; no tengo el derecho de
acriminarla.

Y antes de que pudiera impedirlo, Huberto le tom la mano y la llev a
sus labios balbuceando en un soplo:--La adoro!

Aquella noche Mara Teresa tard mucho en dormirse. Le pareca or an
la voz conmovida de Huberto y las frases que haba pronunciado. Era,
pues, verdad? La amaba, pona en ella sus secretas esperanzas? La
asiduidad que haba demostrado durante los meses transcurridos, su
empeo en obtener de ella palabras alentadoras, todo revelaba el
proyecto que persegua. Se interrog. Le gustaba? Ah, s! Huberto era
elegante, distinguido, diestro en todos los sports. Saba que haba
frecuentado mucho el gran mundo, y, adems, la amaba... Seguramente,
consentira de buena gana en llamarse la seora Martholl. Por otra
parte, esta unin le aseguraba una existencia agradable. Una serie de
placeres envidiables se present a su imaginacin: recepciones, viajes,
yachting, automovilismo; todas las manifestaciones de la vida suntuosa y
sportiva parecan ser las favoritas de Huberto.

Por qu de improviso, sin motivo, en la fantasmagora de los placeres
que le prometa aquella unin plausible, segn las leyes del mundo, se
irgui una imagen un poco olvidada en el espritu de Mara Teresa?

Por qu el recuerdo de Juan se cruzaba en sus proyectos? Por una
asociacin de ideas, cuya lgica no perciba, se puso a hacer la
comparacin entre l y Huberto, y record que nunca haba visto en los
ojos de ste, por conmovido que estuviera, el fulgor de pasin que
sorprenda a menudo en las miradas profundas de Juan; no, jams haba
sentido en Huberto la misma expresin de ternura profunda.

Pero qu relacin poda existir entre los sentimientos de afeccin de
Juan y el amor de Huberto? No la vea, y, sin embargo, la afeccin
reciente no sofocaba en su corazn el antiguo sentimiento.

En fin si Huberto Martholl peda su mano, dira que s? Y sus padres
qu pensaran de este joven? Era un desocupado, un intil. He ah algo
que no le gustara al seor Aubry. En realidad, pareca que el nico
objetivo de la existencia de Huberto fuera concurrir todos los das a su
club. Lament que bajo su aspecto mundano no tuviera una inteligencia
ms propensa para cosas ms tiles a la vida.

Con todo y si se equivocaba en su estimacin? Si bajo aquella elegante
envoltura no encontraba luego ms que una naturaleza de petimetre sin
ms propsito que disfrutar de los placeres del mundo, y cuidar en sus
horas frvolas de su toilette esmerada y de la elegancia de sus
ademanes?

Agitada por estos pensamientos indecisos y contradictorios la sorprendi
el sueo.




VIII


A la maana siguiente, cuando Mara Teresa se despert, haca un sol
bellsimo. El aire tibio penetraba en su cuarto, cargado de brisas
marinas y del perfume de las flores. Ante la belleza del da, todas sus
preocupaciones se disiparon. No pens ms que en vestirse rpidamente,
no sin escoger el ms rosado de sus trajes de batista y el sombrero de
maana que mejor le sentaba para ir a reunirse con sus amigas y Huberto
Martholl que ya deban estar esperndola en la playa.

Era la hora del bao. Siguiendo su costumbre Mara Teresa pas
directamente a su casilla.

Algunos minutos despus un enjambre de graciosas jvenes descenda a la
arena. Este bao era el acontecimiento esperado de la maana. Al llegar
a la orilla del mar, Mara Teresa dej caer su peinador a sus pies y
apareci delicada y flexible. Algo molestada por las miradas asestadas
sobre ella, se lanz gilmente al encuentro de las olas, en tanto que
Juana y Alicia, sin apresurarse, disfrutaban del placer, como todos los
das, de sentirse admiradas en sus elegantes trajes de bao.

Mara Teresa, que era muy buena nadadora, gozaba con delicia en el
bao; se alej un poco dejando a las jvenes de Blandieres disputarse a
Huberto entre risas, gritos y golpes de agua. Mientras nadaba, pensaba
en el placer que tendra en hacer as largos paseos en la frescura del
agua. Solamente que necesitara un compaero robusto con quien no
tuviera que temer ningn peligro. Este protector quin sera?...
Huberto, sin duda, pues... Pero le inspiraba bastante confianza?...
Con su auxilio podra desafiar peligros?... Unirse para gozar de la
vida cuando se es joven y rico, poco significa. El alma del hombre ms
indolente puede ser atrada y seducida por una tarea tan fcil; pero
despus en los das de prueba desfallece... Comprenda que sin dejar de
gustarle Huberto no le daba la seguridad, la tranquilidad fsica y moral
que impulsa a confiarse por completo a un ser, y esto era precisamente
lo que hubiera querido encontrar en el compaero de su eleccin.

La aparicin de Martholl la distrajo de estas reflexiones. Estaba de muy
mal humor porque al ayudar a Alicia de Blandieres a subir a la balsa,
desde donde quera tirarse, se haba roto una ua. Su preocupacin por
este incidente le impeda desplegar su amabilidad habitual y su
excitacin no se haba calmado an, cuando la seora Aubry hizo seas a
su hija para que saliera del agua.

Mara Teresa se aproxim a la ribera; Huberto la sigui; vindolo nadar
tan armoniosamente le vino a la mente la idea de que si no haba quiz
en l temple para hacer un hroe, saba presentar hermosas formas
artsticamente amoldadas en una malla de seda negra.

Cuando se hubo vestido subi a la terraza del Casino para pasearse;
Huberto se aproxim a ella y le dijo:

--Me permite usted quedarme un momento a su lado? La he visto venir
desde lejos; para m es un placer verla caminar. Son muy pocas las
mujeres que saben moverse con gracia; es un verdadero signo de raza. Yo
no amara nunca, ni aun me fijara en una mujer que no tuviera esa
elegancia de movimientos cuyo ritmo es, a mi juicio, la revelacin del
carcter. Las personas vulgares conservan siempre una actitud vulgar; se
conoce la distincin de una mujer en su manera de andar. Observe usted a
la seorita Diana, a las jovencitas de Blandieres, y lo mismo a la linda
Mabel d'Ornay qu diferencia! Examinando su modo de andar, cuando se es
verdaderamente observador y conocedor, es fcil apercibirse que en ellas
las proporciones del cuerpo no son armnicas; hay all, seguramente,
algn defecto de arquitectura. En cambio usted debe tener las piernas de
Diana.

La joven se ruboriz, pero qued excusada de contestar porque en ese
momento llegaban Alicia y Diana.

--Cmo, todava de flirt!--exclam Alicia, acercndose;--es demasiado!
Diga, Martholl, espero que esto no le habr hecho olvidar su promesa de
acompaarme en bicicleta hasta la granja Dutot, donde encontraremos a
los d'Ornay y sus amigos. Vendrn ustedes, con nosotros?--aadi sin
entusiasmo, dirigindose a las dos primas.

--No, querida ma--se apresur a decir Mara Teresa que no quera dar
tiempo a Diana de contestar afirmativamente.--Mam nos ha pedido hoy
que la ayudemos en ciertos arreglos de la casa que tienen que estar
concluidos antes de nuestra partida, y no quisiera substraerme a este
pequeo trabajo bajo pretexto de pasear. A la noche nos veremos en el
Casino; hasta la vista! divertirse mucho.

Y llevndose consigo rpidamente a Diana, dej al joven en las garras de
Alicia que quera absolutamente que la acompaase hasta su casa.

Mientras se alejaban las dos jvenes, Diana, contrariada por haber
perdido aquel paseo, dijo a su prima:

--Por qu has rehusado la partida en bicicleta? Ta se habra pasado
muy bien sin nosotras esta tarde.

--No, Diana; es mejor que nos quedemos con mam. Y adems, no me gusta
mucho correr as por los caminos, solas con jvenes.

--Qu rgida eres! Pero si ahora es perfectamente admitido! Has hecho
mal en no ir a la granja Dutot; estoy cierta que Alicia va a
aprovecharse de tu ausencia para apoderarse de tu flirt. No le gusta que
sus amigas tengan ms xito que ella, y este verano, no hay duda, eres
t quien ha tenido ms xito. Martholl era el punto de mira de todas las
jvenes que han pasado la estacin aqu. Cada una de nosotras esperaba
conquistarlo, es tan chic! Realza el tener un flirt de esa calidad. No
s si es inteligente--aadi Diana, que no habiendo sido cortejada por
l, quera gratificarlo con algn defecto.--Es seguramente menos
entretenido que Platel. Huberto slo vale cuando se le mira... es intil
que alces los hombros, tiene algo as como la belleza del ganso, pero
la tiene, y superior, convengo en ello.

Diana estaba locuaz; continu hablando, en tanto que Mara Teresa la
segua en silencio.

--Te lo aseguro, querida, Alicia est furiosa; no puede negar que eres
t la elegida. Al principio, estbamos siempre todas juntas, no se saba
todava a cul de nosotras se dirigiran las asiduidades del seor
Martholl. Pero Alicia con su habitual modestia, creyendo siempre, cuando
hay un joven en nuestra sociedad, que lo seduce con su encanto, se haca
ilusiones y esperaba que se le declarase. Ahora ha comprendido que para
que Martholl se fije en su graciosa persona, tiene que trabajar mucho;
entonces, antes de su partida, va a jugar fuerte. Cuida tu grano,
querida!

--Qu expresiones tan extravagantes tienes, Diana! Alicia puede hacer
lo que quiera para seducir a Martholl sin que yo me preocupe...

--Sinceramente?... En todo caso, Alicia plantar algunos jalones para
que vaya al _five o'clock_ y a los bailes de su madre. Es una buena
figura la de Huberto; deben disputrselo para adornar los salones.
Alicia no va a dejar escapar la ocasin de mostrar a sus amigas en este
invierno, el ms hermoso ejemplar de los nuevos flirts que han aparecido
en este verano. Digo esto, pues en mi concepto, sabes, se contentar con
el flirt. Huberto Martholl no me hace el efecto de un seor decidido a
casarse con una joven sin fortuna, y dudo mucho que las de Blandieres
tengan ni sombra de dote. La seora de Blandieres lleva gran tren, es
cierto; pero todo se va en cebos. Martholl se mantiene en guardia; por
eso Juana y Alicia lo han dejado fro. Es una mariposa que elige las
flores doradas; cuando, adems, son frescas y lindas como mi querida
primita, no vacila, se posa.

Las dos jvenes haban llegado cerca de la casa. Diana, satisfecha de la
pequea malignidad que haba insinuado a su prima, se puso a correr,
bajo pretexto de que llegaban tarde para almorzar.

Mara Teresa, muy ofuscada por las palabras de Diana, se qued atrs,
queriendo disimular la pena que tan prfida insinuacin le haba
causado. No era la primera vez que la joven se aperciba de la envidia
de su prima y de su solicitud en decirle cosas desagradables bajo el
falso aspecto de cordialidad. Pero como Diana, aunque algo mayor que
ella, haba sido su compaera de infancia, no le guardaba rencor por su
falta de corazn, y atribua sus saetazos a una necesidad de irona
natural en su carcter.

Sin embargo, hoy Diana acababa de herir un punto sensible. Por qu le
haba dicho todo aquello? Mara Teresa, humildemente, se interrogaba:
acaso no poda ser amada por ella misma? Verdad era que un gran nmero
de sus amigas, tan lindas como ella, ciertamente, no se casaban por
falta de dote suficiente. Y si Diana deca lo cierto, si la razn que
decida a Huberto a preferirla a las otras se apoyaba en tal motivo?...
Sinti en su corazn una emocin angustiosa. Pero no, Diana se
equivocaba; Huberto, desde la noche que les fue presentado en el Casino,
pareci conquistado; Mara Teresa recordaba que la haba mirado con
insistencia e invitado para todos los valses. No poda conocer ya la
cifra de su dote... quin lo habra informado? Por qu entonces
suponer que su admiracin se fundaba en clculos interesados? Por qu
no creer ms bien que Diana inventaba una perversidad para amargarle el
placer de haber gustado a Huberto? Cuando eran pequeas, la envidia de
su prima se revelaba a propsito de Juan, a quien no poda perdonar que
no fuera para ella tambin un complaciente esclavo. Juan se someta
nicamente a las arbitrariedades de Mara Teresa. Toda la animosidad de
Diana hacia el joven databa de aquellos lejanos aos de la infancia;
esto Mara Teresa lo saba bien.

S, s, slo la envidia impulsaba a Diana, la envidia! Esto explicaba
las palabras que haba pronunciado y la causa de su veneno. Diana quera
hacerle creer que la preferencia marcada de Huberto, la dejaba
profundamente indiferente. En realidad, senta despecho... Cunta
mezquindad en esta manera de proceder! Y decir que Diana, su prima, su
amiga, no vacilaba en ser cruel con ella!...

Mara Teresa era bondadosa; despus de haber juzgado la accin de su
prima, le busc circunstancias atenuantes. Espiritual, alegre, con un
rostro de facciones regulares, Diana careca de ese encanto femenino que
poseen a veces las ms feas; su talle era poco esbelto, su cabellera
pobre y su tez sin frescura. La atendan de buena gana, pero si sus
amigas se ponan a su lado, no la miraban ms. De ah que Mara Teresa
encontrase plenamente excusable el descontento de aquella alma poco
dispuesta a regocijarse del xito de sus compaeras. Confortada por
estas reflexiones, la joven consider que era una tontera atribuir
importancia a las invenciones que germinaban en el cerebro ligero de
Diana. Alarmarse por una frase inspirada por la malignidad, le pareci
puerilidad, y como sonase la campana para el almuerzo, se reuni a su
familia en el comedor, sintindose completamente repuesta de su corta
pero fuerte emocin.

Hacia las cuatro, terminados los arreglos, las dos jvenes bajaron al
jardn y se instalaron en la terraza. Las dos se sentan incmodas.
Mara Teresa demostraba, a pesar suyo, alguna frialdad, y Diana
fastidiada por este silencio, no se atreva a iniciar el nico motivo de
conversacin que la interesaba.

La campana de jardn anunci una visita; Diana se levant, curiosa, y
volvi precipitadamente hacia su prima.

--Ah, esto es demasiado! Adivina quin est ah! Martholl mismo! Ha
dejado a Alicia y renunciado a su bicicleta!

Mara Teresa disimul la satisfaccin de vanidad que le procuraba aquel
pequeo triunfo, y como el joven se acercase a ella, le dijo
simplemente, tendindole la mano:

--Qu feliz idea de venir a vernos! Mi madre tendr un gran placer...

Diana, por el contrario, exclam aturdidamente:

--Y bien! y la bicicleta? Yo lo crea a usted en la granja, Dutot,
prisionero de Alicia. Ha sido abandonado el paseo?

--Puesto que usted es tan amable que quiere interesarse por mis
acciones, seorita, voy a confesarlo todo. Creo que las seoritas de
Blandieres, los d'Ornay y sus amigos han pasado la tarde bajo los
manzanos; pero, en verdad, no s nada. Dir que me preocupo muy poco de
ello. La seorita Alicia ha querido obligarme a seguirla por entre el
polvo de los caminos; iba a resignarme, contando con la presencia de
ustedes. Cuando supe que ustedes no iran, sin vacilar falt a la cita.
Me imagino que nadie habr notado mi ausencia...

Diana lanz una ruidosa carcajada; se representaba el chasco de su amiga
esperando en vano, en su lindo traje de ciclista, la llegada del
caballero que haba elegido.

--Oh! puede usted estar seguro de que Alicia estar furiosa, si le ha
esperado; no se lo perdonar nunca.

--S, me perdonar, pues no hemos tenido siquiera un flirt; a su
alrededor hay siempre ms de un comparsa perfectamente dispuesto a
desempear el primer papel. Sin embargo, si me guardase rencor, no
ocultar que no sentira ningn pesar; la seorita Alicia de Blandieres
me es completamente indiferente.

Mara Teresa cambi el curso de la conversacin.

--Voy a prevenir a mam que usted est aqu.

Mientras la joven se alejaba, Diana interrog coquetamente a Huberto.

--Supongo que el sentimiento de indiferencia de que usted hablaba hace
un momento, no se extiende a todas las jvenes que ha conocido en esta
estacin y si as fuera, tanto mejor para usted; no llevar ningn pesar
en su equipaje.

--Quiero creer, seorita, que su deseo de conocer mis sentimientos, es
una prueba de simpata. En efecto, mi indiferencia no se extiende, por
el contrario, se detiene, y se transforma en un inters muy vivo cuando
se trata de usted o de su prima. Guardar un recuerdo precioso de mi
permanencia entre ustedes, y esto me hace deplorar, se lo aseguro, la
necesidad que tengo de dejarlas. Voy ahora a confiarle mi deseo. Espero
que la seora de Chanzelles y su mam de usted, querrn permitirme que
me presente en sus casas a mi regreso a Pars. El pesar que llevo por mi
partida, sera demasiado cruel si no me acompaase la esperanza de
volver a verlas pronto.

Diana se sonrea todava de esta galante declaracin, cuando la seora
Aubry de Chanzelles apareci en la terraza con su hija.

--Es usted muy amable en venir a vernos--dijo, tendiendo la mano al
joven.

--Ah, seora! desgraciadamente, es mi despedida lo que traigo hoy.
Vengo a manifestarles mi gran satisfaccin por haberles sido presentado
y agradecerles su amable acogida.

--Usted se marcha entonces?

--Pasado maana, seora. He recibido de mi madre varias cartas muy
apremiantes; yo me haca un poco el sordo, lo confieso. Pero esta vez
tengo que hacer caso, porque la Condesa Husson misma, me pide que no
demore ms. Los Husson son buenos y antiguos amigos de mi familia. Se
caza en su propiedad de Valremont; no tiene hijos y me considera como si
yo lo fuera. Soy yo quien se ocupa all de organizar la cacera. Estoy,
pues, absolutamente forzado a abandonar a Etretat para preparar la
apertura de la caza.

--Veo que hay sobrado motivo para justificar su desercin. Lamento que
no se quede usted hasta el fin de la estacin. Los ltimos das son, a
mi juicio, los ms agradables. Cuando el movimiento social se ha
calmado, vuelvo a encontrar al Etretat de antes, el de la poca lejana
en que yo vena aqu siendo joven. Qu diferencia! La playa estaba
tranquila y solitaria; no se encontraba en ella ms que pescadores, lo
cual no exiga el despliegue de toilettes que vemos hoy. Adems, se
gozaba un poco del jardn propio y no se iba continuamente fuera de
casa, renunciando al reposo para entregarse a toda clase de sports.

--No hay que hablar mal de los sports, seora; con ellos cuentan los
sabios humanitarios para mejorar la raza. Nuestros vecinos los ingleses,
no se han regenerado sino por la prctica constante de los ejercicios
fsicos. En el siglo ltimo era un pueblo anmico; hoy figura entre los
primeros, desde el punto de vista de la energa y de la resistencia;
estamos muy lejos de igualarlos nosotros los franceses, sedentarios o
burcratas, que hemos empezado recientemente a comprender el lugar que
debe ocupar la gimnstica en la educacin.

--Tiene usted razn, los sports son excelentes para la juventud. Saba
que usted era un fantico por ellos y que los practica todos con xito.

--Eso es exagerado; pero, en efecto, les consagro una gran parte de mi
tiempo.

--Es posible que los burcratas, a quienes usted reprocha el no
dedicarse a esos placeres, segn usted higinicos, no tienen tan mala
voluntad como usted cree. Algunas veces, le aseguro, no pedirn sino ser
menos sedentarios, pero no pueden hacerlo. Estn obligados a trabajar
para ganarse la vida y la de sus familias. Usted mismo, por ejemplo,
no descuida acaso otros trabajos ms serios, por cultivar sus gustos
sportivos?

--Ah! yo tengo tiempo; muchas veces no s en qu ocuparlo. Mi madre
tiene tantas relaciones, que yo encontrara fcilmente una ocupacin si
lo desease. En el da estoy apasionado del automovilismo. He encargado
una mquina pequea, prctica y elegante, que me ser entregada en la
primavera prxima, y si usted me permite hacerle los honores, sera muy
dichoso, seora.

--Le agradezco su ofrecimiento; mi sobrina y mi hija se dedican mucho a
estas novedades; la traccin elctrica, el vapor y el petrleo, son
cosas que, en breve, no tendrn secretos para ellas.

--Es necesario, ta. Seramos muy antiguas si ignorsemos eso.

--Entonces, yo lo ser siempre, hija ma.

Huberto se haba levantado para despedirse.

--Seor, en Pars, yo permanezco en mi casa los mircoles, de cuatro a
siete. Espero que usted nos demostrar su amistad yendo a vernos de
tiempo en tiempo.

Martholl agradeci y se retir, acompaado de las dos jvenes que, en
Etretat, haban tomado la costumbre de conducir a los visitantes hasta
la puerta del parque.

En el jardn, Diana volvi a dar bromas a Huberto sobre su desercin:
Alicia de Blandieres le hara pagar caro semejante proceder. La seorita
de Gardanne prevea complacientemente todo el trabajo que tendra en
hacerse perdonar por su amiga cuando Huberto la encontrase en
sociedad.

l escuchaba vagamente, responda apenas y miraba a Mara Teresa, que
caminaba con paso rtmico, levantando con mano flexible su vestido de
lana gris plido. Este gesto inconsciente modelaba su cuerpo de lneas
perfectas, de una gracia exquisita en su esbeltez.

En sus cabellos dorados y ondeados, jugaba la luz. Con la cabeza
ligeramente inclinada hacia el suelo y los ojos entornados, como si
quisieran guardar su secreto entre sus largas pestaas, la nariz fina y
vibrante, la boca de labios rojos algo gruesos y bien dibujados, la
barba fina, el cutis transparente, ofreca, destacndose sobre aquel
fondo de verde otoal, un maravilloso espectculo de belleza.

Huberto, para verla caminar ms tiempo as, silenciosa y preocupada, a
dos pasos de l, habra querido que Diana fuese ms habladora, y la
alameda infinitamente ms larga. Era un dilettante en materia de vivir.
Se felicitaba de haber presentido una perfeccin en Mara Teresa, y
una fuerza creciente lo atraa hacia ella.

El espritu hastiado de Martholl por la vida fcil que haba llevado
siempre, encontraba un encanto nuevo en el estudio de aquella alma pura
y sana de la joven. Hasta entonces no haba pedido al amor ms que una
embriaguez ligera y un sueo dulce. Jams esta pasajera impresin haba
dejado en su cerebro y en su corazn otra huella que el recuerdo de un
placer momentneo. En la ternura formada por sacrificios, abnegacin,
consagracin, en el amor serio, en fin, l no crea. Y, sin embargo,
todos los sentimientos que en otro tiempo habra calificado
implacablemente de sensiblera, hacan presa en l ahora. Encontraba
exquisito el piar de los pjaros; el rumor de las hojas estremecidas
llevaba a sus odos melodas desconocidas; la Naturaleza se le revelaba
hermosa y fascinadora, y en su espritu asociaba la belleza de Mara
Teresa a aquel culto algo pagano que lo impulsaba a desear arrodillarse
y adorar a Dios en los seres y en las cosas.

Pero llegaban a la verja. Como nunca la emocin haca descuidar a
Huberto sus actitudes, tom una despus de otra las manos de las dos
primas, las bes con respeto, y silencioso y correcto, franque la
puerta y se alej.

--Buen viaje, seor Posturas!--murmur Diana cuando estuvo algo
distante.

Luego, bruscamente:

--Me adelanto, Mara Teresa, porque tengo que probarme un vestido antes
de comer. Hasta luego.

Y ech a correr, cortando el camino a travs de los cspedes.

Cuando Mara Teresa estuvo sola bajo los rboles de la avenida, pens
que un adis definitivo le haba causado a ella tambin alguna pena. Se
sinti turbada y un poco triste al considerar que los das felices de
aquella estacin tan alegre, pertenecan ya al pasado.

Suba la avenida del parque lentamente, abstrada, cuando sinti caminar
a alguien detrs de ella. Maquinalmente se dio vuelta y no pudo reprimir
una exclamacin de sorpresa al apercibir a Huberto.

--Usted?

--S, todava yo. Perdneme esta indiscrecin; pero he visto desde el
camino a la seorita Diana que desapareca tras de los pinos, y no he
podido resistir el deseo de verla a usted una vez ms, de encontrarme
a solas un instante con usted, para darle un adis menos trivial...

--El primero lo era entonces?

--En la forma, si no en el fondo... Siento tanto marcharme!

--Tanto?

--Mucho ms de lo que pudiera expresar. En usted, seorita, he
encontrado el ideal de la mujer soada por todo hombre deseoso de ver
reunidos el encanto, la inteligencia, la belleza y la elegancia. Usted
es la ms seductora, la ms...

--Basta, por favor! no prosiga en su enumeracin... Vea que me ro para
no mostrar mi confusin, mi...

--Su?... concluya, se lo suplico! Su turbacin es tan deliciosa!...
Si usted supiera hasta qu punto me hace feliz ese rubor, esa risa que
quiere disimular una emocin tal vez ms fuerte y ms sincera...

--No vaya usted a creer... he querido decir que lamento...

--Mi partida? Dios mo! eso podra usted decirlo a Platel, a d'Ornay;
no hay ah motivo para ruborizarse; pero yo estoy triste, profundamente
triste al separarme de usted.

--Ninguna partida es alegre; a m me habra gustado que usted se quedase
todava...

--Cierto? Por qu no retenerme entonces?

--Usted se hace un poco exigente respecto a demostraciones amistosas.

--S, mis exigencias son terribles. Me permite usted decrselas, puesto
que parece no querer adivinarlas?

Pero la leal sonrisa que resplandeca en el rostro de Mara Teresa
desapareci, y con expresin grave, dijo:

--Seor Martholl, cuidado! No se apresure a manifestar sentimientos
demasiado... vivos. La gran intimidad en que acabamos de vivir todos,
podra engaarlo sobre la naturaleza de la simpata que usted me inspira
o que yo le inspiro a usted.

--Por qu dice usted eso?

--Porque me temo que usted da demasiada importancia a una atraccin, muy
real, sin duda, pero cuyas bases son todava demasiado frgiles para
implicar un sentimiento serio.

--Es usted exageradamente juiciosa... Spalo, seorita: yo no tengo ms
que un deseo, ahora que tengo que dejarla: el de volverla a encontrar. Y
no solamente para continuar una relacin agradable, sino porque la
adoro. No se retire, Mara Teresa, se lo ruego!... S, yo la amo a
usted, y mi ms ardiente deseo es el de obtener su mano...

--Por favor, no me diga usted ms nada; en Pars lo escuchar... Quin
sabe tambin si el paseo que va usted a hacer a Valremont no modificar
sus ideas!

--Qu fra est usted y qu suspicaz! Los sentimientos que abrigo para
usted despus que la he visto...

--S, s, conozco esas lindas frases; por muy sinceras que sean, hgame
gracia de ellas, se lo ruego. No es la hora ni el sitio de
decrmelas--se apresur a aadir la joven, molestada por la actitud
apremiante de Huberto.

--Entonces, tengo que esperar para conocer mi suerte?--interrog l
tomando la mano de Mara Teresa entre las suyas. Reconozca que es un
poco duro! Puedo, a lo menos, ir a visitarla en cuanto est en Pars,
en los ltimos das de noviembre?

--Venga usted, mam lo ha autorizado.

--Si yo pudiera creer que al otorgarme este favor, usted se muestra
bien dispuesta a acceder a mi peticin!--murmur Huberto apoyando sus
labios sobre la fina mano que la joven le tenda para darle un adis
definitivo.

Mara Teresa, sin responder, desprendi su mano prisionera, y,
sonriendo, pas su brazo bajo el del joven y lo condujo suavemente hacia
la puerta del jardn, dicindole:

--Esta vez, usted lo ha merecido, lo echo de mi casa, pisoteando los
deberes ms elementales de la hospitalidad. Pero es en inters de su
estmago. Es tarde y no quiero privarlo de comer, a pesar del gran
placer que tengo en orlo... Adis!

--No! diga usted: hasta la vista y hasta muy pronto; si no, no me
voy... estoy decidido, y la noche me encontrar de centinela delante de
su puerta...

La joven se sonri, y conciliante:

--Hasta muy pronto, pues--dijo.

Estas simples palabras fueron pronunciadas en una inflexin de voz tan
suave, que llenaron de esperanza a Huberto. Se alej bruscamente, no
queriendo comprometer la dulzura de aquel adis.

Mara Teresa, apoyada contra uno de los pilares de piedra de la verja,
sigui con la vista al joven que se alejaba.

Largo tiempo lo vio sobre el camino desierto. Experimentaba una dulce
emocin. Esta sensacin era causada por el que caminaba all, o por
el encanto sugestivo del crepsculo? Una gran calma reinaba a su
alrededor; en el horizonte el mar pareca adormecerse.

Huberto mir varias veces hacia atrs, como atrado por el fluido de las
miradas de Mara Teresa; despus, su silueta se desvaneci, lejana,
entre el polvo del camino y los ltimos reflejos de una aglomeracin de
nubes blancas.

Cuando el joven hubo desaparecido, Mara Teresa cerr los ojos un
instante. No lo vea ya, pero conservaba su imagen. El placer que senta
por la declaracin oda, se avivaba por el hecho de que quien la haba
pronunciado posea una sonrisa seductora y unos ojos persuasivos. Volvi
a ver tambin, oprimiendo su mano, una mano larga y blanca adornada con
un curioso anillo antiguo.

--Me gusta!--murmur.




IX


Poco a poco todos abandonaban a Etretat. En el Casino, en la playa, no
se vea sino alguno que otro baista. Una vida tranquila, retirada, en
el interior de las villas, reemplazaba al movimiento y a la animacin
que haba reinado durante la estacin.

La seora Aubry gustaba mucho del encanto del otoo; disfrutaba
entonces, durante algunas semanas, de un verdadero reposo, por lo cual
demoraba su regreso hasta los primeros das de noviembre. Esta decisin
no era recibida de igual manera por las dos primas. Desde que no se vea
rodeada de una sociedad dispuesta a divertirse y ocupada exclusivamente
en crear distracciones nuevas, Diana se aburra espantosamente. Apurada
por volver a Pars, a sus visitas y a sus correras por las tiendas, se
quejaba de la humedad de la atmsfera, de la tristeza del paisaje, de la
soledad, pues las villas se cerraban una a una y la nica distraccin
mundana consista, durante el mes de octubre, en concurrir a la estacin
del ferrocarril, a despedir a los que se marchaban.

Mara Teresa, por lo contrario, gozaba ante aquella playa desierta y le
encontraba encantos no sospechados.

Despus de la partida de la muchedumbre abigarrada y tumultuosa de los
baistas, le pareca que la Naturaleza cambiaba de aspecto. Para
recibir a los huspedes fugaces, para no espantar los ojos de los
ciudadanos, ms habituados a las decoraciones teatrales, pareca que a
su real magnificencia, esta Naturaleza consenta en mostrarse ms vulgar
y menos salvaje. Deba ser una concesin hecha a estos profanos, venidos
de las ciudades para pasmarse de admiracin ante ella, durante dos
meses, y que, transcurrido este tiempo, se apresuraban a huir y
olvidarla.

El mar tambin se presentaba de otra manera a la vista de la joven, ms
grandioso y ms trgico, batiendo incesantemente las costas abruptas.

Era este paisaje el mismo que haban contemplado los concurrentes al
Casino? Ahora flotaban sobre l vaporosos velos de brumas, y aquella
tierra normanda color verde de esmeralda plida, sin horizontes,
humedecida por la niebla, pareca salida, como en las primeras edades
del mundo, de las ondas y del caos. Mara Teresa, que conoca todos sus
rincones, procuraba a su imaginacin el placer de evocar regiones
desconocidas en los mismos sitios donde existan granjas, villas y
aldeas.

Era sobre todo en los das en que el cielo estaba ms brumoso y causaba
ms ilusiones, cuando Mara Teresa prefera pasear a travs de los
campos. Seguida de Flog, su perro de pelo rojizo, vagaba al gusto de su
fantasa por los senderos que serpenteaban entre los matorrales.

De tiempo en tiempo, desatenda la Naturaleza para pensar en Huberto. Lo
vea bajo la alameda, besndole las manos. Era, pues, cierto! La
amaba! Nadie hasta entonces le haba hablado as. De aquella voz
musical, arrulladora, le venan las primeras palabras de amor que
hubiera odo. Por qu le haba gustado a l? Por qu ella, ms bien
que alguna de las otras? La encontraba, pues, ms seductora, ms
amable, ms inteligente que las dems jvenes que conoca? La haba
elegido entre sus amigas, tan hermosas... Jams se le ocurri que
pudiera ser la preferida. Y, sin embargo, Huberto no esperaba sino una
palabra suya para pedir su mano. De lejos, se le representaba ms
seductor. Recordaba sus actitudes elegantes, su rostro distinguido
cortado por un bigote dorado. La idea de que fuera un espritu
superficial, no inquietaba a la joven, tanto la haba conquistado su
flirt galante, cuyo recuerdo exageraba, y a veces se sorprenda contando
los das que la separaban del mircoles en que lo volvera a ver.

Cunto lugar ocupaba en su vida, aquel desconocido de ayer! Pensando
siempre en l, recordaba las reuniones, los bailes, los paseos, todas
las ocasiones que haba aprovechado, solcito, para acercarse a ella y
expresarle sus sentimientos.

Despus de agotar estos recuerdos, formaba proyectos para el porvenir;
pero, cuando imaginaba lo que sera su existencia si el destino los
una, no se representaba ms que fiestas, viajes, diversiones de todas
clases. Se le haca imposible evocar la imagen de una vida tranquila,
ntima, serena, en la calma del hogar, en compaa de aquel mundano tan
imperiosamente absorbido por la vida exterior.

No; no se vea con l, al lado del fuego, trabajando a la luz de la
lmpara, con nios jugando a su alrededor. Huberto no sera jams un
hombre de casa, capaz de comprender estos ntimos placeres. Y ella
habra deseado imitar a sus padres que eran tan felices en su
inalterable comunidad! El seor y la seora Aubry envejecan juntos, en
una ternura recproca que los aos no debilitaban.

Su ejemplo probaba a Mara Teresa que no se engaaba ambicionando los
goces de la familia. En la tarde de la vida, la felicidad consiste en
hallarse juntos; pero para disfrutar de la dulce paz del hogar, no hay
que abandonarlo por mucho tiempo, si no el encanto se rompe y la
felicidad vuela para no volver ms.

El alma fuerte y recta de Mara Teresa la haca prudente, aunque
estuviese bajo la influencia sugestiva de Huberto, y si
inconscientemente prolongaba el misterio de su decisin, era para
estudiar a aquel futuro novio y no exponerse a entregar a un ser indigno
la hermosa y noble ternura que los corazones apasionados transforman en
perdurable amor.

Tanto para dedicarse a estos pensamientos, Mara Teresa buscaba la
soledad, cuanto para huir de su prima, cuyas observaciones la
horripilaban, porque acentuaban el lado snob que lamentaba encontrar en
Huberto.

Un da que la joven volva de un largo paseo, encontr a Diana leyendo
en el saln, recostada sobre un divn. Esta al ver entrar a su prima la
recibi con una risa burlona.

--Es posible ponerse en ese estado! Pero si ests cubierta de barro!
Dime qu extrao placer encuentras en caminar durante horas enteras
sobre la tierra mojada? Dirs lo que quieras--continu, despus de un
bostezo prolongado,--el campo es inspido en esta poca, y es necesario,
para complacerse en l, tener gustos muy extravagantes o... estar
enamorada! Felizmente, mi ta acaba de darme una buena noticia; nos
vamos despus del da de Todos los Santos, es decir el martes. Ya era
tiempo! Se me figuraba ser uno de esos vestidos apolillados que se
olvidan en los armarios.

--Me gustan tus comparaciones--dijo Mara Teresa mirando humear sus
botines hmedos ante el fuego de la chimenea;--no son vulgares.

--Escucha--exclam Diana que ya segua otra idea,--vamos a estar bien
ridculas al llegar a Pars: sombreros de paja en pleno noviembre...

--Bah! los reporters de la moda no hacen guardia alrededor de las
estaciones como en el Club Hpico.

--Me inquieta un poco el trayecto de la estacin a casa, pero no tengo
otra cosa que ponerme, y se necesitan varios das para enterarse de lo
que se usa y otros tantos para elegir entre las creaciones nuevas.

--Puedes estar tranquila! no quedars deshonrada porque te vean con una
toilette que no es de otoo.

--Depende de la persona que encuentre. No quisiera que fuera Martholl,
por ejemplo.

--Por qu eso?

--Porque constituye, para m, el rbitro de la elegancia. Es curioso
cmo entiende de toilettes femeninas. No has notado que nos mira
siempre de pies a cabeza como si fuera un juez en un concurso de
belleza? As es que halaga cuando pronuncia flemticamente Tiene usted
un lindo vestido o Ese sombrero es maravilloso. A m me ha otorgado
algunos elogios, en este verano pues bien! qued tan orgullosa de ellos
como el da en que gan un conejo, tirando al blanco en la feria de
Neuilly, despus de haber agujereado seis veces el centro.

--Sin duda, Martholl se alegrara mucho de orte a juzgar por el efecto
que te producen sus elogios; ese joven debe poseer el alma de un gran
modisto.

--Es con intencin de despreciarlo como hablas as? Hay irona en tus
palabras...

Mara Teresa no se dign contestar; Diana call un instante y repuso,
mirando socarronamente a su prima:

--Quieres que te diga una cosa? T eres muy reservada; no quieres
hacerme confidencias; disimulas tu juego. Vamos a ver, confiesa de una
vez que te ha hecho la corte.

--Si te has apercibido, es intil preguntrmelo.

--Me gustara saber en qu punto est ese flirt trascendental, y si
Huberto te agrada.

--Ciertamente que me agrada; pero no lo conozco bastante para tener un
sentimiento definitivo hacia l.

--Esperas, para decidirte, verlo en Pars en traje de ciudad? Temes
otra desilusin como la que tuvimos el ao pasado, al encontrar de
levita y sombrero alto, a aquel Marcelo Mingot que nos haba parecido
tan bien aqu, con su gran fieltro gris y su elegante traje de ciclista?

--No, no! sobre este punto estoy tranquila; de cualquier manera que
Martholl est vestido, ha de ser siempre con el esmero que le vale
tantas admiradoras. Quisiera solamente, para tomar mi resolucin, ver a
Martholl con ms frecuencia, para conocerlo mejor.

--Sabes una cosa? Pues bien, me ha sorprendido que se entusiasmara
tanto contigo!

--Eres muy amable; tu cumplido me conmueve.

--Antes de sublevarte, espera que me explique: Te concedo que tienes
todo lo que se precisa, y ms de lo que se precisa, para gustar a los
ms difciles, puesto que eres rica y linda.

--Rica sobre todo no es verdad?... Gracias decididamente ests
dispuesta a hacerme justicia!

--Solamente que--continu Diana imperturbable,--moralmente, no eres la
mujer que le conviene; t no eres bastante fastuosa ni aficionada al
gran mundo. Seguramente, se creera que ests en l, pero, yo te
conozco, s que con frecuencia te sales de l porque no te diviertes.

--Entonces?

--Entonces, creo que hay incompatibilidad de caracteres entre ustedes.

--Antes de buscarnos motivos de ruptura, sera prudente esperar a que
Martholl pidiera mi mano!

--Si no la ha pedido todava, la pedir, puedes estar segura, y no veo
qu razn te hara rechazar a un novio tan extraordinariamente chic.
Anda, no lo dudes, hay muchas probabilidades de que pronto seas la
seora de Martholl. T no quieres aparecer como aceptndolo muy
ligeramente; pero eso es una tctica.

--Oh, Diana!--protest Mara Teresa;--por qu no has de creer en lo
que yo te digo?

--Pero si t no me dices nada!

--Por qu he de decirte que amo a Huberto cuando todava no es verdad?

--Me gusta ese todava desprovisto de artificios; es revelador!...
Querida ma, querra que tomases una decisin. Te confesar,
francamente, que me alegrar de veros casados; primero, porque siendo t
mucho ms linda que yo, me perjudicas; despus, porque podramos salir
solas. Se acabaron las acompaantes! qu suerte! Sin contar con que
tu casamiento pondra en circulacin en nuestro mundo a algunos jvenes
ms; los amigos de tu marido seran mis amigos! Por qu no he de contar
con ellos?

--Esta vez, s, me explico tu deseo de verme encadenada; pero qu
importa, para tus proyectos, que sea a Martholl o a cualquier otro?

--Es que Huberto me place. Lo encuentro muy bien. Cuando vayamos juntas
al teatro me gustar tenerlo en el fondo del palco; los hombres como l,
hacen valer a las mujeres que acompaan. Es gentleman desde su peinado
hasta la forma de sus zapatos, y, al mismo tiempo, tiene una distincin,
una desenvoltura... Dios nos preserve del seor vulgar, del maniqu
siempre endomingado o de la cabeza de peluquera! Prefiero una cabeza
de turco!

--Adelante con las comparaciones!... Pero, estara yo fresca si tomase
tus ocurrencias a lo serio! Con tu mana por lo chic y el buen tono, te
olvidas de la ms noble aspiracin: la ternura del corazn que debe
identificar al hombre con la mujer. Las exigencias del mundo son muy
mezquinas comparadas con ese placer del alma. La intimidad sin amor, sin
un amor tan noble, tan dulce como el que une a mis padres qu sera
para m? Un martirio! Permteme, pues, que reflexione, antes de
arriesgar mi porvenir, para apresurar tu emancipacin y procurarte la
vanidad decorativa de lucir a mi marido en el fondo de tu palco. En
cambio, te prometo tenerte al corriente de mis decisiones, puesto que te
interesan tan directamente! Pero te pido, encarecidamente, que cuando
volvamos a Pars, no pregones a son de trompeta que soy novia de
Huberto, pues no lo soy an.

--No seas tonta; si algunas veces digo lo que me pasa por la cabeza, es
porque no tiene ninguna importancia.

--Es precisamente lo que te reprocho, querida ma. Si no atribuyes
ninguna importancia a lo que dices, no le sucede lo mismo a los
interesados.

--Si me reprendes, no dir una palabra ms!--dijo Diana recogiendo su
libro que se le haba cado al suelo.

Sin embargo, despus de un corto silencio, repuso, temiendo haber
contrariado a su prima:

--Cuando estemos en Pars quieres que salgamos juntas? Iremos a tomar
el lunch al Palacio de los Campos Elseos, y a probarnos sombreros, y a
ver los modelos del incomparable Doucet, quieres?

Pero Mara Teresa no la escuchaba ya. Sentada delante del fuego,
amodorrada por la fatiga y por el calor que le daba la chimenea, le
pareca or distintamente dos voces en su interior: la una acariciadora,
inspirada en las mismas ideas de Diana, que la incitaba a alegrarse de
la asiduidad de Huberto; la otra, evocando consideraciones de un orden
diferente, dominadora, imperiosa, le aconsejaba que esperase antes de
decidirse.

--Acaso conoca al que solicitaba unirse a ella? Cierto es que dos
meses de intimidad en el mar, ayudan a formar opinin sobre las
personas. No le haba faltado tiempo para conocer a Huberto como flirt;
saba a no dudar, que era un sportman perfecto, que su conversacin de
hombre de club distraa agradablemente a su auditorio, pero se daba
cuenta tambin que, moralmente, le era perfectamente desconocido. De
qu viva la inteligencia de aquel hombre? Cul poda ser la naturaleza
de sus aspiraciones, el valor de su conciencia, el objetivo de su vida?
Hacia qu ambiciones o ensueos diriga su voluntad?

Prevea su sufrimiento si descubra, demasiado tarde, que no se
entenderan nunca sobre ciertas cuestiones, y que las cosas que ella
consideraba ms importantes, que tocaban a su corazn, lo dejaban
indiferente, si no hostil.

Lejos de imitar a la mayor parte de las jvenes que no piden al ansiado
novio ms que fortuna o una posicin envidiable, ella se preocupaba
principalmente de las cualidades del alma del hombre a quien entregara
su vida. Presenta que el matrimonio es cosa grave y que no deben
ligarse ligeramente los nudos. Para tener la seguridad de conservar
siempre su mano en la de un compaero elegido, hay que saber, primero,
si esa mano es leal, si podr proteger, dirigir y amparar, en todas las
vicisitudes de la vida.

Educada por una madre inteligente y seria, que se haba dedicado a
desarrollar el corazn y el espritu de su hija, Mara Teresa haba
aprendido que a veces es peligroso juzgar a las personas por su exterior
ms o menos brillante; por lo cual deseaba, para apreciar la cultura
moral e intelectual de Martholl, que se presentasen otras circunstancias
distintas del perodo del flirt de los baos de mar. Su sensatez la
induca a escuchar la voz de la razn que le aconsejaba no precipitar su
eleccin, no apresurarse a contraer compromiso bajo la influencia de la
atraccin innegable que senta hacia aquel joven.




X


Los Aubry de Chanzelles haban regresado a Pars haca un mes. Ocupaban
un antiguo palacio de la calle Vaugirard. Las dimensiones de las piezas,
la altura de los techos, la tranquilidad del vasto patio, donde una
discreta hierba verdeaba el pavimento, y sobre todo, la fachada del Sur,
frente a los jardines del Luxemburgo, hacan atrayente esta mansin.

A pesar de toda la calma de Mara Teresa, el tiempo que medi entre el
da de llegada y el mircoles en que deba recibir a Martholl, le
pareci largo. Qu corazn de joven no se sentira turbado por la
esperanza del amor entrevisto?

Este primer da de recepcin, tan impacientemente esperado, lleg por
fin.

Hacia las tres, la joven, sola en el saln, gozaba anticipadamente del
placer que deba causarle la visita de Huberto. Cmo lo encontrara?
Siempre enamorado a pesar de las semanas de separacin? Y si no vena?
Esta ltima idea la tena ansiosa; consultaba la hora con inquietud.

Para disipar su enervamiento, se acerc a una ventana, levant la
cortina de antiguo guipur, y mir hacia el jardn que se extenda ante
ella.

En aquel da de sol de diciembre, nada haba revelado el invierno ni la
Naturaleza adormecida, tan verdes se conservaban la hierba y las
plantas, si los rboles no alzaran al cielo sus ramas despojadas, como
esqueletos descarnados. Una luz clara esparca sus rayos, y las avenidas
hormigueaban de nios alegres, primavera de carne en aquella estacin
atrasada. Las hojas secas cubran de manchas amarillas y oscuras la
arena de los caminos. Las nieras adornadas con cintas de mil colores,
llevaban bajo sus largas capas el dulce peso de los bebs, en tanto que
las siluetas plidas y quebradas de los viejos, paseaban sus cuerpos
fatigados al tenue ardor de aquel sol de diciembre. Era un cuadro
pintoresco que bien poda haber distrado el espritu de Mara Teresa
del pensamiento que la absorba; pero la contemplacin del Luxemburgo no
calmaba su impaciencia. Sus miradas seguan con frecuencia los coches
que surcaban la calle, y si alguno de ellos pareca querer detenerse
delante de la puerta de su casa, la joven senta latir su corazn un
poco ms ligero.

Un buen rato haca que estaba all cuando Diana entr silenciosamente en
el saln. Se aproxim a un espejo para contemplar el efecto de su
vestido de tela roja bordada, pas una mano ligera sobre sus negros
cabellos, y volvindose hacia su prima, que no la haba sentido:

--Y bien qu haces en ese puesto de viga?--le dijo.

Mara Teresa se estremeci como sorprendida en falta, pero reponindose:

--Hola! eres t, Diana?--respondi sin moverse de su
observatorio.--Entras como rayo de sol, sin hacer ruido...

--Y qu ves venir?

--Nada!

--Espas simplemente la llegada del que esperas.

Mara Teresa, un poco abochornada, se ruboriz. Entonces Diana se
aproxim a ella, pas un brazo alrededor de su cintura, y mir, a su
vez, hacia afuera.

--De qu lado debe venir el hermoso Martholl?

--Pero si es probable que no venga!--murmur Mara Teresa, descontenta
de haberse traicionado ella misma, por su impaciencia de ver a Huberto.

--Eh!--dijo Diana con incredulidad.--Que Martholl se olvide de venir,
he ah, estoy segura, una cosa que t no temes que suceda! Es fcil
prever que se har anunciar al sonar las cinco.

Mara Teresa recorra el saln simulando ocuparse en arreglar las cosas;
remova las flores en los jarrones, cambiaba de sitio los bibelots,
levantaba los almohadones de seda. Se aproximaba a la mesa de t, donde
el lunch estaba preparado, y exacerbada de ver a Diana inmvil en su
puesto de observacin, la llam:

--Ven a ayudarme un poco, en vez de escudriar la calle. Ha regresado
tu hermano?

--S, anteayer.

--Y est contento de su viaje a Austria? Parece que no tard en plantar
en el camino al estudioso Juan.

--Ha hecho una gran vida, y ha sido presentado a varios Archiduques.

Mara Teresa se sonri.

--Entonces estar maravillado de aquel pas.

--Perversa!

--No, de veras, me alegro que Bertrn se haya divertido tan fcilmente;
es de los que gozan con todas esas pequeas satisfacciones de vanidad...
Cunto los envidio!

--Que t puedas envidiar a alguien, por el momento, es algo que no se
explica!

--Por qu?

--Porque tienes en perspectiva todo lo que se puede ambicionar.

--Puede ser...--murmur Mara Teresa, distrada.

Su mirada erraba por el saln; de pronto, designando sobre una consola
Luis XV, un jarrn de cristal verde incrustado de oro, que sostena un
gran ramo de violetas de Parma, exclam:

--Mira qu linda copa!... Juan acaba de mandrmela de Bohemia.

--A propsito, qu se hace tu Juan? No lo veremos nunca?

--Est an en Alemania. Creo que le gusta aquel pas, porque no habla de
volver. Jaime fue a visitarlo, y nos escribe que lo encontr muy
atareado. Maana, Jaime estar aqu; si deseas otras noticias, l te las
dar ms frescas.

--Gracias; la salud de Juan no me inquieta; apostara que se nos va a
presentar con alguna Gretchen; hay que ser alemana para consentir en
llamarse seora Durand. Es como para afligir: seora Durand! mam
Durand!

--Todos los nombres pueden ser ridiculizados as... Entonces t, para
casarte, tendrs en cuenta el nombre que llevarn tus tarjetas?

--La verdad es que no me gustara dejar de ser Diana Gardanne para
convertirme en la seora Durand, la seora Dupont o la seora Boucher;
se me figura que tendra un aire de vulgaridad espantosa.

--Pues yo, cuando he soado en las cualidades que pudiera tener mi
marido, nunca he formulado el deseo de que est adornado con un nombre
decorativo. Ah viene mam!

--Buen da, ta!--exclam Diana.

--Buen da, querida ma--dijo la seora Aubry, besando a la
joven.--Ver hoy a tu madre?

--No, ta; mam est con jaqueca, como siempre; pero Bertrn vendr a
buscarme.

La puerta del saln se abri. Dos seoras ancianas, vestidas de negro,
entraron discretamente. Eran dos parientas de provincia, a quienes la
seora Aubry acogi con afectuosa amabilidad. Casi en seguida, el criado
introdujo a Huberto Martholl.

Diana se inclin hacia su prima, murmurando, con aire de triunfo:

--No te deca que vendra hoy?

Mara Teresa, un poco turbada, la escuch apenas. Segua con la mirada a
Martholl que, siempre elegante y correcto, se inclinaba profundamente
ante la seora Aubry. La joven se sorprendi de que no se precipitase
hacia ella, y al mismo tiempo comprenda que esta exigencia de su
emocin, era incompatible con las reglas del trato social. Qu extraa
naturaleza se descubra! Ella misma haba calmado el ardor de los
sentimientos de Huberto, un mes antes, y ahora habra querido que
manifestase su antiguo entusiasmo. Experimentaba una decepcin en vez de
una alegra, como si se desilusionara al verlo bajo aquel aspecto de
visitante correcto y dueo de s mismo.

Despus de algunos instantes, consagrados a la seora Aubry, Martholl
pas a saludar a Mara Teresa; sta, por un esfuerzo de voluntad,
recobr su calma habitual, y el apretn de manos que se dieron, fue
perfectamente trivial. Felizmente, Diana, viva y cordial, hizo
desaparecer pronto la turbacin que se haba producido entre ellos. Los
llev al saln chico, bajo pretexto de que la conversacin interminable
que la seora Aubry sostena con sus primas de provincia, la incomodaba;
instal a Huberto confortablemente, y exclam semiseria y semi-irnica:

--Y bien, querido amigo; denos usted pronto noticias de su corazn,
est en buen grado para nosotras?

--Ciertamente, ms que nunca; lo dudaban ustedes? Marca treinta grados
sobre cero.

--Mara Teresa, no; ella no dudaba; pero yo, dudaba!

--Diana!--exclam Mara Teresa, realmente ofendida por la ligereza de
su prima.

--Y bien, no es verdad, acaso?

Para desvanecer la animosidad que senta nacer entre las dos jvenes,
Martholl, con habilidad, se dirigi a Mara Teresa.

--No lamente lo que acaba de decir la seorita Diana, pues me ha hecho
muy feliz.

--Feliz?

--S, seorita; porque, sin ella, quiz no habra conocido la confianza
justificada que usted tiene en m. He credo que este mircoles no
llegara nunca. Positivamente, estos dos meses transcurridos, me han
parecido contener ms das que los otros. Saben ustedes que he
experimentado una verdadera sensacin de vaco despus de haberme
separado de ustedes dos? He tenido que violentarme para no volverme
atrs, y despus, slo con un valor heroico pude resistir al deseo de ir
a pasar dos das a Etretat. Pero me retenan en Valremont. Mis funciones
me hacan indispensable, me vigilaban, y no me fue posible tentar la
fuga.

--S, s, usted dice eso; pero estoy segura de que se ha divertido
mucho--repuso Diana.--Haba mujeres lindas entre las invitadas?

--Algunas. Y ustedes qu han hecho durante el fin de la estacin a la
orilla del mar? Aquello deba estar espantosamente triste, cerrado el
Casino, abandonada la playa! No conozco nada ms inspido que permanecer
en un centro social cuando ha llegado el momento de marcharse. En
octubre, no hay nada que hacer en el mar, es la estacin de la caza.

Mara Teresa levant sus lindos ojos, y dijo sorprendida:

--Es decir que usted no se habra encontrado bien en Etretat, por la
nica razn de que en esa poca del ao, no es de buen tono quedarse?
Exigen los ritos de la vida social que se tenga una invitacin para
algn castillo, precisamente en la poca de la caza?

Huberto adivin la irona en la sonrisa fina de su interlocutora; qued
dispensado de contestar, gracias a Diana, que exclamaba con vehemencia:

--Tiene razn l! Aquello era un horror! Cmo me he aburrido cuando
se fue todo el mundo! Vivamos como lobos; no se vea a nadie.

--Por eso mismo me agradaba Etretat--repuso Mara Teresa.--Me gusta la
soledad, la vida contemplativa. Qu descanso verse libre de los
indiferentes!

--Es por m por quien dice usted eso?--protest Huberto.

Mara Teresa se sonri con malicia.

--No; a usted lo habra soportado muy bien algunas horas por da. Lo que
me gusta despus de la estacin de los baos, es esa gran calma que
permite pensar, cosa que es imposible cuando uno va incesantemente de un
placer a otro.

Huberto comprendi que contrariaba a Mara Teresa no emitiendo opiniones
ms de acuerdo con las que ella acababa de manifestar; consider, pues,
prudente agregar:

--Es muy cierto que cuando uno est bien instalado en su casa, con
libros, el tiempo pasa ligero; adems, ustedes montaran a caballo, sin
duda...

--No. Como Jaime y Bertrn se hallaban en Alemania, no tenamos a nadie
que nos acompaase. Nos contentbamos con dar grandes paseos a pie, y
admirar las puestas de sol; eran magnficas, no es verdad, Diana?

--Confieso que no tengo el alma tan potica como t, querida ma, y que
soy menos sensible a las bellezas de la Naturaleza. Yo hubiese dado de
muy buena gana toda aquella belleza por una sola de nuestras buenas
reuniones del Casino.

Un movimiento se produjo en el saln. Las parientas de la seora Aubry
se retiraban, algo azoradas, por la llegada de algunas jvenes, cuyas
toilettes elegantes personificaban, a sus ojos de provincianas tmidas,
la temible insolencia del lujo parisiense.

Las recin llegadas, Mabel d'Ornay, la seora de Blandieres y sus
hijas, manifestaron gran regocijo al ver a Huberto.

--Qu feliz encuentro, seor Martholl!

--Justamente--dijo Alicia, cuya cara sonriente y rosada apareca entre
blondas,--justamente esta misma maana, yo le deca a mam, que formaba
su lista de invitados para nuestro t: no olvide al seor Martholl,
tengo un inters especial en que venga.

Huberto se inclin.

--Quedo muy agradecido a usted, por su amable recuerdo, seorita.

Alicia hablaba con extrema vivacidad, y el registro de su voz se
mantena en las notas agudas; continu:

--No me agradezca nada; mi invitacin es interesada. De todos mis
amigos, es usted quien baila mejor el boston; quiero dirigir el boston
con usted.

Y al hablar, pona en toda su personita una gracia risuea capaz de
seducir a los ms recalcitrantes, lo que no impidi que Martholl le
respondiese:

--Siento, seorita, tener que declinar el honor que usted me hace; pero
no podr quedarme hasta el cotilln; tengo la obligacin de ir a otra
tertulia.

--Oh, qu fastidio!--murmur ella contrariada.

Luego, recuperando su aplomo, y acompaando su frase con una alegre risa
comprometedora, aadi:

--Veremos; ya sabr yo retenerlo. Al fin de las tertulias es cuando uno
se divierte ms, y si en nuestra casa usted cosecha tesoros de alegra,
no permitir que vaya a gastarlos en otra parte, se lo prometo.

Huberto se content con decir:

--El hombre es dbil, y si usted emplea armas que no se puedan
resistir...

--A primera vista, esta joven de armas formidables, no presenta el
aspecto de una amazona mutilada--observ Diana, indicando con un gesto
el busto de Alicia, cuyas curvas se modelaban en una chaqueta de
breitschwantz.

--A propsito de amazona, no han ido ustedes al bosque, despus de su
regreso?

--No, Bertrn trabaja por la maana, y Jaime no llegar de Viena hasta
de aqu a unos das.

--Y yo que recorra la gran avenida todas las maanas, en busca de
ustedes!...--dijo Martholl.

--A qu hora va usted?

--Un poco tarde; no soy madrugador, a causa del Club. Se queda uno hasta
demasiado tarde. Hay gentes que no pueden decidirse a volver a su casa;
lo retienen a uno, y le impiden retirarse a hora razonable.

Mientras la juventud conversaba as, de una manera general, el criado
introduca sucesivamente a Max Platel y a Bertrn Gardanne. Cada uno de
los que entraba era recibido con exclamaciones alegres. Mara Teresa y
Diana pasaban y volvan a pasar entre todos, ofreciendo tazas de
chocolate, de t, y en platos de cristal tallado, muffins, pastas,
dulces, bombones, y, entretanto, las frases se cruzaban, los apartes se
deslizaban.

En cierto momento, con toda inocencia, Max Platel se aproxim a Huberto:

--La seorita Mara Teresa es una armona viva--dijo, mientras su mirada
la segua por el saln.

El joven literato tena razn. Desde su vestido color malva, hasta sus
cabellos de oro ceniciento, todo en la joven era delicado. El timbre de
su voz algo velada, acentuaba ms el encanto armonioso de su persona;
slo en sus movimientos, se adivinaba la superioridad de su naturaleza
fina.

En medio de todas aquellas jvenes engalanadas y hermosas, se destacaba
como una excepcin, tan marcada era la expresin indefinible y casi
sobrenatural que el vigor y la elevacin de sus pensamientos impriman a
su fisonoma. En ese da nada era ms misterioso ni ms melanclico que
su semblante.

Ausente, aunque presente, no escuchaba las frases que volaban en torno
suyo. Apenas si, de tiempo en tiempo, les prestaba alguna atencin.

Una voz son de pronto en una risa argentina:

--Cmo? Platel est aqu y todava no se le ha odo? es inverosmil!

--Mabel reclama su trovador--exclam Diana.

--Aqu est!--grit alegremente Platel, avanzando hacia el crculo
formado por las jvenes.

Se sent en un asiento bajo, casi a los pies de la seora d'Ornay, y
mir curiosamente a su alrededor; lo que, visto por la linda Mabel, la
hizo exclamar:

--Pone usted ojos de notario ejecutor, amigo mo! Qu quiere usted
inventariar?

El literato transport su mirada sobre la linda persona que cubierta de
terciopelo y azabache, se mova entre crujidos de seda.

--Excseme usted, querida amiga, estoy admirando. Es la primera vez que
tengo el honor de venir a casa de la seora de Chanzelles; me pongo,
pues, en contacto con lo que me rodea. Es una precaucin, para m,
indispensable; ciertos muebles me son tan antipticos, que no podra
verlos dos veces, y el ms insignificante bibelot me abre horizontes
sobre el gusto y la calidad del alma de sus poseedores.

--Y bien, est usted contento de m, volver a verlo?--pregunt la
seora Aubry, rindose del dicho del joven.

--S, seora--contest Platel, inclinndose,--estoy muy contento; hay en
sus salones, en su palacio, algo mejor que el lujo justificado por la
sensacin del arte; est el arte mismo. Pero nunca tem una desilusin;
antes de venir, saba lo que iba a ver: la seorita Mara Teresa no
puede sembrar sino belleza a su alrededor.

Hubo un murmullo de aprobacin.

Cada uno, animado por un bienestar evidente, revelaba su satisfaccin
sin dejar de interesarse por s mismo, y Mara Teresa continuaba
circulando en medio de esta discreta animacin, llevando de un grupo a
otro su sutil melancola y su soledad.

Hallndose en su casa, en medio de sus amigos, qu extrao malestar la
converta en indiferente hacia los que la rodeaban? Su conversacin y
charla vacas le eran dolorosas. Ciertas palabras, cazadas al vuelo,
resonaban en su corazn como golpes de martillo. Su primo Bertrn,
provocado por la seora de Blandieres, que diriga la conversacin, con
la autoridad que le daba su nombre, frecuentemente citado en los ecos
del gran mundo, refera su viaje a Austria, y la acogida que le haban
hecho en Viena en el mundo oficial, gracias a la recomendacin de su to
Aubry para el embajador de Francia, con quien tena relaciones
amistosas.

El joven, embriagado de grandeza, narraba sus xitos y la invitacin con
que haba sido honrado para asistir a una fiesta dada en el castillo de
Luxemburgo, residencia imperial.

Esta vida, apenas entrevista, una noche pasada entre magnates hngaros,
archiduquesas y algunos prncipes alemanes, haba trastornado la cabeza
a este hijo de ricos burgueses, que ahora senta un verdadero
sufrimiento al contemplar la simplicidad de sus relaciones. Muy
envanecido de haber respirado el aire de una sala de baile honrada con
la presencia de testas coronadas, deca:

--Solamente all puede uno comprender lo que es el mundo, porque uno se
encuentra en una sociedad exclusivamente compuesta de verdaderos grandes
seores.

Y haciendo un gesto de menosprecio con los labios, aadi:

--No es como en Francia, donde todas las clases estn espantosamente
mezcladas.

--Tiene usted razn, querido amigo--aprob Martholl;--esto ha concluido;
nunca ms nos veremos entre nosotros. Lo que se llama el gran mundo,
actualmente, es una aglomeracin singular de rasta cueros y de
advenedizos. Tenemos que hacer nuestro propio duelo; no hay sitio ms
que para los mercaderes enriquecidos. Antes, nadie era recibido en
ninguna parte si ejerca el comercio. Por desgracia, todo ha cambiado!
El dinero hace abrir de par en par las puertas de los ltimos rebeldes.
As es que no me sorprendera encontrar uno de estos das, en el gran
mundo, a mi zapatero, a mi sastre y hasta a nuestros proveedores de
caballos.

--No diga usted semejante cosa!--exclam con indignacin muy noble la
seora de Blandieres, protestando en nombre de todas las seoras que,
como ella, hacan profesin de tener saln abierto.

--Por eso--continu Martholl, con gran pesar de Bertrn, que deseaba
contar la historia de una cacera de ciervos, a que lo haba invitado un
archiduque,--por eso, en Francia, la fisonoma de los salones ha
cambiado prodigiosamente. No se podr citar uno solo donde no haya
mezcla; extranjeros en todas partes, negociantes que han hecho grandes
fortunas en productos alimenticios, farmacuticos, industriales ms o
menos bien educados, etc... Es triste, porque desaparece la tradicin de
la exquisita cortesa francesa que, en otro tiempo, nos sealaba a los
ojos de la Europa atenta y encantada. Se comprende: qu figura quieren
ustedes que haga toda esa gente salida, la mayor parte, de una
trastienda? No aportan a las reuniones sociales ms que un espritu
embotado por la preocupacin de los negocios, y no buscan, al frecuentar
los salones a la moda, sino un mercado donde aumentar sus relaciones.
Para escapar al contagio y permanecer entre la gente de su clase, les
aseguro, hay que violentarse! El saber conservar la compostura que
contiene a cierta gente propensa a la familiaridad, no es algo que
conocen todos.

--Lo creo!... Nada ms que de pensarlo, siento fro--suspir
irnicamente Platel.--Pobre Martholl! Lo compadezco y lo admiro, porque
supongo que a fuerza de labor usted ha adquirido esa compostura
necesaria, para interponer, entre usted y esos de quienes habla, una
barrera infranqueable!... Horrible labor, amigo mo!

Sonrisas discretas, protestas, exclamaciones, criticando o aprobando la
teora eminentemente aristocrtica de Martholl, surgieron de todos
lados; luego la conversacin recuper su curso tranquilo, en tanto que
Mara Teresa senta aumentar su malestar moral. Por qu Martholl senta
tales cosas? Cmo osaba decirlas? De qu muslo de Jpiter habra
salido su familia? Qu noble genealoga de hroes o hidalgos, protega
aquel nombre de Martholl?

El resto de la conversacin no fue escuchado por la joven. Un
pensamiento desolador absorba su espritu. Pero en breve fue despertada
por el alboroto de las despedidas. Promesas de volver a verse pronto,
apretones de manos, actitudes coquetas, graciosas muecas, sonrisas
afectuosas, todas estas manifestaciones vehementes parecan brotar de
los sentimientos ms sinceros.

Huberto aprovech el momento para acercarse a ella y murmurar:

--No he podido conversar con usted; cundo volver a verla? Puedo
venir antes del mircoles prximo?

Mara Teresa lo miraba. Qu elegante era, qu seductor! A pesar de la
intranquilidad de su corazn, hizo, sonriendo, un signo de cabeza
afirmativo, y le tendi la mano, la pequea mano fuerte y confiada que,
si l era digno, le entregara en breve, como esposa.

El saln, lleno de animacin y alegra algunos minutos antes, qued
solitario y silencioso. Solamente los perfumes que flotaban an en el
aire tibio, revelaban el paso de las lindas visitantes.

La seora Aubry, que se haba puesto a leer al lado del fuego, volviose
de pronto y vio a su hija sentada en un rincn, con aire pensativo.

--En qu piensas?--le pregunt.--No debes estar muy fatigada de tus
conversaciones durante la tarde; apenas si has hablado.

--Es cierto, mam, estoy preocupada.

--Hace algn tiempo que me apercibo de eso, hija ma--dijo la seora
Aubry con ternura.--No he querido preguntarte nada; esperaba tus
confidencias.

--T lees tan bien siempre lo que pasa en mi corazn, que muy pocas
cosas tengo que contarte, creo...

--Esas pocas cosas yo debo saberlas, sin embargo... Huberto Martholl te
gusta?

--Me gusta, madre querida...

--Y bien?

--Es que...

--Veamos, voy a ayudarte, querida ma; sabes si t le gustas a l?

--S... pero esta simpata que siento por l basta para que me case? No
s todava si lo amo; me halaga ver que se ocupa de m ms que de las
otras jvenes, y me agradan mucho las galanteras que me dice. Esto es
todo, por el momento.. Yo esperaba, al volverlo a ver, algo que no ha
sucedido... grandes impresiones que hubieran cimentado ms slidamente
nuestra atraccin recproca. Pero nada ha ocurrido, y he sentido una
gran desilusin, te lo confieso, querida mam.

--Entonces, reflexiona bien, hija ma. De la eleccin que hacemos,
depende la felicidad de nuestra vida. En una circunstancia tan grave, no
te dejes influenciar por ninguna consideracin ftil. El seor Martholl
parece una excelente persona, es de buena familia, rene todas las
condiciones deseables; comprendo, pues, que te guste, y si t te decides
en favor suyo, ninguna objecin tendremos que hacer, tu padre y yo;
nuestro nico pesar sera, sin embargo, que el seor Martholl
permaneciese desocupado.

--Tambin yo espero que no est resuelto a pasarse toda la vida sin
hacer nada! El Club tiene demasiada mala influencia sobre los hombres
para que yo me decida a tomar un marido que no tenga otro pasatiempo.

La puerta acababa de abrirse; el seor Aubry entr. Al ver a su mujer y
a su hija, una sonrisa ilumin su rostro. Mara Teresa se precipit
hacia l, y ponindole su frente a besar:

--Buenas tardes, pap--le dijo.

--Buenas tardes, querida; buenas tardes, amiga ma. Y bien! qu tal ha
estado el primer mircoles?

--Muy brillante... Hemos tenido la visita de Huberto Martholl.

--Ah, ah! ya? No pierde su tiempo se; sospecho que tiene sus
motivos... Se conserva siempre hermoso? T no dices nada, Mara
Teresa?

--S, querido pap! En efecto, encuentro muy bien a Huberto Martholl, y
no tengo razn?--interrog la joven con una linda sonrisa.

--Mi querida Mara Teresa, creo que no debemos ver las cosas del mismo
modo. Si algn da tengo necesidad de examinar a fondo la personalidad
del seor Martholl, no ser seguramente por ese lado por el que
mirar... Ah! preveo que esto suceder dentro de poco tiempo; est muy
apurado ese joven! Puede ser que tambin sea tu opinin, chicuela...
Qu debo contestarle? T me lo dirs no es cierto?

Hubo un silencio. El seor Aubry se recost en una poltrona; luego, al
cabo de algunos minutos, exclam, desperezndose:

--Hijas mas, estoy muy fatigado; he tenido hoy un trabajo considerable;
he hecho a la vez de patrn y de obrero. Este diablo de Juan,
demorndose en venir, me recarga la tarea. Es que l solo se ocupa de
todos los asuntos, y su ausencia prolongada empieza a molestarme.

--Y por qu no lo llamas, amigo mo? Haces mal en fatigarte de ese
modo.

--Querida mujer, por la sencilla razn de que Juan tiene que terminar un
buen trabajo en Alemania. Adems--aadi sonriendo el seor Aubry,--hago
cuestin de amor propio el pasarme sin sus servicios, de otra manera,
no sera confesar que ya no soy capaz de dirigir los asuntos?

--Nunca creeremos eso, Pablo--dijo cariosamente la seora Aubry,--pero
es posible que te hayas acostumbrado a trabajar menos, desde que sabes
que puedes confiar en Juan.

--No, no, ese muchacho es ms entendido que yo; el discpulo ha
sobrepasado al maestro; hoy, dirige todo, te lo aseguro; en estos
ltimos meses ha tenido una idea de fabricacin casi genial.

--Qu entusiasmo, pap querido!

--Digo la verdad; Juan es el alma de la fbrica, y me felicito de ello.

Haca algunos minutos que la seora Aubry miraba atentamente la cara de
su marido, en la que se revelaba una profunda tristeza.

--En fin--aconsej,--no te fatigues; te encuentro algo cansado desde
hace algunos das, sobre todo hoy...

--Bah, bah! esto no es nada, la comida me confortar; no vayas ahora a
ponerte cavilosa.

Diciendo estas palabras, el seor Aubry tom afectuosamente el brazo de
su mujer y la mano de su hija, como cuando era pequea, y agreg
alegremente:

--A la mesa, hijas mas!

Por la noche, cuando Mara Teresa se retir a su cuarto, se instal
cerca de la chimenea, con un libro; pero su espritu volaba lejos de lo
que trataba de leer. Pensaba en los incidentes de la tarde, en su
impaciencia, que no haba podido disimular, de volver a ver a Huberto, y
en el placer mezclado de angustia que haba experimentado al encontrarlo
siempre encantador, enamorado, amable, pero tan frvolo!... Por turno
se presentaron a su imaginacin las caras amigas de las Blandieres, de
Platel, de la seora d'Ornay. La de Bertrn Gardanne le trajo
bruscamente a la memoria las palabras de Huberto, dando razn al husped
de los archiduques. En el gran mundo no encontramos ya, haba dicho,
ms que advenedizos, gente enriquecida en el comercio y en la
industria.

Entonces Huberto no daba su estimacin a los que llegan a la fortuna
por la inteligencia y la labor?... Ella, que haba sido educada en el
culto del trabajo y de la energa individual, ella, que admiraba la obra
de su padre, se haba sentido ofendida por aquella disposicin de
espritu de Huberto. Por qu hablaba con tanto desprecio de cosas
respetables y nobles? Si la amaba, verdaderamente, deba haber
comprendido cunto esta manera de pensar lo alejaba de ella. Su padre
no era el tipo perfecto del caballero? Y la fortuna que haba ganado
no era ms honorable an por haber sido ganada en la industria con su
propio trabajo? Pero no, aqullas eran palabras al aire, de esas
palabras insignificantes de que estn sembradas las conversaciones
sociales.

--Es imposible--se repeta, queriendo convencerse a toda costa,--que un
ser inteligente como Huberto, no prefiera el hombre formado por su
propio mrito al intil, cuyo nico bagaje consiste en una lnea de
abuelos o bien de una serie de herencias sucesivas.

Luego, poco a poco, olvid este motivo de discordia y dej volar su
fantasa recordando las manifestaciones del amor que el joven pareca
sentir hacia ella.




XI


La seora de Blandieres era muy amiga de infancia de la seora Aubry.
Hurfana y sin fortuna, se haba casado muy joven con Hctor de
Blandieres, coronel retirado de caballera. Durante doce aos tuvo que
dedicar sus cuidados a su anciano marido y a sus dos hijas, llevando una
vida montona e incmoda, pues el coronel, a causa de la gota, que le
sobrevino con la edad, haba adquirido un carcter agrio y mostraba
gustos difciles.

La muerte de su marido la libr de tales incomodidades. Deseando huir de
un lugar donde tanto haba sufrido, abandon el castillo de Blandieres,
lo vendi, y fue a instalarse en Pars, con la firme intencin de
indemnizarse de los tristes aos que haba pasado. Arrend un hermoso
departamento en la calle General Foy, y terminado su perodo de luto, se
lanz al mundo con frenes.

Independiente, linda, rica y elegante, se vio en seguida bien estimada y
solicitada. Esta existencia de placeres la absorbi completamente.
Visitar mucho y recibir ms an, fue su nica ocupacin; senta por la
vida social, verdadero fervor.

Ocupada nicamente de los ritos, ceremonias y prescripciones que rigen
las obligaciones de una mujer que quiere brillar en la carrera difcil
de alternar en el gran mundo, disipaba su fortuna para alcanzar este
fin; pero la disipaba alegremente, y encontraba la recompensa de sus
esfuerzos en las crnicas de los diarios relatando sus paseos y sus
recepciones; las lneas de elogios de los ecos sociales la halagaban,
aunque, a menudo, era ella misma quien pagaba la insercin. Esta
consideracin, completamente secundaria para ella, no amenguaba su
satisfaccin.

La noche de la tertulia, anunciada algunas semanas antes en la casa de
la seora Aubry, los salones de la seora de Blandieres presentaban un
magnfico aspecto, y la alegra era ya grande cuando los Aubry llegaron.
La primera persona que Mara Teresa percibi, fue a Huberto, quien,
semioculto detrs de una tapicera de Beauvais, no quitaba los ojos de
la puerta de entrada. La joven se sinti lisonjeada al verse as
esperada.

Martholl avanz hacia ella en el momento en que, habindose quitado el
amplio abrigo de pieles, apareci, fresca y luminosa, con su vestido de
tul plido.

--Sera indiscreto si le rogase que me reservara todos los
valses?--pregunt l, ofrecindole el brazo.

--Sera algo ms que indiscreto, y yo no puedo autorizar semejante
monopolio--respondi sonriendo Mara Teresa.--Cree usted que no
encontrar tan buenos bailadores como usted entre todos esos jvenes?

--No es como bailador, por lo que yo pido la preferencia. Usted sabe
bien por qu espero bailar con usted sola esta noche...

Y mientras hablaba, con una presin suave de su brazo, sobre el cual se
apoyaba la mano de la joven, la atrajo hacia l. Mara Teresa, turbada,
trat de separarse un poco.

Huberto continu:

--Quiere usted que la lleve donde estn sus amigas? Hay all, al
extremo de los salones, un rincn florido en el que esas seoritas han
establecido su cuartel general. Estn hermossimas esta noche; Mabel
d'Ornay deslumbra; pero usted va a eclipsarlas; est usted maravillosa
con su toilette.

--Vaya--dijo Mara Teresa con coquetera,--no me haga tantos
cumplimientos al empezar la noche, no tendra nada que decirme a las dos
de la maana.

--Tiene usted muy pobre idea de mi imaginacin; le parece que tan
pronto quedar agotado? Adems, la admiracin que tengo por usted me
hace capaz de ejecutar variaciones sobre este tema durante interminables
das e interminables noches.

--El talento de Scheherazade sera escaso al lado del suyo, entonces?

--No, pero compadezco sinceramente a esa pobre persa que tuvo que hablar
durante tantas noches sin contar con los mismos motivos de inspiracin
que yo.

Hablando as, llegaron ante el grupo formado por las jvenes. Estas
hacan por disimular en sus labios una sonrisa burlona al ver avanzar a
Mara Teresa con Huberto.

--Qu suerte!--exclam Alicia con su voz aguda,--al fin llega! Querida
ma, si usted no hubiera venido, Martholl habra pasado la noche entre
las cortinas. Hace ms de una hora que se ocultaba bajo las mamparas,
acechando a los que llegaban, y como no la vea entrar a usted, empezaba
a poner una cara!...

--No es muy amable para nosotras semejante conducta!--protest Juana,
igualmente indignada de la defeccin de un compaero tan envidiable.

--El grupo encantador que ustedes formaban no estaba completo--explic
Huberto.--Yo esperaba a la seorita de Chanzelles para traerla con
ustedes.

--Por su buena intencin, yo lo perdono--dijo Diana pegando ligeramente
con el abanico en el hombro del joven.--Pero cuidado con hacerlo otra
vez! Seoritas, perdnenlo ustedes tambin; con Martholl nadie puede
enojarse en una noche de baile: la que l no invitase, quedara
demasiado castigada.

Y como el preludio de un vals se hiciera or, una por una las jvenes se
alejaron del brazo de sus respectivos compaeros. Mara Teresa y Huberto
no tardaron en quedar solos.

--Al fin!--dijo el joven,--al fin ha llegado el momento que yo esperaba
con tanta impaciencia. Tengo tantas cosas que decirle! No quiere usted
escucharme? No me mire con ese aire de altiva indiferencia; usted sabe
bien que yo la amo. Recuerda sus palabras, cuando me march de Etretat?
En Pars, le dir si usted debe esperar... Ya estamos en Pars, puede,
pues, contestarme. Me es imposible seguir viviendo as. Mi primera idea
fue pedir a mi madre que fuese a hablar al seor de Chanzelles, pero he
tenido miedo; usted no me haba autorizado a hacerlo. Dgame, se lo
ruego, si consiente usted esa gestin... Deseo que usted misma me
conteste. No comprende cun desgraciado soy esperando
indefinidamente?...

--No podemos quedarnos en este rincn aislado--murmur Mara Teresa
levantndose,--entremos en el saln.

Luego, volviendo hacia Huberto su cara sonriente:

--Para que tenga usted paciencia, le concedo este vals.

Pero Huberto continuaba:

--Usted no se librar de mi demanda importuna con el don de un vals. No
la dejar esta noche sin haber obtenido una respuesta cierta.

Y de nuevo, oprima contra l el brazo de la joven.

Cuando llegaron al umbral de los salones iluminados a giorno por globos
elctricos revestidos de flores, Huberto la enlaz y la arrebat en
vertiginosos giros, al son de una orquesta de zngaros.

En su vestido de tul que la envolva como una nube, esfumando
graciosamente sus formas finas y puras, Mara Teresa estaba
interesantsima. Las palabras que le murmuraba Huberto le daban una
animacin, un brillo inslito; atraa todas las miradas. Adems, los dos
jvenes formaban una pareja tan encantadora, que todos se detenan para
admirar la flexibilidad y la gracia de sus movimientos.

La joven, al sorprender las miradas de sus amigas fijas en ella,
presinti que le envidiaban aquel novio probable, y esto no la
contrari. Por lo contrario, experiment cierta satisfaccin, como si la
circunstancia de que Martholl gustase de ella la hubiese hecho superior
a las otras jvenes all reunidas. Eran ideas que nunca se le ocurran,
pero que, en aquel instante, bajo la influencia de aquel ambiente
tendan a impresionarla en favor de Huberto.

l tambin gozaba de aquel homenaje rendido a la mujer que haba
elegido.

As, en el corazn de ambos, la vanidad, satisfecha de excitar envidia,
contaminaba un poco el amor naciente. El contacto del mundo ejerce
presin o turba las inclinaciones del sentimiento.

Bailaron varias veces, pues Huberto no quera alejarse de Mara Teresa,
como para afirmar los derechos que esperaba obtener. La joven se
apercibi pronto que se cuchicheaba sonriendo cuando ellos pasaban;
pero, enervada por el placer y mecida por el ritmo de los valses, oa
complacida los ruegos que renovaba Huberto, sin fijarse que mostrndose
siempre juntos durante toda la noche, daban lugar a la maledicencia.

En aquel momento, no se explicaba su indecisin en acceder a las
splicas de Huberto. Ninguno de los jvenes que la rodeaban tena su
elegante presencia. Qu ms poda pedir? No sera muy agradable
pasearse por el mundo del brazo de tal marido? Diana tena razn; era
verdaderamente chic.

En los momentos en que se preparaba el cotilln, alguien vino a decirle
a Huberto:

--La seorita Alicia de Blandieres lo espera en el saln azul.

Huberto se aproxim a Mara Teresa.

--Alicia de Blandieres me hace llamar, probablemente para dirigir el
cotilln con ella. Yo me niego. Quiere usted permitirme que pase a su
lado el final de la noche?

--Eso no estar bien hecho! no recuerda usted que dijo a Alicia,
cuando lo invit, que no podra asistir al cotilln?

--S, pero he cambiado de parecer. Cree usted que yo voy a privarme del
placer de quedarme a su lado durante algunas horas ms por no contrariar
a esa joven que tiene el aplomo de forzar el consentimiento de las
personas?

Entonces por qu le hizo la historia de que tena otra invitacin para
esta noche?

--Para no prometerle una cosa que yo esperaba obtener de usted. Supona
que de entonces ac se le habra pasado su propsito; pero parece que
cuando tiene algo en la cabeza...

Fue interrumpido; Alicia vena hacia ellos:

--Ha sido muy amable usted, Martholl, en no haberse ido. Es Mara
Teresa quien ha sabido retenerlo tan bien? Mis felicitaciones, querida!
Sera indiscreta pidindole que me cediera su inseparable caballero?
Supongo que tambin el cotilln ha influido para que se quedase, pues yo
le haba prevenido que contaba con l. Vamos, una buena voluntad y
cdame a este apreciable Martholl; yo devuelvo siempre las cosas
prestadas; lo tendr, pues, para algunas figuras, ya que parece
interesarse tanto por l.

Mara Teresa haba palidecido. El tono burln con que Alicia haba
declamado su singular peticin, la sorprendi de tal manera que no
encontr nada que contestar. Huberto, irritado por aquella salida, dijo
bruscamente:

--Seorita, si bailar con usted es un impuesto que usted establece sobre
sus huspedes, no tengo ms que dejarme ejecutar, pero siempre contando
con que la seorita de Chanzelles que ha aceptado mi invitacin, quiera
desligarme de mi compromiso.

Mara Teresa, que se haba repuesto, lo interrumpi para decir, serena y
fra:

--Excsese usted, querida amiga! pero no presto al seor Martholl; lo
guardo por toda la noche, y sin duda, por mayor tiempo an. Me alegro
mucho de que, gracias a su falta de tacto, usted sea una de las primeras
en saber una cosa que le causar placer, indudablemente: el seor
Martholl y yo somos novios...

Alicia, estupefacta al or esta nueva, no encontr nada que decir.
Confusa, balbuce algunas vagas felicitaciones; luego, pretextando
urgencia, se fue a buscar otro compaero, no sin esparcir inmediatamente
la gran noticia.

Cuando Mara Teresa y Huberto quedaron solos, se miraron, estupefactos a
su vez. En l, pronto estall un sentimiento de triunfo; en ella, una
turbacin infinita. Gracias a la intervencin de aquella extraa Alicia,
Mara Teresa acababa de comprometer su palabra. Por qu tan
ligeramente? Ella senta crecer en su corazn un vago remordimiento al
pensar en el mezquino mvil que la haba impulsado a realizar aquel acto
tan grave. Estaba confusa y asustada de su decisin.

Huberto tema casi un arrepentimiento de la joven, no explicndose bien
cmo un incidente tan ftil, frisando en lo ridculo, haba provocado
bruscamente la declaracin que l solicitaba.

Y permanecan all, mudos y molestos los dos, sin alegra, sin
felicidad, aturdidos y desconcertados.

El enjambre de parejas que se instalaban para el cotilln, obligndolos
a moverse, los libr en parte de su perplejidad. En la algazara de las
solicitudes de baile, de la remocin de sillas, de los primeros acordes
del interminable vals, Huberto murmur, al fin, algunas palabras de
gratitud:

--Usted acaba de hacerme muy feliz, mucho ms feliz de lo que podra
imaginarse. Gracias, Mara Teresa!

Entonces ella balbuce, ruborosa, oprimida la garganta:

--Su seora madre puede ir a ver a mi padre.

       *       *       *       *       *

En la oscuridad del cup, Mara Teresa, temblorosa todava, cont a su
madre, excusndose, lo que haba ocurrido. La seora Aubry comprendi el
motivo que haba impulsado a su hija a proceder con tanta precipitacin.
Lejos de hacerle ningn reproche, la estrech con ternura, dicindole:

--Supongo que no lamentas nada...

--No, mam querida. Esta noche me haba dado cuenta de que no poda
prolongar ms tiempo aquella situacin. Huberto exiga una respuesta
definitiva; este incidente no ha hecho, pues, ms que adelantarla un
poco. Ciertamente, me habra gustado que las cosas hubieran pasado de
otra manera; ese brusco consentimiento, lanzado como desafo a la pobre
Alicia, nuestra actitud confusa, todo aquello fue torpe, si no grotesco.
Pero, ahora, deseo una cosa que, espero, tendr tu aprobacin; es que
nuestro noviazgo dure varios meses.

--Eso depende exclusivamente de tu voluntad, hija ma, yo no tengo para
qu intervenir. Ser como t quieras.

Mara Teresa inclinndose hacia su madre y besndola con efusin dijo:

--Qu buena eres, mam ma!

Cuando el coche entraba por la puerta principal del hotel, Mara Teresa
se asom a la portezuela. El seor Aubry haba abandonado el baile mucho
antes que su familia; pero sin duda trabajaba todava, porque la ventana
de su gabinete se destacaba iluminada en la oscuridad del gran patio.

--Pap est despierto--dijo Mara Teresa--voy a prevenirlo; cmo se va
a emocionar!

--Tanto como yo, querida ma--dijo la seora Aubry estrechando
cariosamente a su hija.




XII


Huberto aguardaba el regreso de su madre que haba ido a pedir la mano
de Mara Teresa. Se paseaba por el saln fumando y empezaba a
impacientarse. Aunque no abrigaba inquietud alguna, estaba deseoso de
conocer la impresin de su madre respecto a Mara Teresa y de su
familia. Para l esa opinin tena gran peso.

A fin de calmarse, calculaba que la distancia era grande entre el
Luxemburgo y la calle de Artog, donde viva la seora Martholl, y que,
en suma, aquella tardanza no poda ser sino de buen augurio, dado que la
visita se prolongaba.

La seora Martholl, de la familia Reversy-Jollambeau, tena gran
influencia sobre su hijo. Orgullosa y altiva, crea identificar en su
persona las clases elevadas y superiores. Por esto mismo se atribua
el derecho de imponerse a todos, y estaba persuadida de que
personificaba el buen tono.

No faltaba mucho para que se considerase como una rueda esencial en el
mantenimiento del orden social. Teniendo numerosas relaciones, las
conservaba como si hubiera sido un deber de Estado; juzgaba haber
cumplido ampliamente los deberes de caridad que le incumban cuando
haba inscripto su nombre en la lista de las damas del patronato de
todas las obras que podan gloriarse con su ilustre presidencia. Sin
embargo, haca todo con benevolencia, pues el mundo, para ella, se
compona casi nicamente de personas inferiores.

Viuda de Patrick Martholl, consejero de Estado del segundo Imperio,
haba educado a su hijo de una manera singular, cultivando su egosmo
natural. Toler sus distracciones elegantes en cuanto podan hacerlo
interesante a los ojos del mundo; pero se mostr de una severidad
extrema respecto a la eleccin de sus relaciones y al cumplimiento de
los deberes exteriores que correspondan, segn ella, a un joven de su
rango.

Sobre el matrimonio, particularmente, sus ideas eran bien definidas;
Huberto las conoca, y aprobaba la lnea de conducta que desde muy antes
ella le haba trazado. La seora Martholl exiga que su nuera tuviera
por lo menos seis mil pesos de renta. Era tambin necesario que
perteneciera a una familia conocida, noble, tanto como fuera posible, en
todo caso, de una honorabilidad perfecta. Adems deba ser linda,
distinguida, bien educada, obediente y piadosa.

Huberto, que trataba a muchas seoritas, comenzaba a desesperar de
encontrar la mujer soada por su madre, cuando, en Etretat, hall este
ideal en Mara Teresa. Seducido desde un principio por su gracia, se
inform de la posicin de su padre, y habiendo sabido que Mara Teresa
responda absolutamente, en cuanto a fortuna y a honorabilidad, al
programa que le haba sido impuesto por su madre, se apresur a su
regreso a hablarle de ella con entusiasmo; la seora Martholl se
interes de su noviazgo y casi conquistada, se someti de buena gana a
dar los pasos oficiales acerca del seor Aubry de Chanzelles.

Al sonar la campanilla que anunciaba el regreso de su madre, Huberto se
apresur a salir a su encuentro. Era una seora flaca, alta, fra y
plida. Vestida siempre de negro, apareca imponente.

--Y bien! madre, est usted contenta? le gusta a usted la joven? ha
sido bien recibida por sus padres?

--Habra sido sorprendente--dijo ella sentndose en un alto silln, cuya
forma rgida armonizaba con el aspecto altivo de su persona,--que no
hubiera sido bien recibida nuestra demanda. La contestacin es conforme
a tus esperanzas, hijo mo.

--Cmo ha encontrado usted a Mara Teresa y a los Chanzelles?

--La seorita Mara Teresa me ha gustado, es distinguida y no se parece,
convengo en ello, a todas esas jvenes alocadas de hoy. La familia es
bien honorable; pero vas a tener una decepcin: su situacin pecuniaria
no es tan hermosa como t imaginabas.

--Ah!--dijo Huberto inquieto--hay diferencia grande entre mis clculos
y la realidad?

--La fortuna del seor Chanzelles est colocada en negocios, y no puede
dar a su hija ms que sesenta mil pesos en dinero efectivo; pero le
pasar una renta anual de tres mil pesos. Importa ahora saber si la casa
Aubry es bastante slida para garantir el pago regular y continuo de la
renta prometida. El seor de Chanzelles me ha expresado tambin su deseo
de que no permanezcas desocupado. Esta peticin me ha sorprendido; le
he hecho observar que las dos fortunas de ustedes reunidas, les asegura
la independencia, pero he agregado, sin embargo, que t consentiras de
buena gana en aceptar una ocupacin, en relacin con tus gustos y las
ideas que profesamos al respecto. No le he ocultado que con el Gobierno
actual la poltica es carrera cerrada y que tengo horror a los negocios,
porque los considero como aventuras y no estoy dispuesta a permitir que
se juegue con nuestro nombre. He tomado ya informes sobre la casa de
Aubry; hasta ahora no he descubierto nada que no le sea favorable; pero
hay que continuar la informacin; en esta clase de asuntos nunca hay
demasiada prudencia.

--Es cierto; pero yo amo a Mara Teresa y, al casarme, no contraigo
nicamente un matrimonio de conveniencia.

--Comprendo que te gusta esa joven y apruebo tu proyecto de hacerla tu
mujer; pero, t lo sabes como yo, si no aporta con su dote tanto como
t, la vida os ser difcil y no podrn mantener su rango. Se necesita
tanto dinero hoy para figurar en nuestro mundo! Aparte de esta
restriccin, no tengo ninguna objecin que hacer; esa joven te conviene
mucho. Te pido, pues, hijo mo, que te procures informaciones serias
sobre esa cristalera que representar una parte importante de la renta
de ustedes.

--Puede usted estar tranquila, madre; un matrimonio mediocre no me
convendra, y aunque Mara Teresa sea bastante seductora para justificar
una conducta irreflexible, ser circunspecto. Por lo dems, lo repito,
mi decisin no data sino del da en que me inform de la solidez de la
casa Aubry.

Huberto tom la mano de la seora Martholl y llevndola a sus labios,
aadi:

--Slo me resta agradecerle a usted sus gestiones.

--Est bien, hijo. Piensa en mis recomendaciones y ten la seguridad de
que slo la preocupacin de tu felicidad y situacin gua mis actos e
inspira la prudencia que te aconsejo. Obra discretamente; pero no te
gues por las apariencias, por excelentes que sean. Adis, hijo mo.

--Adis, madre.

Cuando Huberto dej el sombro departamento de la calle Astorg, llevaba
ideas pesimistas. En ese da la inquietud que ennegreca su espritu se
traduca en molestas cuestiones de dinero; quera que sus intereses
quedasen garantidos, porque podan procurarle comodidades y placeres;
pero era bastante gran seor para no querer hablar de ellos.

--Vamos--pensaba con melancola al marcharse--esto no est concluido
todava; habr que hacer diligencias e informaciones; con tal que no
tenga desilusiones y el producto de esa cristalera sea el que me han
asegurado! Mi madre es demasiado desconfiada: personas y
acontecimientos, todo le es sospechoso. Qu tenemos que temer si los
informes que tengo son perfectos?

Absorto en estas meditaciones, se encaminaba hacia la Magdalena. Un
violento deseo de ver a Mara Teresa lo domin de pronto; se detuvo al
borde de la acera, levant su bastn en ademn de llamar: un fiacre se
aproxim. Se hizo conducir a casa de los Chanzelles esperando que la
linda cara de su novia, disipara el fastidio que esta conversacin
haba dejado en su espritu.




XIII


Los primeros tiempos del noviazgo de Mara Teresa se pasaron en
presentaciones, comidas y placeres constantemente renovados. Huberto era
un incomparable organizador de fiestas. Con l era imposible estar sin
distracciones; adems, saba variarlas maravillosamente. Mara Teresa se
crea transformada en una princesa de un cuento de hadas, pues no tena
otra ocupacin que la de divertirse de la maana a la noche, bajo la
direccin de un maestro de ceremonias parecido al Prncipe Encantador.
Las maanas eran dedicadas al bosque; por las tardes haba siempre
diversiones nuevas; en cuanto a las noches, terminaban invariablemente
en el teatro o en las tertulias.

En cada una de estas circunstancias, la joven concluy por notar que
Huberto se preocupaba, sobre todo, del efecto que produca la belleza de
su novia, y que sus goces crecan en razn directa de la admiracin que
manifestaban por ella y de la envidia que suscitaba.

Saturado de este sentimiento de vanidad, aconsejaba a Mara Teresa
arreglos en su toilette que consideraba propios para hacerla valer, y
escoga para acompaarla, las reuniones y los sitios donde ms atraan
la atencin. En fin, en todos sus actos apareca el deseo de formar con
ella el grupo que la gente contempla y admira.

Mara Teresa pensaba tristemente:

--Ser solamente por estos dones exteriores por los que me ama?

Y se preguntaba algo ansiosa:

--Sentira el mismo placer en estar conmigo si yo no estuviera tan bien
vestida?

No experimentaba gran satisfaccin en ser rica, elegante, admirada.

En el fondo de su corazn, habra preferido que Huberto le demostrase su
cario de otra manera.

Luego, haba notado tambin un ligero cambio en su actitud desde que
eran novios. La emocin que mostraba al principio, cuando esperaba
solamente se haba transformado en una especie de despego lleno de
confianza; esto era quizs imperceptible para los dems, pero no
escapaba a los ojos de la joven. Huberto ahora manifestaba su afeccin
de una manera diversa; Mara Teresa le encontraba menos dulzura,
sumisin afectuosa, ms familiaridad y seguridad conquistadora. Esta
toma de posesin que no le produca ninguna felicidad ntima, a ella le
molestaba. Por intervalos se deca:

--Dios mo, qu difcil de contentar soy! Todas mis amigas me repiten
que desearan estar en mi lugar; entonces por qu no estoy satisfecha?
No tengo una suerte envidiable? Ah! para qu me habrn dado una
educacin destinada a hacer mirar las cosas con gravedad? Cuntas
jvenes no dan importancia a estas exhortaciones y arrojan en seguida
en el camino esta pesada carga! Y precisamente yo, que no la necesito,
tomo todo en serio; no puedo olvidar aquellas lecciones austeras, y me
siento invadida por escrpulos ante la perspectiva de disfrutar
demasiados placeres. Es esto lo que me turba? No ser ms bien el
pesar de no constituir el ideal de Huberto siendo para l como el
accesorio de una decoracin de fiesta?... Pero qu ridcula soy! Por
qu preocuparme de tantas cosas? Es una injuria que hago a la
Providencia no declarndome completamente satisfecha.

As, pues, se daba cuenta del vaco y futilidad de la existencia a que
Huberto la llevaba, y amargas previsiones la acusaban cuando desapareca
la excitacin pasajera de sus mejores distracciones. Decidiose, al fin,
a confiar sus temores a su novio.

En una tarde de lluvia el azar hizo que se encontraran solos en el
saln. La joven acababa de tocar un nocturno de Chopn porque, haba
dicho, esa msica se armoniza bien con un tiempo oscuro y melanclico.

Juzgando favorable el momento, dej el piano y fue a sentarse al lado de
Huberto.

--Mara Teresa, usted interpreta este nocturno de una manera
sorprendente; me senta emocionado escuchndola.

--Me alegro mucho de haberle hecho sentir la hermosura de esa pieza
musical. Este nocturno es apropiado al momento presente. Siempre trato
de establecer armonas entre el tiempo, mis pensamientos y las cosas.
Quiere usted que continuemos en esta nota? Hablemos seriamente, esto
no nos sucede frecuentemente, y hoy tengo pocas ganas de divertirme.

--Me da usted miedo! Las palabras serias son casi siempre intiles.

--En el verano pasado usted deca, cuando menos seguro estaba de m,
empleando un lenguaje florido para conquistarme. No hay palabras
intiles cuando es usted quien las pronuncia... Por qu no dice ahora
lo mismo?

--Bastante me ha reprochado mis amables palabras! Usted las encontraba
enfticas y exageradas, y ahora las echa de menos. He ah lo que son
las mujeres!

--Sea; somos variables, y es difcil contentarnos; ya ve usted, me
adelanto a sus reproches. Pero volvamos al asunto que yo quera abordar
ante este cielo lgubre.

--Razn tengo en inquietarme, pues me anuncia una conversacin en
armona con el tiempo, y reconoce que es lgubre.

--He dicho hablemos seriamente, nada ms. Hagamos proyectos para el
porvenir quiere usted? Por ejemplo ha encontrado alguna ocupacin que
pueda convenirle?

--Cmo?--exclam Huberto, en tono de burla--usted tambin piensa en
eso? Crea que era una idea exclusiva del seor de Chanzelles, y que yo
era libre de seguir sus consejos.

--Mi padre no se explica que pueda haber alguien desocupado: hay que
perdonarle esta preocupacin, de la que yo participo, porque siempre ha
dado el ejemplo de una incesante labor y de la mayor actividad. Usted
sabe sin duda que, siendo hurfano y sin recursos, edific con sus
propias manos e hizo prosperar la casa que representa hoy nuestra
fortuna. Siempre me dijo que no consentira de buena gana en otorgar mi
mano a un desocupado. Conociendo su amor al trabajo, educada tambin en
la admiracin del esfuerzo individual, me haba yo prometido conformarme
a su deseo, al elegir un marido. Pero he aqu, que una casualidad...
feliz... lo ha conducido a usted hacia m, y que yo no puedo cumplir mi
promesa. Busco el modo de conciliarlo todo comprende usted por qu
insisto?

--Mi deseo es hacer su gusto, pero no me es posible encontrar una
ocupacin en seguida. Necesito un trabajo honorable, de poca sujecin, y
que produzca bastante para justificar mi desercin... es difcil.
Veamos, reflexione: con mis ocho mil pesos de renta y su dote, tenemos
la existencia asegurada. Podremos viajar, vivir al capricho de nuestra
fantasa. Reconozca que sin necesidad va usted a perturbar todos mis
proyectos.

Luego, irnicamente, aadi:

--Es por conservarse ms independiente por lo que usted desea que yo
tenga una ocupacin? Si es por esto, nada tiene que temer; estar
siempre bastante comprometido en el engranaje social para dejarla libre
durante largas horas, si as lo desea. Crame, usted ser la primera en
agradecerme la manera como organice todo para nuestra mayor comodidad.

--No es la idea de librarme de su afectuosa tutela la que me induce a
hacerle este ruego; lamento igualmente que usted haya podido
suponerlo--repuso la joven algo entristecida,--pero, se tiene jams la
seguridad de conservar una fortuna? Quin conoce el porvenir? Hay
catstrofes financieras terribles... Sin ir tan lejos, mi padre, cuya
fortuna consiste, en su mayor parte, en la fbrica de cristales, podra
verse comprometido por alguna desgracia imprevista...

Estas ltimas palabras causaron a Huberto cierto malestar; para
disimular las ideas que le sugeran, interrumpi a la joven y dijo
afectando un temor cmico:

--Qu desgracia! Usted me hace estremecer! Volemos en socorro de su
querido padre!

--No hay que rerse... hay huelgas... revoluciones... y muchas otras
calamidades... No sera la primera vez que se viera derrumbarse una
importante casa industrial.

Las huelgas y las revoluciones parecieron a Huberto peligros bastante
problemticos, lo cual tranquiliz su espritu.

--Amiga ma--dijo, tomando las manos de la joven,--no me gusta or su
linda voz predecir tan lgubres acontecimientos, ni a sus labios
pronunciar tan fatdicos presagios... El sol ha vuelto a brillar,
hablemos, pues, de cosas ms alegres, desde que es el estado del cielo
lo que inspira los temas de su conversacin.

Mara Teresa comprendi que los sentimientos que invocaba no haran
jams vibrar ninguna cuerda en Huberto. Renunci a convencerlo y dijo
conciliante:

--Qu fastidiosa soy! verdad? Perdneme, pero mi padre me inspira
tanta admiracin que estoy mal preparada para apreciar a los que no
tienen su ideal de vida. Adems, me desolara ver nacer motivos de
discordia entre ustedes dos, y por esto es por lo que quiero
prevenirlos...

--Volveremos a conversar sobre este asunto, se lo prometo. En este
momento, voy a comunicarle mis proyectos; espero que le agradarn:
inmediatamente de nuestro casamiento, partiremos para Florencia; es una
ciudad interesante que no le disgustar conocer. Despus iremos a
Palermo a tomar el yate que mi primo Martholl Grainville pone a nuestra
disposicin para dar un paseo por el Adritico.

Pero la joven no tuvo tiempo de aprobar este programa. El ruido de un
carruaje que penetraba bajo el prtico del hotel la inquiet.

--Qu es eso?--exclam levantndose.

Casi inmediatamente sonaron las campanillas elctricas y voces, en el
silencio de la casa. Mara Teresa se excus y sali precipitadamente.

Algunos minutos despus, la puerta del saln se abra, para dar paso al
seor Aubry, sostenido por sus dos hijos.

Estaba muy plido; se dej caer pesadamente sobre un sof; luego, a
Martholl le dijo:

--Disclpeme de presentarme en esta triste figura... me he desvanecido
en la fbrica y han tenido que traerme en coche como un bulto.

Al pronunciar estas palabras con voz dbil, el seor Aubry trataba de
sonrer.

--Seor--protest Huberto,--usted me deja confuso; creo que puedo ser
considerado por usted como perteneciente a su familia.

La seora Aubry entr. Se dirigi hacia su marido, le tom las manos y
le pregunt, temblorosa:

--Amigo mo, qu tienes? qu ha sucedido?

Jaime la interrumpi:

--Querida mam, no te alarmes. El mdico que se llam cuando pap se
encontraba mal, me ha tranquilizado; es un exceso de debilidad causado
por el trabajo.

--No me sorprende, tu padre se fatigaba mucho desde hace algn tiempo.

--S, pero adems hay otra cosa, de la que podemos hablar, pues estamos
en familia... Mi padre ha recibido en la tarde una noticia que lo ha
trastornado.

--Es cierto--declar el seor Aubry con voz dbil,--he tenido una fuerte
conmocin... moral... una gran contrariedad... No s lo que pas
despus... me desvanec.

--Rousseau, el jefe de los talleres encontr a pap tendido, sin
conocimiento, en su escritorio. Afortunadamente tuvo la feliz idea de
mandar buscar un mdico y de llamarme por telfono.

--No te inquietes, querida ma--y el seor Aubry para tranquilizar a su
esposa trat de afirmar la voz:--estoy mejor. Pero quisiera acostarme.
Jaime, hazme el favor de telegrafiar a Juan que venga inmediatamente; lo
necesito.

Y como Jaime comprendiera que su padre estaba agitado por una
preocupacin grave, se apresur a tranquilizarlo.

--Puedes estar seguro, pap, de que Juan se hallar aqu maana a la
noche, si no es imposible. Corro al telgrafo.

--Excseme, seor Martholl--balbuce el seor Aubry levantndose
penosamente,--voy a pasar a mi cuarto, no puedo ms...

Y sostenido por su mujer y su hija, sali del saln.

Mara Teresa volvi pronto, con el rostro oscurecido y los ojos hmedos.

--Mi querida Mara Teresa, no se atormente usted--le dijo
Huberto,--esto ser nada seguramente, un poco de anemia, sin duda.

--Estoy trastornada de ver a mi padre en ese estado: jams ha estado
enfermo. Usted ha visto qu mala cara tiene? Est preocupado; por eso
tiene fiebre. Dios mo, si Juan estuviera aqu! l slo puede ocuparse
tilmente de nuestros intereses, evitando toda molestia a mi padre.

--Ese Juan de quien usted habla es aquel hermoso joven de aspecto
salvaje, que pareca aburrirse tanto en Saint-Jouin, el da que hicimos
el paseo?

--Es l. Excseme, Huberto; tengo que dejarlo solo otra vez, debo subir
a acompaar a mi padre.

--Vaya, querida amiga; adems, me despido de usted hasta maana que
vendr en busca de noticias.

--Oh! s, venga! Consuela tanto verse rodeado, protegido, cuando la
desgracia abate... Venga, Huberto, por mi padre, por m, sobre todo. Lo
espero...

Y como el joven le besase respetuosamente la mano y se alejase sin
pronunciar una palabra ms, experiment una gran decepcin. Ella, que
observaba con serenidad los acontecimientos, sinti de pronto llenarse
su corazn de tal angustia, que se desplom sobre un silln,
sollozando.




XIV


El seor Aubry pas muy agitado la noche, y el da siguiente no fue
mejor. El mdico, sin pronunciarse de un modo categrico, recomend el
reposo absoluto.

La seora Aubry y Mara Teresa muy inquietas no salieron ms de la
habitacin de su querido enfermo; pero en la noche del segundo da,
cuando se hallaba adormecido, Mara Teresa aprovech este instante para
ir a buscar un libro.

Atraves el gabinete de trabajo de su padre y entr en la biblioteca.
Mientras examinaba los volmenes oy abrir la puerta del gabinete. El
criado introduca a alguien. Qued muy contrariada de encontrarse
prisionera en aquella pieza de la que no se poda salir sin pasar por el
escritorio del seor Aubry. Estaba en traje de casa, y le era
desagradable mostrarse as a nadie. Sin embargo, tuvo la curiosidad de
ver quin estaba all.

Se acerc con precaucin a la mampara de cristales que separaba las dos
piezas, y levantando suavemente la cortina de seda mir.

Frente a ella, violentamente iluminado por el resplandor de una lmpara
elctrica se hallaba Juan. Plido y extraordinariamente enflaquecido,
pareca contemplar con pasin algo que estaba sobre el muro y que ella
no vea. Tuvo que sofocar un grito de sorpresa; tan cambiado lo
encontraba.

Qu mirara con aquellos ojos extasiados? De pronto record: en la
pared que haba frente al escritorio de su padre haba un gran cuadro
que la representaba a ella a la edad de ocho aos; un magnfico retrato
de cuerpo entero, de Boldini, en el que su rostro infantil sonrea bajo
la sombra dorada de sus largos cabellos.

El joven prosegua absorto en su contemplacin. Por qu tena aire de
sufrimiento ante aquel retrato? Qu pena infinita y secreta poda
contraer as los rasgos de su fisonoma? La cara de aquel hombre
expresaba una idea tan torturante que Mara Teresa, sin alcanzar la
causa, se sinti profundamente conmovida. De pronto de aquellos ojos
sombros, siempre apasionadamente fijos sobre el mismo punto, brotaron
lgrimas.

Ella se sinti profundamente conmovida, y ms tarde, cuando recordaba
esta corta escena muda, le pareca que haba estado mucho tiempo mirando
llorar a Juan.

El ruido de una puerta que se abra arranc al joven de su xtasis. Un
criado vena a buscarlo para conducirle al lado del seor Aubry.

Apresuradamente, Juan pas el pauelo por su cara y sali de la pieza.

Entonces Mara Teresa entr, y a su vez se detuvo ante la imagen que
haba suscitado aquella crisis dolorosa. Una suave melancola se apoder
de ella, mientras contemplaba su retrato. Sobre un fondo claro se
elevaba una elegante silueta de nia, cuyo vestido corto dejaba ver las
finas piernas y estrechos pies calzados con zapatitos de charol.

Record que cuando se pareca a aquella chicuela, Juan era su gran
amigo. Y qu dulce y complaciente gran amigo! Siempre dispuesto a
satisfacer sus deseos, sin cansarse jams de sus caprichos.

Se sonri recordando que cierto da en que llevaba aquel mismo vestido
quiso a toda costa jugar al viajero en el desierto, y para esto oblig
al pobre muchacho a hacer el papel ingrato de dromedario. A una seal de
ella, Juan se pona en las posiciones ms humillantes, sin que la nia
habituada a su alegre sumisin se sorprendiera. Cmo en lo sucesivo
poda haber tenido conciencia de la transformacin que la accin del
tiempo lenta y segura, haba hecho de aquel ardor en otros sentimientos?

Ahora el velo caa; de aquellas lgrimas sorprendidas surga la verdad.
Todo se explicaba: la tristeza persistente de Juan durante su
permanencia en Etretat, sus vacaciones acortadas, y su retirada a
Bohemia donde se haba refugiado para huir de ella, sin duda...

--Juan, mi pobre Juan--murmur,--cunto va a sufrir!

Mir otra vez con gratitud su propia imagen, causante de la explosin de
pesadumbre que haba presenciado.

--Delante de m--pensaba,--jams se habra revelado y yo habra ignorado
siempre su secreto... Y despus de todo no habra sido mejor? Qu
hacer ahora? No lo s!

Preocupada con este doloroso problema se diriga a su cuarto, cuando su
madre la llam:

--Hija ma, tranquilicmonos, Juan ha llegado, tu padre est muy
contento. Creo que no nos deca cuanto deseaba su presencia.

--T has visto a Juan, mam?

--S, comer con nosotros.

La joven entr a su habitacin. Para calmarse trat de resolver la
manera cmo debera conducirse con Juan; pero en vano se esforzaba en
seguir el curso de sus reflexiones; su pensamiento volva con
desesperante obstinacin sobre su extraordinario descubrimiento. Poda
nunca haberse imaginado que aquel Juan que conoca voluntarioso y brusco
fuese capaz de amar con una reserva tan llena de desesperacin? Cunta
razn haba tenido para alejarse! Haba sido una determinacin juiciosa.
Pero qu hara ahora que trado a su lado por la fuerza de los
acontecimientos se vera mezclado de nuevo en su vida y sera testigo de
las efusiones entre ella y su novio? Ante esta ltima suposicin, Mara
Teresa se sinti conmovida por una gran piedad. Por nada del mundo
consentira en afligir con tal espectculo a este amigo que sufra por
amarla. Era necesario que a toda costa se alejase otra vez.

Luego vari el curso de sus pensamientos. Se sorprendi de preocuparse
tanto de los sentimientos que crea que dominaban a Juan. Se necesitaba
tener un espritu muy romntico para imaginar semejantes tormentos de
amor en honor suyo, en el alma de los jvenes! Se burl de s misma,
vindose a punto de caer en la mana ridcula de ciertas jvenes que
creen que inspiran violentas pasiones. Quin le deca que no se haba
equivocado en la naturaleza de la emocin que haba sorprendido, y que
Juan no estaba probablemente tan desesperado como le haba parecido? A
la verdad, estaba loca! No, seguramente Juan no la amaba, era
inverosmil, imposible.

Entonces en el fondo de s misma en la regin oscura donde nacen las
sensaciones ignoradas le pareci sentir algn pesar... Por qu?

A este pesar, a esta indecisin sentimental, se una confusamente una
inefable dulzura de impresiones nuevas; la confesin de aquel
sentimiento sorprendido tan inopinadamente, inundaba su alma de una
extraa melancola. La dominaba de improviso el encanto superior del
lazo moral que la una a Juan. No era ya para ella el indiferente que
haba credo; las lgrimas que brotaban poco antes de los ojos del
joven, Mara Teresa las senta caer una a una en su corazn, y las
menores inflexiones de la voz lenta y baja de Juan dirigindose a ella,
semejante a la del sacerdote ante el altar, surgan en su memoria como
msica misteriosa.

Acababa de descubrir en l el sentimiento exclusivo, apasionado, que
desde haca mucho tiempo haca converger sus esfuerzos en busca de una
perfeccin a que no habra aspirado una ambicin ordinaria. Sbitamente
Mara Teresa qued impresionada de la grandeza, de la perseverancia de
aquella energa infatigable, recordando los orgenes del nio convertido
en hombre de mrito.

En el campo de batalla de la vida, Juan haba encontrado por enemigos,
el desprecio, la injusticia, la envidia, el egosmo, la maldad bajo
todas sus formas. Mara Teresa lo haba socorrido una sola vez? No!
Abandonndolo, sin comprender sus esfuerzos, lo quera con una afeccin
fra y tranquila, como se quiere a un compaero, a un aliado fiel, a un
humilde a quien se tolera; no se haba dado cuenta de que a cada minuto
arriesgaba su vida, ms que su vida, la paz de su corazn, persiguiendo
un ideal que ella lo constitua.

S, Juan se haba formado para ella, adquiriendo por ella instruccin,
educacin y hasta la sobria elegancia que le haba llamado la atencin,
cuando vio al joven en el escritorio.

Un alma ardiente, leal y sincera como la de Mara Teresa, no poda
enorgullecerse de tal triunfo sobre una alma fuerte. Sin equivocarse,
comprendi lo que con exquisita delicadeza Juan haba esperado de ella,
respetuoso y en silencio. Al pensar en la plenitud de aquel amor que no
deba aceptar y que, sin embargo, haba involuntariamente suscitado, una
sensacin de espanto la domin.

La necesidad de su casamiento con Huberto le hizo intolerable la vida
durante un minuto, y por un impulso de piedad hacia Juan, agitada por
confusos pensamientos contradictorios, murmur:

--Pobre joven, pobre joven! Si me ama con todas las nobles energas de
su hermosa naturaleza, qu cruel ser el despertar, y cunto vaco y
desesperacin dejar tras s!...

Y brotaron lgrimas de sus ojos, semejantes a las de Juan, originadas
por un mismo dolor secreto; lgrimas del esclavo de las leyes, de las
convenciones sociales, que siente sus cadenas, sufre las heridas que
ellas causan y llora su libertad.

Cuando algunas horas despus, Juan baj a comer, en el umbral del saln
se sinti desfallecer. Detrs de aquella puerta iba a encontrarse con
la mujer de quien haba querido huir y cuyo imperioso recuerdo lo
posea. Ah, cmo le acosaba y llenaba todo su ser, la querida visin!
Pero tambin era bien suya, nicamente suya, la amada que lo acompaaba
a todas partes, que apareca deslumbrante y fascinadora ante sus ojos
alucinados. Habitaba en su corazn aquella Mara Teresa de sus ensueos,
y nada podra separarlos jams, ni la ausencia, ni el espesor de los
muros, ni la distancia de los caminos... Pero iba a ver a la otra, la
verdadera, a quien tena que felicitar porque pronto sera la seora de
Huberto Martholl!...

Al ver entrar a Juan, una singular emocin sinti Mara Teresa. l, muy
plido, se aproxim y tomando la mano que ella le tenda:

--Mara Teresa...--comenz.

Pero aprovechando la vacilacin de Juan, una fuerza inconsciente impuls
a la joven a cortarle la palabra, para ahorrarle el sufrimiento de
pronunciar la frase que adivinaba.

--Al fin, ha venido usted, Juan!--dijo casi alegremente.--Todos estamos
contentos por su regreso. Era necesario que mi padre estuviera enfermo
para que usted se decidiera a volver?

--Veo que usted ha notado mi ausencia. Muchas gracias.

La seora Aubry, que haca un momento miraba al joven con atencin,
interrumpi inocentemente la respuesta de la joven, diciendo a Juan con
afeccin:

--T has trabajado demasiado all. Te encuentro muy delgado, hijo mo.

--No es nada, he estado un poco enfermo.

--Y por qu no has venido a nuestro lado para hacerte cuidar? Es muy
mal hecho. No soy ya tu madre?

Juan envi a la seora Aubry una sonrisa de ternura; luego, deseoso de
que no se ocupasen ms de l, dijo:

--Usted me manifest que el seor Aubry haba estado muy agitado.
Despus que hemos hablado juntos, creo que se ha calmado. Si yo pudiera
conseguir que se tranquilizase del todo...

--Por qu est tan inquieto mi marido?

--Sucede una cosa que puede tener consecuencias graves: el banco Raynaud
Hermanos ha quebrado, y el seor Aubry tena all una gruesa suma, toda
la parte lquida de su fortuna, creo.

--Es posible? yo no saba nada... T tampoco, Jaime?

--No, madre, lo s en este momento ese desastre nos perjudica mucho?

--Me lo temo. Desde hace algunos meses, no s exactamente lo que pasa en
el escritorio, no puedo, pues, decir nada preciso; sin embargo, no me
sorprendera que el seor Aubry hubiera hecho importantes depsitos en
esa casa, despus de mi partida. Como las explicaciones que quiere darme
a este respecto son causa de agitacin para l, no me atrevo a
interrogarlo. Es de lamentarse que esta catstrofe nos hiera en el
momento mismo que acabamos de hacer grandes gastos en ensayos de
cristalera antigua.

--Entonces t atribuyes a la noticia de esta quiebra la gran emocin
que ha ocasionado la enfermedad de mi padre?

--Probablemente.

--Por qu te ausentaste tanto tiempo, Juan? Si t hubieras estado
presente mi marido habra soportado mejor este golpe. Se encontraba muy
fatigado ya, aunque no quera confesarlo. La direccin de la fbrica es
pesada ahora para l solo.

--Tena necesidad de hacer este viaje, seora. Adems, ser fructuoso;
traigo un procedimiento nuevo para practicar una clase de fabricacin
ms econmica.

--En fin, estoy contenta de que hayas venido, esto me tranquiliza mucho.

--Agradezco su prueba de confianza, seora--murmur Juan.

Dejaron la mesa para pasar al saln; el joven armndose de valor se
aproxim a Mara Teresa.

--Su mam me ha anunciado su futuro casamiento pactado durante mi
permanencia en Bohemia--comenz con voz un poco sorda.

Luego, en tanto que su mirada triste suba del extremo del flotante
vestido a la cara de la joven, aadi despus de una corta lucha
interior:

--Permtame expresar mis sinceros votos porque sea usted feliz.

Su voz se haca angustiosa; Mara Teresa, entristecida de verlo forzado
a darle estas penosas felicitaciones, en un impulso de piedad le tom la
mano que apoyaba en el respaldo de un silln, y retenindola entre las
suyas, pronunci con una entonacin de ternura que la sorprendi a ella
misma:

--Gracias, Juan. Yo s que no tengo mejor ni ms seguro amigo que usted,
y esta seguridad es una gran satisfaccin para m, se lo juro...

Juan retrocedi bruscamente; pero esta vez, ella no se admir y sabiendo
que nada ms le dira, se alej.

Algunos minutos despus, vinieron a avisar al joven que el enfermo lo
llamaba; la seora Aubry intervino, inquieta:

--Mi querido Juan, si le hablas de asuntos esta tarde va a agitarse y no
dormir en toda la noche.

--No tema nada, querida seora, voy a tranquilizarlo; es mejor, casi,
que lo vea antes de irme. Cuando haya concluido de explicarme todo, se
encontrar ms calmado.

Pero la conversacin fue larga y no termin hasta muy entrada la noche.

A la maana siguiente, el estado del enfermo se resenta del esfuerzo
cerebral que haba hecho para poner a Juan al corriente de la situacin;
la fiebre aument, y Mara Teresa empez a inquietarse seriamente.

Martholl, cuando vino a hacer su visita habitual la encontr en esta
triste disposicin de espritu. Despus de haberle hecho algunas
preguntas triviales sobre la salud de su padre, Huberto opin con
desenvoltura que deba ser un malestar pasajero del que no haba por qu
inquietarse demasiado; en seguida, con aire indiferente pas a otros
asuntos.

--Ah!--exclam de pronto,--he tomado para esta noche un palco en el
Teatro Francs. Hoy es ese estreno que usted deseaba ver.

--Ha sido usted muy amable en acordarse de mi deseo, pero no puedo ir,
no tengo ninguna gana de divertirme hoy.

El joven hizo un gesto de contrariedad.

--Sus inquietudes me parecen un poco exageradas, querida amiga. No hay
motivo suficiente para que usted se atormente hasta ese punto. Usted
puede muy bien ausentarse por dos horas. En suma, su pap no tiene ms
que un simple ataque de fiebre, resultado de una gran fatiga; no corre
peligro alguno; hay aqu bastantes personas para cuidarlo. Piense
tambin en m, en el placer que tendra en que fuese esta noche al
teatro.--Mara Teresa qued desagradablemente sorprendida de la manera
como hablaba su novio, de la ligereza con que acoga sus inquietudes, y
respondi:

--Acaso se sabe el nombre de una enfermedad que comienza? Casi todas
principian con los mismos sntomas. El mdico mismo, no puede decir
nada.

--Espere, entonces, para manifestar tales alarmas.

--Tengo miedo; a veces los malos se agravan de pronto--murmur
tristemente la joven.

Luego, creyendo haber encontrado un argumento decisivo, aadi:

--Adems, estoy segura que mam no querr salir de casa.

--Todo puede arreglarse--propuso Huberto conciliante,--ofrecer dos
sillas en el palco a la seora Gardanne y a su hija. Venga, le ruego,
Mara Teresa, me contrariara mucho que usted faltase a este estreno.

--Me cuesta mucho rehusar, puesto que ha sido por m por quien usted ha
tomado el palco... En fin, puesto que desea tanto mi presencia, tenga
prevenida a mi ta; pero no prometo ir, sino en el caso de que mi padre
no se empeore.

Hasta la noche Mara Teresa se ocup en cuidar al seor Aubry, cuyo
estado de fiebre y de debilidad continuaba siendo el mismo.

La noche estaba muy adelantada cuando Juan lleg, con aire preocupado.
Algunos minutos despus, la seora Gardanne haca decir a su sobrina que
la esperaba abajo, en su coche.

--Oh, cunto me cuesta ir!--exclam Mara Teresa,--y, sobre todo,
dejarte sola aqu, mam.

--Pero su mam no quedar sola, puesto que yo estoy aqu--dijo
Juan.--Adems, he venido esta noche con la intencin de exigir que
ustedes descansen; yo velar solo a su pap; hoy es mi turno.

--Querido Juan--intervino la seora Aubry,--t trabajas bastante de da,
me opongo, absolutamente, a que te prives del sueo.

--Me paso muy bien durmiendo poco, y nunca me he sentido fatigado.
Despus, que me quede aqu o en casa, es lo mismo, tengo que examinar
estos papeles durante toda la noche.

Y Juan mostr un grueso paquete.

--El tiempo apremia, es necesario que yo me d cuenta exacta de la
situacin; hay aqu trabajo para varias noches. En todo caso, puede
usted estar segura de que el asunto se arreglar, y permtanme tener la
satisfaccin de serle doblemente til a mi protector.

--Puesto que lo quieres, amigo mo...--dijo la seora Aubry.

--Voy a instalarme en su cuarto, y estoy cierto que dormir, a pesar del
resplandor de mi lmpara: mi presencia lo calma.

Luego, dirigindose a Mara Teresa:

--Usted ve que puede ir sin temor: le ruego que as lo haga, a fin de
probarme su confianza en m.

--Y bien, anda a vestirte, hija ma--aconsej la seora Aubry.--Juan
insiste tan afectuosamente, que tenemos que aceptar. Despchate ligero.
Entretanto, voy a hacer subir a tu ta, debe dormirse en su coche, y le
har compaa; nos encontrars en el saln chico.

La seora Aubry baj a los departamentos de recepcin.

Mara Teresa qued sola con Juan. Vacilante todava, le pregunt despus
de un corto silencio:

--No le choca a usted que vaya al teatro?

--Absolutamente, es muy natural. Adems, siempre me ha gustado verla
divertirse.

--Oh! este estreno no es para m una diversin, inquieta como estoy por
la salud de mi padre...

--Entonces, supongo que no es por la pieza por la que va al teatro esta
noche...--no pudo dejar de decir Juan.

Pero se detuvo, algo avergonzado, no sabiendo cmo terminar su frase sin
irona, y agreg con voz diferente, de arrepentimiento:

--Deme, al menos, la pobre satisfaccin de hacerme creer que le sirvo
para algo.

Mara Teresa call, convencida de que cuanto dijera en adelante, sera
para Juan motivo de tristeza.

--Jaime le acompaar, sin duda?--interrog el joven.

Mara Teresa no haba pensado en eso; reflexion y aprob la idea.

--Tiene usted razn! As ser mejor... Voy a prevenir a mi hermano. De
esta manera, mi ta no tendr que esperarme, nos reuniremos en el
teatro, y despus, si yo quiero salir antes del fin del espectculo,
podr hacerlo. Gracias por su idea, Juan!

Y en una expansin cordial le tendi la mano para darle el adis; l la
estrech dbilmente en la suya.

Esta observacin de Juan, que le sugera una combinacin prctica, que
la haca libre de sus actos durante la noche, probaba una vez ms a
Mara Teresa la importancia que sus menores acciones tenan para su
amigo.

El teln caa, terminando el primer acto, cuando Mara Teresa y Jaime
hacan abrir el palco de Huberto.

Al entrar fueron recibidos por las exclamaciones de Huberto, de la
seora Gardanne y de su hija.

--Al fin llega usted!--dijo Martholl, ayudando a Mara Teresa a
quitarse el abrigo, mientras su ta agregaba:

--Era tiempo! Felizmente no los hemos esperado, que si no, perdamos el
primer acto, que es precioso. Por qu tardaron tanto?

--Hasta el ltimo minuto, mi hermana no saba si vendra...

--Todo es bien, si bien termina, Jaime!--respondi alegremente
Martholl, instalando a Mara Teresa entre su ta y Diana.

Como mirara a las dos jvenes, no pudo contenerse de decir, dirigindose
a su novia:

--No encuentra usted que su prima est interesantsima esta noche?

Diana estaba, en efecto, muy elegante con un traje blanco, discretamente
escotado. Al or estas palabras de alabanza, no pudo disimular una
sonrisa de triunfo.

Mientras la cumplimentaba, Huberto, habiendo examinado a su novia con
ojo escrutador, aadi en el mismo tono que habra empleado para
reprochar una incalificable falta de correccin:

--Por qu se ha puesto usted este vestido tan sombro? Su toilette est
algo fuera de lugar aqu, en una noche de estreno.

En efecto, Mara Teresa, en sus preocupaciones hasta el momento de
salir, no haba pensado en ponerse un traje de gala.

Ofendida por esta observacin, que consideraba inoportuna, la joven
replic con viveza:

--Qu singular es usted! cree que no hay ms ocupacin que la de
pensar en vestirse y adornarse?

--Perdneme, querida amiga, pero he hablado por amor a la oportunidad y
a la correccin.

Despus de contestar, Huberto, incomodado, se ech un poco hacia atrs.
Entonces la seora Gardanne, como si hubiera querido prevenir una
querella de enamorados, dijo en tono conciliante:

--Es un trastorno tan grande, un enfermo en una casa!

--Muchas gracias, ta; pero no necesito ser excusada--declar framente
Mara Teresa.

El teln se levantaba y todo el mundo call.

Desde las primeras palabras de los actores, la joven comprendi que no
podra interesarse en lo que pasaba en la escena. Su atencin no se
sostena, a pesar del inters de la pieza, la calidad de los actores y
la amenidad de una sala tan selecta. Todo lo que all haba, gente,
ruido, luces, desapareca ante su preocupacin. Sus ojos, rehusando ver
la realidad, miraban en su interior el cuadro que su imaginacin
inquieta les presentaba. En lugar de aquella sala de teatro, donde
florecan hermosas mujeres entre terciopelo rojo, oro y brillantes,
tena la percepcin de un cuarto sombro, de la cama de su padre y bajo
la luz velada de la lmpara, inclinado sobre un montn de papeles, de un
rostro grave y pensativo.

Oa rer a Huberto y a Diana. De qu? Ella nada haba comprendido.
Ellos seguan la pieza, sin duda; trat de hacer como ellos, de dirigir
su espritu fugitivo a la obra, pero fue en vano: la imagen de Juan
reapareca. Lo vea alineando cifras a la luz triste de la habitacin.
No era como los otros, Juan no se pareca a ninguno de los que la
rodeaban. No conociendo ms que el trabajo y el deber, la imperiosa
necesidad de distracciones sociales no exista para l.

Sin embargo, l haba dicho: Vaya a divertirse, yo estoy contento de
quedarme aqu. Pero, qu pensara de ella, de la poca vacilacin que
haba tenido en dejar a su padre para venir al teatro?

--Qu hago yo aqu?--pensaba,--para qu he venido? Se acord que haba
sido con el nico objeto de complacer a Huberto; dio vuelta hacia l, a
fin de convencerse, a lo menos, de que su presencia lo haca feliz. Pero
Huberto no la miraba, su atencin estaba consagrada a la seorita
Brandes, que estaba en la escena, y pareca no ocuparse ms que de ella.

--Me alegrara mucho de irme a casa--pensaba Mara Teresa.

Tuvo, no obstante, que esperar al fin del segundo acto, y que asistir a
una parte del tercero; entonces, no pudiendo contenerse ms, y a pesar
de la insistencia en que se quedase, present sus excusas a su ta,
agradeci a Huberto su atencin y rog a su hermano que la acompaase a
su casa.

Apenas haba salido del palco, cuando ya Diana se volva hacia el novio
abandonado, y le deca:

--No comprendo a Mara Teresa. Marcharse as en el momento ms
interesante, es absurdo... Casi es una descortesa hacia usted. No ha
tomado usted este palco para ella? Convengamos: mi to no est tan
enfermo como para que ella no pudiera quedarse hasta el fin.

--Est inquieta--dijo Huberto;--se explica; adora a su padre.

--S, pero esta es una exageracin de amor filial, y casi un atentado a
su amor conyugal.

--En fin, esperar a que el seor de Chanzelles se restablezca, entonces
recuperar mis derechos de novio.

--Es de desearse--dijo la seora Gardanne.--Mi pobre hermano tiene,
creo, en este momento, graves intereses en juego; no convendra que
estuviese mucho tiempo enfermo.

--Ah! realmente?--interrog el joven.

--S, mi marido se preocupa de eso hace varios das.

Huberto, comprendiendo que sera poco delicado sorprender de esa manera,
cosas susceptibles de interesarlo, demostr indiferencia, con gran
contrariedad de Diana, y habl de otra cosa.

Una gran calma adormeca su casa cuando entr Mara Teresa.
Tranquilizada por este silencio, subi sin hacer ruido hasta el cuarto
de su padre, y como la puerta estaba entreabierta, se desliz al
interior. En seguida se detuvo.

Era el mismo cuadro que se le representaba, acosndola, en el teatro: la
plida cabeza del enfermo descansaba sobre las almohadas, y la blancura
del lecho resaltaba bajo las cortinas cadas. En un rincn, dbilmente
iluminado por una lmpara baja, Juan escriba.

Avanz suavemente hacia la mesa de trabajo, y el joven, habiendo
levantado los ojos, vio surgir de la penumbra el rostro de la que amaba.
No pareci sorprendido; mirando la aparicin con sonrisa de exttico,
murmur como en sueos:

--Fantasma querido!

Mara Teresa no poda sorprenderse de los extraos efectos alucinantes
de un pensamiento absorto. No haba evocado ella haca un momento, lo
que vea all, en aquel cuarto? Comprendi que su verdadera imagen se
sobrepona al sueo interior de Juan; respetando su locura permaneci
ante l, muda y pensativa, no osando moverse.

Pero Juan haba recobrado el sentido de la realidad; balbuce,
levantando los ojos hacia ella:

--Es usted?... Es usted?... Ya!... Ha concluido el espectculo?
Disculpe mi confusin, pero estoy absorto en abominables clculos.

Mara Teresa, simulando que no vea la turbacin de Juan, dijo:

--No he tenido valor para or el tercer acto; la inquietud me torturaba.

--Por qu, si yo estaba aqu? Hace usted mal en no tener confianza en
m. Mire, su padre est tranquilo; se despierta de tiempo en tiempo, me
llama, y despus vuelve a dormirse, satisfecho de verme trabajar a su
lado.

--Ah, qu bueno es usted de velarlo as!

Juan, contemplando siempre a la joven, respondi sonriendo:

--Entonces usted cree realmente que yo hago algo meritorio? Espero que
no... Porque eso me hara suponer que usted no es muy difcil de
contentar en materia de acciones loables.

Mara Teresa, sin contestar, evolucion lentamente por la pieza.
Descubri, en breve, lo que buscaba, sobre una pequea mesa: jamn,
pollo fro, asados, manteca, miel, ron y todos los utensilios necesarios
para hacer t.

Se volvi hacia el joven:

--Juan, mi madre ha hecho preparar algunos alimentos para ayudarle a
pasar la noche. Quiere usted que yo le sirva su cena?

--Gracias, no necesito nada.

--S, usted necesariamente tiene que tomar algo.

--No, no, se lo aseguro.

Hablaban en voz baja; sus palabras eran, apenas un murmullo. Juan vea
cerca de l la cara querida, los hermosos ojos soadores que evocaba tan
a menudo y en el silencio de aquel cuarto de enfermo, una profunda
turbacin lo invadi.

Mara Teresa, como si tuviera conciencia de lo que pasaba en l,
creyendo eludir aquel lazo tendido por la soledad y la exaltacin de la
velada, pronunci con entonacin imperiosa y porfiada:

--No le pido su opinin: hay que cenar; esta mesa revela de una manera
perentoria la orden de mam... es intil que se ra y mueva la cabeza,
usted cenar, Juan! Quin me habr dado un amigo tan caprichoso?
Pronto, un fsforo para encender el calentador! Ah! Juan, usted era un
amigo ms obediente en otro tiempo... Entonces cumpla todas las
rdenes de Teresita!

Juan se estremeci y sin fuerzas ante el recuerdo del querido pasado,
que era su nico placer, tendi su caja de fsforos. Mara Teresa con
voz seria y cariosa continu:

--Deje un momento sus nmeros. Quiere que yo participe de su cena,
diga?... Llevaremos la mesa al gabinete de vestir; dejaremos la puerta
abierta para velar a pap, sin que nos oiga. Vamos, vamos, abandone sus
papeles durante cinco minutos, y venga a hacer la cenita...

Juan no pudo resistir ms. Dijo:

--Entonces permtame que la sirva... No era as como hacamos cuando
usted era la querida Teresita?

Con mil precauciones y cuidando de no tropezar con nada para no
despertar al seor Aubry, transport la mesa y se puso a manejar
hbilmente los diversos utensilios, preparando el t y cortando los
asados.

--Qu diestro es usted!--observ Mara Teresa.

--Le sorprende? Un buen cristalero tiene que ser diestro de manos.

Para no hacer ruido en el cuarto cambiando muebles, Juan tom un
taburete y se sent casi a los pies de la joven. Bebieron y comieron en
silencio. Juan obedeca las menores rdenes de Mara Teresa, sintiendo
una extraa voluptuosidad en resistir primero para verse despotizado y
darse luego el placer de la obediencia.

--Juan, este sandwich ms!

--No, no puedo...

--Es preciso!...

--No tengo ms ganas.

--Yo lo quiero!

--Le aseguro...

--He dicho que quiero!

Y l tomaba el sandwich ofrecido por aquella mano delicada. Qu no
habra comido, con tal de ver la sonrisa de triunfo que entreabra los
labios de su amiga! Murmur:

--Como por dems... felizmente el t me salvar, si no concluira usted
por ahogarme.

Se sonrean confiados y alegres.

El seor Aubry hizo un movimiento; temiendo despertarlo, volvieron a su
lado y permanecieron silenciosos en la calma del cuarto.

Entonces, bajo la influencia algo misteriosa del silencio y de la luz
discreta de la lmpara, el bienhechor olvido expuls del alma de Juan
todo lo que no era la real felicidad de la presencia querida. Nada
existi para l fuera de aquel ser de tal delicadeza y de encanto; crea
vivir en un sueo, no quera ni saber en qu lugar de la tierra se
encontraba all solo con ella.

S, ella estaba all, tan cerca, que senta el fino aroma de iris con
que perfumaba sus cabellos, tan cerca, que poda tocar el extremo de su
vestido avanzando la mano. Ay! tantas veces aquel ademn haba hecho
desvanecer su sueo, que no se arriesgaba ahora.

Mara Teresa se senta retenida en el canap como por invisible lazo.
Sin embargo, Juan no la miraba, ni pronunciaba una palabra. Pero,
semejantes a nubes de incienso, los efluvios de adoracin que emanaban
del joven, la envolvan en una atmsfera de ternura, y gozaba de una
sensacin de felicidad ignorada hasta entonces.

Ella misma, sin darse cuenta, rompi el encanto: habiendo avanzado la
mano sobre la mesa, en la rbita luminosa de la lmpara velada,
irradiaron los fulgores del rub de su anillo de novia y el ojo de
Juan, atrado, vio como sangrar la mano de su amada.

Con este simple juego de luz, la realidad entr de nuevo en su espritu
como duea imperiosa, suscitando el recuerdo del novio. Juan,
desalentado, apoy sobre el muro su cabeza aniquilada. Mara Teresa que
lo miraba, le dijo, sin comprender el verdadero motivo de aquel sbito
desfallecimiento:

--Usted se fatiga demasiado; no trabaje ms esta noche, se lo ruego.
Vea, mi padre duerme, es intil que usted se quede a velar toda la
noche.

Y como se levantase dirigindose hacia la cama, Juan exclam con un
gesto de indiferencia:

--Qu importa que yo duerma o que yo vele!... Adis, Mara Teresa!...

Y la condujo hasta la puerta de la habitacin.




XV


A la maana siguiente Huberto fue a hacer su visita habitual.

Cuando su prometido se march, Mara Teresa se sinti desamparada, y se
preguntaba por qu aquella visita de Huberto la dejaba tan triste.
Contribua tambin a ello la idea suya de reprocharle de nuevo el traje
sombro que se haba puesto la vspera para ir al teatro. Ah! era
siempre el clubman ligero, el hombre chic, eternamente esclavo de sus
preocupaciones de snob y esto, en el momento mismo en que ella ansiaba
sentir una emocin tierna, una solicitud afectuosa, capaz de confortarla
durante el perodo de inquietud que atravesaba.

S, ese da, todo la irritaba en l: su levita impecable, sus cabellos
admirablemente brillantes, su cara de placidez, reflejando la ntima
satisfaccin de s mismo.

Pero, despus de dar libre curso, durante algunos instantes a su
irritacin, concluy por pensar que quiz no era razonable de su parte
ensaarse as con su novio. Porque ella estaba triste, no era motivo
para que l cambiase su manera de vestir. Luego, examinndose con
sinceridad, descubri que era otra la causa de su mal humor as como de
las distracciones que haba tenido durante la visita de Martholl.

En efecto, mientras escuchaba a Martholl decirle, con su voz de
entonaciones rebuscadas, las cosas amables y triviales que acostumbraba,
el recuerdo de un semblante de rasgos demacrados, de expresin
angustiada y ardiente, hera su espritu de una manera singular. Despus
de haberse distrado pensando en esto, mir con atencin a su
interlocutor y le pareci que no vea con el mismo agrado aquellos
bigotes sedosos que antes le gustaban tanto.

Ah! Huberto no tena aspecto de fatigado, y no crea que fuera cuidando
enfermos como se fatigara nunca.

Agitada por estos pensamientos, se sinti de pronto invadida por un
remordimiento; haca mal en acordarse tanto de Juan desde que saba que
era amada por l, y mal en acoger las emociones que le produca este
recuerdo. Siendo prometida de Huberto, no deba permitir que otro
ocupase su pensamiento. Trat de convencerse que su turbacin provena
de la sorpresa que haba recibido al descubrir el amor de Juan. Y
despus, es tan triste ver sufrir! Y Juan sufra. Se conmova todava,
recordando su mirada desesperada. En su ingenuidad atribuy a un
sentimiento de piedad sus frecuentes cavilaciones sobre Juan.

Pero, puesto que ella iba a casarse, y se ira de la casa, se
consolara, sin duda, cuando no la viese ms. Los sentimientos ms
violentos no resisten a las largas separaciones. Por qu, entonces,
inquietarse tanto por aquel dolor pasajero? Ella tambin, deba
olvidarlo. Para llegar a este resultado trat de concentrar todo su
poder de evocacin sobre los meses de verano, durante los cuales Huberto
la haba conquistado, en la alegra de aquella playa normanda tan
propicia para el flirt. Pero desgraciadamente, el estado de su espritu
no se prestaba a las reminiscencias alegres; no se armonizaban con su
tristeza.

Por qu, pues, aquel amor no la sostena en las horas de prueba? Por
qu no era su refugio en los momentos sombros?

No poda admitir que, al pedir su mano, Huberto procediese por vanidad.
No! no poda creerlo. Y sin embargo, cunto vaco no dejaba en su alma
el amor de su novio! Ah! cmo habra agradecido que le murmurase
palabras de consuelo! Qu barrera contena en l esas expansiones tan
naturales entre dos seres destinados el uno al otro? Si no le demostraba
compasin en su desgracia cul era la causa? Sin duda, la naturaleza
poco sensible del joven no lo incitaba a profundizar la pena que ella
senta, ante las fatalidades que amenazaban a los seres ms caros a su
corazn. Pero ella misma no tena algo que reprocharse? Se haba
confiado a l como a un amigo y protector, en quien se busca amparo y
consuelo en el dolor? No; en vez de revelarle sus angustias se haba
contentado con escuchar distradamente las frases de saln y las
historias de club que, en su inconsciencia, Huberto no consideraba
inoportuno referirle. En justicia, se reconoci algo culpable. As,
pues, tom la resolucin de demostrarse ms afectuosa en sus prximas
entrevistas. Sera, sin duda, el mejor medio de excitar la sensibilidad
latente que, no quera dudarlo, deba haber en l.

Con el espritu lleno de estas ideas, se dirigi al cuarto de su padre;
pero, cuando estuvo a su lado, todas sus preocupaciones desaparecieron
ante el sentimiento, punzante como un dolor fsico, de su impotencia
para cuidar al querido enfermo. En la semioscuridad entrevea aquella
faz plida y demacrada, con una expresin de sufrimiento que alteraba,
hasta hacerla desconocida, su amada fisonoma. El seor Aubry no sala
de un profundo sopor, y Mara Teresa pas las lentas horas del da
velando aquella somnolencia. Al empezar la noche, se agit, y pidi con
insistencia que llamaran a Juan. Mara Teresa experiment un singular
alivio cuando apareci el joven, como si su presencia constituyera el
soberano remedio.

Desde el umbral de la puerta, Juan tuvo que responder a las
interrogaciones febriles del seor Aubry. Oyndolos hablar de negocios,
la joven se retir y baj al saln para esperar a su prometido que deba
llegar a comer con ella.

Algunos minutos despus, Huberto llegaba de frac, como era su costumbre.
Aun en la intimidad de aquellas comidas de familia, no se desprenda de
las formas convencionales de los centros mundanos. El molde de
impecabilidad social que se haba impuesto, le haba hecho perder el
sentido ntimo y familiar de la existencia. Aun a solas con su novia, no
se desarmaba, y su conversacin se refera generalmente a todas las
manifestaciones de la vida elegante y del sport.

Las primeras palabras que dirigi a la joven no eran las ms apropiadas
para animarla a abrirle su corazn, como se haba propuesto. Antes de
que ella se hubiese sentado a su lado, Huberto comenz con aire alegre:

--Estoy encantado; esta tarde he ensayado mi automvil. Es una joya,
usted ver; vuela y hace sus sesenta kilmetros por hora. Maana
temprano vengo a buscarlas! Iremos a Versalles, almorzaremos en el
camino.

--Pero usted sabe bien que mi madre y yo no podemos salir--dijo Mara
Teresa, que, para permanecer fiel a su programa, no se formaliz por la
falta de memoria de Huberto, respecto a la enfermedad de su padre.

Y se aproxim a l, cariosa y afable, tratando de provocar el incidente
sobre el cual contaba para dar ms expansin y afectuosidad a sus
conversaciones.

En ese momento se abri la puerta del saln y Juan entr.

Bruscamente, tuvo bajo sus ojos este grupo: Mara Teresa, al lado de su
prometido, sentados en un silln, e inclinada hacia l, en tanto que
Huberto estrechaba en su mano la mano de la joven. El pobre Juan tembl,
pero por un esfuerzo de voluntad se domin; no era aqul un espectculo
al que deba habituarse?

Mara Teresa bastante turbada present a los dos jvenes, aunque ya se
conocan de Etretat. Huberto salud sin levantarse. Para l, Juan no era
ms que un empleado. La joven advirti esta actitud, se ofendi y
queriendo evitar a Juan una humillacin, trat de distraer su atencin
preguntndole vivamente:

--Y bien! Juan cmo ha dejado usted a mi padre?

--Est muy nervioso. He bajado para substraerme a sus preguntas. Me veo
obligado a contestarle; eso lo fatiga; no quiero decirle nada ms esta
tarde. Como voy a comer con ustedes, su seora madre me ha aconsejado
que me refugie aqu. No incomodo?

--Absolutamente, amigo mo!--se apresur a contestar Mara Teresa.

Hablando, Juan se acerc a una mesa, tom de ella unos diarios, y se
aisl en un rincn del vasto saln. Prob a leer, pero la hoja temblaba
en sus manos. Ante su impotencia para dominarse, estuvo indeciso entre
el deseo de marcharse para no ver a los novios, y el temor de parecer
ridculo abandonando el saln porque ellos estaban all.

La entrada de la seora Aubry y de Jaime lo sac de apuro.

--Amigo mo--dijo Huberto a este ltimo,--si yo hubiera sabido dnde
encontrarlo hoy, habra ido a buscarlo; he ensayado mi mquina, es una
maravilla.

--Desgraciadamente, yo trabajaba y no habra podido aceptar su amable
invitacin. Paso los das trabajando, lo cual no es divertido.

En seguida volvindose hacia Juan, Jaime continu:

--Y bien, amigo, qu hay de nuevo hoy? Vas a tranquilizarnos o a
aumentar nuestras alarmas.

La seora Aubry se acerc tambin al joven.

--No tienes aire de satisfecho, hijo mo. Se complican las cosas?

Juan respondi en voz baja, pero Huberto, al fijarse en aquellas
interrogaciones cuyas respuestas no haba odo, record las frases
inquietantes de la seora Gardanne, haciendo alusin a un asunto que
poda ser perjudicial para su hermano.

Durante la comida, Huberto hizo hbilmente algunas preguntas las cuales
fueron contestadas evasivamente, pues en el fondo todos estaban ms
preocupados de la salud del seor Aubry que de su situacin comercial.
En cuanto a Juan, haca lo posible por soportar valerosamente su
sufrimiento moral, para que nadie lo sospechase; no deba, acaso,
acostumbrarse a la idea de ver a otro al lado de la que amaba? Para
escapar a su suplicio, no tena siquiera el derecho de huir: todo lo
ataba a aquella casa, en aquel momento en que dos sombras amenazadoras
se cernan sobre ella: la ruina y la muerte. Su deber estaba all, no
poda substraerse a esta ineludible tarea.

Para olvidar la penosa hora presente, haciendo abstraccin de la
situacin en que se encontraba, se absorbi en el doloroso problema de
los acontecimientos que iban a surgir y que era necesario evitar a toda
costa. S, luchara, intentara supremos esfuerzos, y esto, sobre todo,
por Mara Teresa, a fin de ahorrarle un pesar, una preocupacin, una
lgrima. Fue todo lo que se le ocurri para consolarse de la
persistencia con que ella diriga hacia otro, la brillante luz de sus
ojos.

Despus de comer, la seora Aubry, muy fatigada por su tarea de
enfermera, se adormeci en un silln. Jaime subi a acompaar a su
padre, y los dos prometidos, no obstante los esfuerzos de Mara Teresa
para atraer a Juan a una conversacin entre los tres, concluyeron por
refugiarse en un rincn del saln.

Entonces Juan tom un libro y ley a la claridad de una lmpara; pero
pronto sucumbi a la irresistible tentacin de mirar a los que el
destino irnico pona a su frente para torturarle.

--Es necesario--se deca,--que me resigne a verlos con ojos impasibles,
y que me acostumbre a la idea de verlos luego unidos por lazos ms
estrechos an. Nunca me habituar a este sufrimiento, si lo huyo
siempre.

Dej su libro; se crea fuerte y dueo de sus sensaciones, en tanto que
fijaba sobre los novios ojos de loco. Pensando que Mara Teresa estaba
demasiado ocupada para fijarse en l, no trataba de disimular la
turbacin que le agitaba.

Fcil era notar todos los sentimientos que pasaban bajo aquella mscara
de un ser apasionado y simple, asolado por un amor contra el que su
voluntad nada poda. Como Juan se hallaba en plena luz, ninguna
contraccin de sus rasgos escap, en breve, a Mara Teresa; comprendi
la emocin intensa y dolorosa que le haca vibrar ante sus menores
ademanes y los de Huberto. Incapaz de continuar haciendo sufrir a Juan
semejante suplicio, Mara Teresa se levant.

--Soy muy mala duea de casa, seores! Puesto que mam duerme podemos
pasar al saln chico. Venga usted con nosotros, Juan, voy a tocar una
pieza de Mozart en el clavicordio de Mara Antonieta. Cerraremos la
puerta para que las dbiles notas del clavicordio no se oigan en el piso
de arriba.

El saln chico era precioso con su tapicera Luis XVI de muar blanco
rayado de azul plido, sus muebles de vieja laca de coromandel y sus
largos espejos colocados sobre delicadas consolas.

--Van ustedes a penetrarse--dijo la joven abriendo el viejo
instrumento,--qu lindo sonido tiene todava.

Mientras Juan, que los haba seguido, buscaba el medio de hacerse
olvidar, Martholl se instalaba al lado de Mara Teresa, emitiendo
algunas reflexiones de conocedor sobre las cosas que adornaban el saln.

--Es por herencia como tienen ustedes este instrumento, y saben si
realmente ha estado en algn Triann?

--Usted ignora, entonces, que no existen clavicordios de la poca, que
no hayan pertenecido a la Reina? Supongo que ste no escapa a la ley
comn, y aunque proviene simplemente de la venta de un coleccionista
clebre, cultivo piadosamente esta leyenda, cuya autenticidad tiene por
suprema garanta mi propia autoridad reforzada con la del profano
vendedor.

La joven se puso a tocar un _Lied_ de Mozart, y despus cant la romanza
de Martini Placer de amor.

Las notas volaban como suspiros, su timbre antiguo haca ms adorable
aquel canto entonado por una voz fresca.

Juan, cerrados los ojos, saboreaba el encanto de aquella meloda de
antao, que pareca el eco lejano de un pasado muerto.

Se senta triste hasta derramar lgrimas.

Un grito de espanto de la joven lo arranc a su sueo doloroso. Abri
los ojos, y vio cerca de Mara Teresa una llama ondulante que suba
hasta el techo.

Un doble movimiento, arroj en sentido inverso a Juan y a Huberto.
Mientras ste tocaba apresuradamente el botn elctrico, Juan arrancaba
la pantalla de vitela que arda, los papeles de msica encendidos a su
contacto y, oprimiendo todo entre sus manos, sofoc el fuego.

--Ha tenido usted miedo, Mara Teresa?--pregunt ansioso.--Yo tambin.
He temido un instante que el tul de sus mangas recibiera alguna chispa.

--No, no tengo nada, gracias, Juan--respondi la joven.

Luego mir rindose a Martholl que vena hacia ella, y aadi, algo
maliciosamente:

--Qu ha ido usted a hacer cerca de la puerta, en vez de apagar este
fuego artificial?

--Pues... llamaba al criado.

En efecto, el criado entraba en este momento; slo tuvo que recoger los
restos carbonizados tirados por el suelo.

--Y si nadie me hubiera socorrido--continu Mara Teresa
sonriendo,--habra sido vctima de este accidente. No se lo reprocho;
pero usted ha querido encender estas bujas de cera que quieren ser de
la poca, y ha colocado mal la pantalla que usted ha hecho arder.

Luego ponindose seria y tomando de improviso los puos de Juan:

--Mustreme usted sus manos, estoy cierta que se ha quemado!

Algunas manchas blancas aparecan, en efecto, estirando las manos que
Mara Teresa tena entre las suyas.

--No es nada--dijo Juan,--un cristalero viejo sabe jugar con el fuego.

--Yo comprend en seguida que no haba ningn peligro--repuso Huberto,
tratando de justificarse,--tena tiempo de llamar, y no me cre obligado
a ensuciarme las manos por un apresuramiento intil. Es ridculo perder
la cabeza por tan poca cosa.

--Pero--contest Mara Teresa en un tono de suave irona,--no me habra
disgustado verlo desafiar por m el peligro de tiznarse un poco las
manos.

Luego, despus de un silencio, aadi:

--Basta por hoy, yo no podra seguir tocando despus de semejante
emocin. Adems es tarde; le pido permiso para despedirlo, Huberto.

Haba abierto la puerta del otro saln, y mostrando a su madre dormida
cerca de la chimenea:

--Miren a la pobre mam, no quiero obligarla a quedarse ms tiempo aqu.
Voy a conducirlo--agreg, viendo que el joven la segua obediente.

A Juan le pareci que Mara Teresa permaneca una eternidad en la
soledad del vestbulo.

Qu hacan all? qu le dira aquel hombre que ahora tena casi
derechos sobre ella? No, no, lo presenta, no se curara nunca de
aquellos espantosos celos.

Cuando la joven volvi, qued asustada del aire desesperado de Juan.
Entonces, en su turbacin, todos sus proyectos de calma y de frialdad
volaron. Un sentimiento que ella crey ser de piedad, la arrastr de una
manera irresistible hacia aquel ser que sufra por ella, y en un
arrebato de ternura le pregunt:

--Le duelen sus quemaduras, Juan? No? Bueno, vamos a subir juntos
quiere, amigo mo?

Haba pasado su brazo bajo el de Juan e instintivamente buscaba un apoyo
en aquel hombro robusto. Sintindose as al lado de l, como en otro
tiempo, los recuerdos de su infancia se agolpaban en su mente:

--Recuerda el tiempo en que yo era chica? Yo lloraba para que usted me
condujera sobre sus espaldas al subir las escaleras; qu triunfo cuando
usted ceda a mis caprichos de beb, usted, el muchacho grande y
juicioso!

--Que si me acuerdo!--exclam Juan.

Y mentalmente pensaba:

--No sospecha que es de ese pasado de lo que vivo! Ah! si pudiera
tenerla as a mi lado, libre todava!

Para aturdirse, busc algn recuerdo que evocar:

--Y aquel gran ltigo que usted se haba procurado para pegarme mejor
cuando jugbamos a los caballos? Usted deca que pegando fuerte tena
aire de verdadero cochero.

--Oh! Juan, cunto he debido hacerlo sufrir! Por qu soportaba con
tanta paciencia aquellos caprichos de nia mimada?

l, mirndola con infinita ternura, murmur a pesar suyo:

--Jams, en aquellos minutos, sufr tan cruelmente como ahora!

Mara Teresa se estremeci, pero no pudo responder porque la seora
Aubry que suba detrs de ellos, los alcanz para decirle a Juan:

--Quieres velar tambin esta noche, hijo mo? No, esta noche le
corresponde a Jaime...

--Voy solamente a ver si mi querido seor no me necesita--respondi Juan
sencillamente--y si Jaime no se ha dormido.

Despus, estrech las manos de la seora Aubry y de Mara Teresa, y se
march.




XVI


A la maana siguiente, Huberto reciba un mensaje de su madre
invitndolo a pasar por su casa sin demora.

Algo inquieto, se dirigi a la calle Astorg y encontr a la seora
Martholl instalada en su gran escritorio. Siempre metdica, termin
primeramente la carta que escriba; en seguida, tendiendo la mano a su
hijo:

--Eres exacto, me gusta eso. Siento haberte incomodado tan temprano;
pero tenemos cosas serias y urgentes de que ocuparnos. A pesar de mi
indicacin, t no te has procurado nuevos informes sobre la casa Aubry.

--No, en efecto--balbuce Huberto con turbacin.

--Es confesar que no tienes en cuenta mi opinin.

--Ya le dije a usted, madre, que los informes que tenamos me parecan
decisivos.

--Pues te equivocabas. Hay cosas que nunca son decisivas. En fin, lo que
t no has credo conveniente hacer, yo lo he hecho.

--Y qu ha sabido usted de nuevo?

--Que la casa Aubry acaba de ser gravemente perjudicada por un cierto
banco Raynaud, y que le costar mucho reponerse del golpe, si se repone.

--Ah!--dijo Huberto visiblemente contrariado.

--Estos sucesos concuerdan de una manera singular con la enfermedad del
seor Aubry. No estoy distante de creer que esta enfermedad es producida
por la conmocin que ha recibido al conocer ese desastre financiero. He
sabido tambin, que la casa Aubry estaba mal preparada para soportar
semejante choque; el seor Aubry es menos industrial que artista; parece
que el ao pasado ha gastado sumas enormes en ensayos. Este terrible
suceso lo sorprende, pues, en plena dificultad pecuniaria. He ah cul
es su situacin. Como ves, no es brillante.

--Y qu puedo hacer? Me es imposible, decentemente, retirar mi
palabra... Adems, yo amo a Mara Teresa.

La seora Martholl mir framente a su hijo y pronunci:

--Naturalmente... Yo no te aconsejara tal villana. La vida no se
compone nicamente de cuestiones de dinero, y un hombre como t no puede
romper su casamiento por tal razn; pero si te es imposible retirarte
desde ahora, puedes favorecer los acontecimientos obrando de tal manera
que te devuelvan tu palabra. Para llegar a este resultado hay varios
medios perfectamente correctos.

Huberto mir a su madre con estupefaccin; la conoca como muy hbil,
pero aquella astuta previsin lo desconcertaba.

Despus de un silencio dijo:

--Le he dicho a usted la verdad, madre. Amo a Mara Teresa; una ruptura
me hara desgraciado.

--Comprendo ese sentimiento--concedi la seora Martholl duea siempre
de s misma;--est justificado por el encanto de la joven. Pero pongamos
la cuestin bajo su verdadero aspecto. Considera un instante que si esa
casa, a consecuencia de la catstrofe conocida, hiciera malos negocios,
que si para colmo de mala suerte, el seor Aubry llegase a morir,
sobrevendra la ruina en breve trmino. Ahora bien, no se tratara ya de
la renta impaga, sino de una joven sin dote, con la perspectiva de tener
a su madre a tu cargo. Qu haras t, entonces, mi pobre Huberto? No
seran tus ocho mil pesos de renta los que bastaran para todo eso y te
permitiran llevar la vida tal como t lo comprendes. Reflexiona, hijo
mo, y concluirs por estar de acuerdo conmigo. Es la experiencia, la
razn, que me aconsejan hablarte as, por ms pesar que sienta de perder
tal nuera.

--Y si yo me conformase con su opinin qu sera necesario hacer, segn
usted, puesto que usted conviene en que no es honrado alegar un motivo
tan run como el de la cuestin de dinero?

--Habra que dejar correr el tiempo--dijo lentamente la seora
Martholl--y encontrar pretextos para prolongar el noviazgo
indefinidamente. El tiempo, a menudo, se encarga de dar solucin a los
problemas ms difciles! Es un gran auxiliar, le tengo gran confianza.

Huberto se separ de su madre, triste y descontento, pero bien decidido
a mantener la palabra dada a Mara Teresa.

De vuelta en su casa, recorri los diarios y pudo leer los detalles de
la quiebra Raynaud, as como el relato de la muerte trgica de Pablo
Raynaud, a quien haban encontrado en su cuarto, perforada la sien por
una bala de revlver. Varias casas importantes, se deca, se encontraban
envueltas en este desastre.

Huberto arroj el diario con clera; todo se conjuraba en ese da para
certificarle la catstrofe. A fin de distraerse de estas preocupaciones
nuevas para l, decidi que ira a almorzar al club.

Pero en el camino lo atacaron penosas reflexiones. Qu hara? Seguir
el consejo de su madre? Era duro abandonar a una prometida tan
encantadora. Tendra el herosmo de tomarla por esposa, sin dote? No
faltan familias que viven con ocho mil pesos de renta. Se puso a
equilibrar un presupuesto sobre esa modesta fortuna; pero vagamente
buscaba, combinaba y cercenaba; todas sus previsiones lo llevaban fuera
de aquella suma.

Pronto se cans de este trabajo, y, desanimado, comprendi que su buena
voluntad nada poda contra las exigencias creadas por las necesidades
del mundo en que viva, por su educacin y por sus gustos. Qu
sucedera si no tena en cuenta los apetitos que senta? Tendra
espritu de sacrificios? Un cortejo de privaciones, el largo rosario de
las economas, desfil ante l: nada de viajes, nada de caballos, nada
de partidas de placer. Despus, se abism en visiones, para l
aterrorizadoras: un sastre de segundo orden, una mujer mal vestida,
obligada a frecuentar los mnibus y los tranvas. No tard en confesarse
que sufrira de todos estos pequeos inconvenientes, y fijndose en la
importancia que haban tomado las cosas que se relacionaban con su
bienestar y su vanidad, en su alma ftil y ligera, se puso triste.
Aquellos hbitos de lujo y de confort eran ahora sus dueos tirnicos y
soberanos; no dejaran crecer nunca ms en l ningn sentimiento
desinteresado.

Perspicaz y desilusionado, comprob con loable sinceridad:

--Es demasiado tarde, la cizaa ha crecido. Luchar, pero no estoy
seguro de la victoria. Pobre Mara Teresa! Pobre de m!

Pas algunos das en una penosa alternativa no sabiendo qu hacer.
Decididamente, en el matrimonio las cuestiones de dinero se aliaban mal
con el amor. Observ entonces que la imagen de Mara Teresa, que antes
lo encantaba, se converta ahora en fuente de preocupaciones tristes, y
pensaba:

--Quiero amarla, pero no con la perspectiva de tantas molestias. Estoy
ya descorazonado y hastiado. No hay nada igual a estas terribles
cuestiones de la lucha por la vida, para sofocar todo noble impulso de
amor.

Bajo el imperio de este sentimiento, saturado de prudente indecisin, el
joven concurra cada vez ms irregularmente al hotel de la calle
Vaugirard.

Mara Teresa pareca cambiada tambin; no estaba ya alegre; su tristeza,
justificada por la enfermedad persistente del seor Aubry, corroboraba
las reflexiones desesperantes de Huberto.

Durante sus visitas, que haca sucesivamente ms cortas, evitaba con
habilidad toda alusin a los acontecimientos desagradables que haban
perjudicado la cristalera. Un da, sin embargo, encontr a su prometida
tan visiblemente apesadumbrada, que le fue imposible dejar de
preguntarle la causa:

--Qu tiene usted, Mara Teresa? Se dira que usted ha llorado...

--Es cierto, he llorado. Es tan doloroso ver sufrir a un hombre tan
enrgico como pap! Ha pasado por las ms grandes pruebas con valor, y
ah est, abatido por la enfermedad. Lo que ms me hace sufrir, es la
idea de que su estado se agrava por las preocupaciones. Sabe usted,
Huberto, que los asuntos de la cristalera van mal? Esa quiebra de
Raynaud nos ocasiona prdidas considerables, y es triste para mi padre
ver la obra de toda su vida puesta en peligro por la falta de un
especulador imprudente. Comprendo cunto sufre mi padre; estoy segura
que por nosotros, se desespera al ver su fortuna quebrantada. Dios mo!
qu importa el dinero! Creo que yo me pasara fcilmente sin l, con
tal de conservar a mi lado a los que amo!... Es todo lo que deseo...

Obligado por la nueva actitud que se haba impuesto, Huberto permaneci
fro.

Cuando reproch a su madre su exceso de desconfianza, se conoca mal. A
su vez l la abrigaba tambin hasta el punto de quedar impasible,
correcto, ante tanta afliccin. El giro que tomaba la conversacin, lo
sumi en molesta perplejidad, y, sin embargo, las palabras francas y
sencillas de la joven despertaron en l sentimientos bastante
caballerescos, pero contra los cuales se apresur a luchar,
consiguiendo triunfar.

Si hasta entonces no haba sido desconfiado ahora lo era; separndose de
las regiones sentimentales a que lo conduca, a pesar suyo, el
desinters expresado por Mara Teresa, entr pronto en consideraciones
que juzg llenas de perspicacia. En efecto, por qu su prometida le
confiaba por primera vez los quebrantos de dinero que afectaban a su
padre? No era aquello una maniobra hbil, a fin de prepararlo a la idea
de casarse sin dote? Quiz quera enternecerlo con lgrimas, y
arrancarle protestas y juramentos que lo ligaran ms. Las jvenes son a
veces tan astutas! Era imposible que habiendo vivido en el lujo desde su
infancia, Mara Teresa se mostrase tan indiferente por la prdida de su
fortuna. Y de induccin en induccin, Huberto se convenci de la verdad
de las hiptesis sugeridas por su egosmo desconfiado.

--No pisar la trampa--se dijo.

Sinti alguna vanidad en justificar lo dueo que era de s y de los
acontecimientos, y se crey estar al abrigo de los desfallecimientos de
su sensibilidad. No! no sera el ingenuo susceptible de caer en un
lazo, aunque este lazo le fuese tendido por la ms seductora de las
mujeres. Ahora bien, como era incapaz de efectuar la doble operacin de
juzgar framente la situacin y de encontrar palabras de consuelo para
aliviar el pesar de la joven, no supo qu decir, y se content con dar a
su fisonoma de hombre de mundo bien educado, una expresin de
compasin.

Mara Teresa que no comprenda aquellos movimientos de alma, no poda,
en su lealtad, penetrar el sordo trabajo de la defeccin. Absorta en
sus punzantes inquietudes, continu pensando en alta voz:

--No s lo que va a suceder. Felizmente, Juan conoce a fondo el asunto y
asegura que slo se trata de un momento difcil, del cual saldremos con
la frente alta. A m lo nico que me preocupa es la enfermedad de mi
padre, y todo lo que deseo es que se restablezca pronto. En cuanto a lo
dems suceda lo que Dios quiera.

Huberto encontr por fin algo que le interesaba esencialmente decir. Con
voz tierna, cuyas entonaciones musicales eran destinadas a dulcificar la
significacin de las palabras, como una buena salsa disimula un mal
manjar, dijo:

--Tiene usted razn, Mara Teresa, de preocuparse nicamente de la salud
del seor de Chanzelles. Qu importa lo dems al lado de eso? Sabremos
esperar con paciencia das mejores; seguiremos de novios un ao... dos
aos si es necesario.

Mara Teresa, distrada por sus inquietudes, no atribuy ninguna
importancia a esta proposicin hecha en un tono afectuoso.

Durante una hora ms, cambiaron palabras triviales, sin apercibirse de
que, mientras estaban all frente a frente, sus dos almas, perdidas en
abstracciones diferentes, se encontraban ya lejos, una de otra.

Al dejar a Mara Teresa, Huberto se hallaba casi contento; se senta
librado de un gran peso. Por qu aquel alivio? Reflexionando,
comprendi que haba terminado con el perodo de indecisin que su amor
a su novia y algunas veleidades de desinters por los bienes terrenales,
le haban hecho pasar. Acababa de pronunciar las primeras palabras
liberadoras. Ahora entraba, sin pesar, sin esfuerzo, en la senda
indicada por la experiencia de su madre.

No haba habido violencia; le haba bastado dejarse dirigir por los
acontecimientos, secundados por su naturaleza egosta. La solucin, bajo
la forma de una ruptura probable, que lo asustaba pocos das antes, le
pareca hoy casi deseable, lo mismo que necesaria, si los asuntos
seguan mal. En ese momento todo iba perfectamente: Mara Teresa pareca
haber consentido en demorar su casamiento hasta una fecha lejana e
indecisa. Huberto, satisfecho de aquella vaga determinacin, que lo
alejaba del cumplimiento de su compromiso, se prometi no precipitarse.
Si los asuntos se arreglaban, sera muy feliz casndose con Mara
Teresa; si por el contrario el derrumbe se verificaba, sabra
substraerse por medio de alguna ltima habilidad. Siempre le quedara el
placer de haber sido admitido en la intimidad de aquella joven
distinguida, porque era realmente encantadora, tan fina, tan linda!

Sin embargo, haca unos das mostraba un carcter demasiado inclinado a
la melancola. Desde el principio de la enfermedad de su padre, se
afectaba desmedidamente; en la hora actual aquello pasaba de los lmites
de la piedad filial. A Huberto no le gustaba mucho ver en su novia esa
tendencia a dramatizar los hechos, a transformarse, sbitamente y sin
pena, en enfermera. Qu diablos! hay que ser razonable; no sera
divertido si, una vez casados, tuvieran que suspender el curso ordinario
de su existencia porque haba algn enfermo en la familia; no deseaba
este exceso de sensibilidad en la futura seora Martholl. Quera una
mujer que tomase la vida por el buen lado, feliz en gozar del lujo,
satisfecha de ser del mundo y contenta de divertirse en su compaa.
El encanto que lo haba retenido al lado de Mara Teresa, haba volado
al soplo de la fortuna adversa, y trataba de sustituir a la dulce
fisonoma que lo seduca todava, la de miss Maud Watkinson, bellsima
joven americana a quien acababa de ser presentado en casa de la Condesa
Husson.

Esa, s, se interesaba en cuanto puede inventarse de ms excitante, en
punto de distracciones de toda especie. Si no fuera prometido de Mara
Teresa, le habra agradado buscar la compaa de aquella joven yanki. Se
deca que era muy rica; pero, aparte de esta cualidad esencial para l,
era protestante y de familia desconocida y no responda mucho a la
segunda parte del programa trazado por la seora Martholl, que no
aceptara jams a aquella nuera de ultramar.

El recuerdo de miss Maud Watkinson hizo recordar a Huberto que estaba
invitado para la maana siguiente a una partida de sport en que ella
deba encontrarse en casa de los Brimont, en Compiegne.

Haca algn tiempo que, preocupado de las desgracias por que pasaba
Mara Teresa, y creyendo correcto participar de ellas, haba vivido en
lo que llamaba el retiro; es decir que se haba presentado poco en el
gran mundo, salvo en el club y en algunas comidas ntimas. Pero las
palabras dichas a Mara Teresa lo desligaban. Evidentemente si su estado
de noviazgo deba prolongarse, no poda continuar aquella vida de
anacoreta. Por lo pronto haba hecho bastantes sacrificios en obsequio a
los lazos superficiales que lo unan a la joven; tena que serle
permitido distraerse, y concluy dicindose en su fuero interno:

--Maana, a ms tardar, partir para Compiegne; me olvidaran si no me
viesen ms en casa de Brimont ni en las caceras del Marqus de Gerfant.
Adems, acabara por enfermar en esta casa de Chanzelles; son lgubres a
desesperar, desde que la enfermedad ha entrado en la casa y la ruina la
amenaza. Cuando he pasado una hora all siento que me salen canas. Hasta
por la misma Mara Teresa es mejor que durante algn tiempo la vea menos
a menudo. Yo no puedo amar en la tristeza, y me causa un fastidio tan
grande ver caras de enfermos y ojos con lgrimas, que no tardara en
tomarle horror a la casa misma. Por nada del mundo querra que mi pobre
amiga viese un da que me pongo de mal humor a su lado.

No fue, pues, por pura caridad que Huberto resolvi ir con menos
frecuencia a casa de los Aubry. Al mismo tiempo juzg que en su estado
de espritu le convena divertirse, y como pasaba por delante del Teatro
de Variedades, entr a tomar un palco, para pasar aquella noche en
alegre compaa.




XVII


Lejos de decrecer, la enfermedad del seor Aubry tenda cada da a
agravarse; senta grandes dolores de cabeza; el menor ruido,
repercutiendo en su cerebro adolorido, le causaba vivos sufrimientos,
por lo cual se evitaba todo lo que pudiera turbar su descanso. Se
hablaba en voz baja; se caminaba ahogando el ruido de los pasos; el
palacete, tan alegre antes, pareca habitado ahora por sombras tristes y
silenciosas. Desde la misma calle, no suba ningn ruido; una espesa
capa de arena haba sido extendida delante de la fachada para apagar las
pisadas de los caballos y el rodar de los carruajes.

La luz tambin estaba proscripta del cuarto del enfermo, que era
cuidado, en la oscuridad de los postigos cerrados y de las cortinas
corridas, al trmulo resplandor de una lmpara. En estas condiciones la
permanencia a su lado durante das enteros, constitua una verdadera
fatiga, pues el seor Aubry, como nunca haba estado enfermo, demostraba
muy poca paciencia.

Aparte de Juan, no toleraba en su cuarto ms que a su mujer y a su hija,
y no quera ser cuidado y servido sino por ellas.

Como enfermero, Jaime no serva; su padre no poda tolerar la torpeza de
sus movimientos. El joven era naturalmente brusco, y a pesar de su buen
deseo, se adaptaba poco a las circunstancias: los muebles, las
porcelanas, los vasos temblaban a su aproximacin. Para la noche no se
poda contar con l; la atmsfera pesada del cuarto lo adormeca en
seguida, y los quejidos de su padre eran impotentes para despertarlo.

Generalmente era Juan quien velaba al seor Aubry. Este, por lo dems,
lo llamaba sin cesar, para hablarle de los asuntos de la cristalera.
Algunas veces el joven consegua calmar sus inquietudes, pero otras le
daba trabajo, sobre todo cuando se impona la necesidad de obtener una
firma.

Entonces el seor Aubry sala de su sombro abatimiento para caer en una
especie de fiebre exasperada. Tena a Juan de pie delante de la cama
durante horas enteras, lo interrogaba, y frecuentemente toda la noche
transcurra en discusiones interminables. La paciencia del joven era
inagotable y pasaba, sin lamentarse, de la labor del da a la fatiga de
las noches.

Mara Teresa se habituaba tambin a confiar en su presencia. Cuando
sonaba la hora de la llegada de Juan, acechaba sus pasos en la escalera.
Al principio lo haca maquinalmente, ansiosa de ver calmarse a su padre;
pero una noche sorprendiose de esperar a Juan tan febrilmente... Cmo,
su camarada de la infancia la preocupaba haca algn tiempo! Era, pues,
un hombre nuevo o lo haba desconocido hasta entonces?

Tuvo que reconocer que su inters por l haba estado paralizado durante
mucho tiempo por consideraciones completamente exteriores, es decir,
porque las maneras de Juan no haban tenido siempre esa elegancia
convencional que se encuentra en los hombres de mundo.

S, lo reconoca; el exterior de un cualquiera la haba inducido a
ignorar el alma de aquel ser superior. Cunto deploraba en ese momento
su snobismo que tantas veces haba contribuido a que prestase atencin a
los jvenes segn el mrito de apariencias superficiales y ftiles!
Juan, por lo dems, no chocaba ya las ideas exageradas que tena
respecto a la necesidad de cierto esmero en el vestir; por lo contrario,
la simplicidad elegante del joven le gustaba, se armonizaba con su
naturaleza de luchador infatigable, que no economizaba ni su tiempo ni
sus fuerzas.

Sentada en el gran silln, cerca de la cama de su padre, y no pudiendo
en aquella oscuridad entregarse a ningn trabajo manual, pasaba estos
momentos de ocio forzado, analizando los pensamientos nuevos que nacan
en su espritu.

Mecida por el montono tic-tac del reloj, apoyaba su cabeza contra el
alto respaldo del silln, dejando errar sus miradas de las llamas de la
chimenea a las sombras que bailaban sobre las paredes, y pensaba en
Huberto y en Juan.

Mara Teresa posea ese sentido crtico, ese espritu de anlisis que
sabe deducir de un hecho algo ms que el incidente trivial. Desde que
los das transcurran para ella en largas meditaciones, la noche en que
los dos jvenes se haban encontrado, le haba venido frecuentemente a
la memoria, y la escena de la pantalla incendiada, que la haba hecho
rer primero, le sugera ahora serias reflexiones.

Toda la oposicin de carcter que exista entre aquellos dos hombres se
revelaba en la accin impulsiva que cada uno de ellos haba tenido,
obrando bajo la influencia del instinto. Aquella accin la iluminaba
sobre la diferencia completa de sus dos individualidades. En la manera
que haban conducido Juan y Huberto en esta circunstancia, sin tiempo
para reflexionar, obedecan a la esencia misma de sus naturalezas. Mara
Teresa comprenda que la actitud del uno y del otro era la expresin
franca de sus respectivas educaciones. De deduccin en deduccin, un
juicio razonado se formulaba en el espritu de la joven.

Ciertamente, no dudaba del valor de Huberto, y no exageraba tampoco la
importancia del acto de Juan. No era por falta de valor que aqul,
concurrente asiduo de las salas de armas, recurra a un criado para
apagar papeles inflamados; era simplemente por no efectuar una operacin
que le pareca indigna de l. A este sentimiento se una una cierta
impotencia fsica: llamaba en su auxilio por ignorancia, sabiendo menos
apagar un fuego que encenderlo.

Existe en las regiones subterrneas, en lo ms profundo de las entraas
de la tierra, animalculos que viven y se reproducen en aquellas capas
oscuras, y no suben jams hasta la luz del da. Como madre econmica,
enemiga del despilfarro, la Naturaleza quita a cada una de sus criaturas
los rganos que le son intiles. Estos habitantes de las regiones
tenebrosas, no teniendo necesidad del sentido de la vista, han perdido
hasta las trazas de los rganos visuales. Lo mismo sucede en el hombre;
en l se transforman y atrofian en lo moral como en lo fsico todas las
facultades no ejercitadas. Huberto representaba de una manera precisa el
tipo del hombre tal cual lo hacen sus hbitos, en una vida de lujo,
mecnica y fcil.

Mara Teresa no llegaba hasta lamentar la desaparicin del hombre de las
cavernas, defensor de su compaera en el fondo de las grutas, con palo
y hacha de piedra; pero vea con sentimiento la degeneracin de los
hijos de la burguesa, alejados por una educacin imprevisora de todo
espritu de iniciativa y de todo esfuerzo individual. En general, en
ellos, la energa ha desaparecido, y si se busca esta primordial virtud
del hombre, no se la encuentra sino en el alma de los seres forzados a
luchar para conquistar un sitio al sol.

Se hallaba en este punto de sus reflexiones, cuando la voz dbil del
seor Aubry llam:

--Mara Teresa?

La joven se levant, e inclinndose sobre el lecho, dijo:

--Qu desea usted, padre?

--Qu hora es?

--Cerca de las siete.

--Cmo es que Juan no ha venido?

La impaciencia del seor Aubry empezaba a manifestarse con la fiebre de
la noche, y su enervamiento aumentaba hasta la llegada del joven.

Con voz cariosa, Mara Teresa trataba de calmarlo:

--No es tarde, usted sabe que no puede venir hasta las ocho.

--Hoy ha debido hacer algunas diligencias cuyo resultado espero con
ansiedad; lo sabe y deba apresurarse.

--No se altere, querido pap--dijo Mara Teresa poniendo su cara sobre
el rostro del enfermo,--Juan llegar pronto.

El seor Aubry mir con dulzura a su hija.

--Mi querida hija, qu trabajo te doy! Soy muy exigente, no es verdad?

--No, pap; solamente que temo que se exaspere. El mdico le ha
recomendado calma, usted lo sabe; hay que portarse con juicio, pap
querido.

El seor Aubry call un instante, luego dijo:

--Dime, por qu no me hablas de Martholl y por qu no sube a verme?

--Creo que teme fatigarlo a usted.

--Ah!--exclam distradamente el seor Aubry, que pareca seguir una
idea.--Pide noticias mas a lo menos? Se me figura que no viene tan a
menudo; ahora no te llaman todos los das para recibirlo como en los
primeros das de mi enfermedad.

--Ha disminuido sus visitas; sin duda se ha dado cuenta de que yo no
tena tiempo disponible para recibirlo, yo no estoy tranquila sino al
lado de usted.

--Me dices la verdad, hija ma?--interrog el seor Aubry con aire
triste.

--S, padre, por qu esa pregunta?

--Porque... tengo ciertas inquietudes.... quiero hablar con Juan...

--Dgame a m...

--Sera intil; Juan ser claro; quiero hablar con Juan.

--Con Juan?--protest la joven alarmada.--No, padre, se lo ruego, no
le hable de Huberto a Juan! Para qu!... Qu puede l saber!...

--Es hombre de buen consejo y necesito saber cosas que l solo... Son
las ocho? Anda, ve si ha llegado. Estoy seguro que tu madre o Jaime lo
retienen abajo.

--No quiere usted que yo me quede?

--No, no, estoy fuerte, no te inquietes intilmente. Anda, hija ma, y
mndame a Juan.

En el momento en que sala del cuarto, Mara Teresa inclinndose sobre
el pasamano de la escalera vio subir a Juan; entonces, preocupada de lo
que su padre poda decirle respecto de su novio, y aunque considerase
esta accin poco correcta, en su gran deseo de or, entr
precipitadamente en el cuarto de vestir contiguo al dormitorio, y oculta
detrs de una cortina, escuch.

--Al fin llegas!--refunfu el seor Aubry con voz dbil,--qu tarde
vienes! Sabas que yo deba estar atormentado hoy, esperando tus
noticias. Piensa en lo horrible que es mi situacin: verme amenazado, y
estar aqu, paralizado, incapaz de moverme, y an de pensar!--aadi
llevando las manos a su cabeza, en un ademn de sufrimiento.

--Crame, seor, si usted tuviese ms calma, estara ya en pie.

--Ms calma, ms calma! es fcil de decir. Cmo quieres que asista
impasible a la crisis que nos aplasta?

--Deseara que usted tuviera en m plena confianza--respondi Juan, que
evidentemente quera eludir las preguntas sobre asuntos y nmeros.

--Ah, mi pobre Juan! tengo absoluta confianza en ti, puedes estar
seguro.

--Pues bien; si es as, por qu se inquieta? Le afirmo que conseguir
restablecer nuestro crdito y reponer nuestra casa al estado en que se
hallaba, gracias a la fabricacin a bajo precio que hemos iniciado. Le
suplico cese de atormentarse; estoy seguro del porvenir. Usted debe
creerme puesto que yo se lo afirmo; podra yo engaarlo? Los modelos
que he hecho fabricar rpidamente, han gustado. Tenemos ya pedidos muy
importantes, lo que me ha permitido tomar compromisos a trmino fijo,
para los pagos que a usted lo preocupan. Nuestra antigua venta marcha
siempre, y hasta marcha bien; el presente y el porvenir estn
asegurados; respondo de ello, mi querido seor.

--Tu iniciativa, tu energa me confunden... Ah, t me salvas, Juan!

--Pero, no, no, nada est en peligro; yo lo ayudo simplemente.

En tanto que el joven hablaba, Mara Teresa lo contemplaba: cmo haba
cambiado su fisonoma bajo la triple influencia de los tormentos de su
corazn, de su actividad cerebral y de las veladas multiplicadas! Su
cara haba palidecido; sus grandes ojos negros, brillantes de fiebre,
acompaaban singularmente la sonrisa resignada que se dibujaba en su
boca. En fin, el alma se revelaba bajo aquella ruda envoltura y daba
cierta belleza a su rostro severo. Su voz vibrante, ardiente, tena gran
encanto cuando, como en aquel momento, tomaba un acento de autoridad
mezclada de dulzura.

--Est bien, tengo fe en ti--dijo el seor Aubry que se debilitaba.--T
respondes del porvenir y del presente de la cristalera; pero hay otro
presente que me preocupa: me inquieta la situacin de mi hija a causa de
la falta de esos bribones... Al celebrar sus esponsales, contraje
compromisos, y sos t no puedes asegurarme que los cumplir...

--Por qu no?--respondi Juan, con gran calma;--sera necesario saber
qu compromisos ha contrado usted...

Pero el seor Aubry se exasperaba:

--Entonces no comprendes nada? Puedes imaginarte que al realizar esos
esponsales, he prometido una dote... S, tres mil pesos de renta y
sesenta mil en dinero contante. Podr, estando embrollados mis asuntos,
retirar todos los aos esa renta de la casa?

Juan, ayudando al seor Aubry a incorporarse sobre las almohadas, dijo:

--Podemos arreglarnos de manera que usted cumpla sus promesas sin tocar
los rendimientos de la fbrica, indispensables a nuestra produccin y a
la reconstitucin del capital perdido en el banco Raynaud.

--Cmo? di pronto!... Por qu medios? Yo he buscado y no he
encontrado nada...

--Es muy sencillo. Mientras la casa no est completamente a flote, yo
renuncio a mis sueldos; con esto, usted asegura dos mil pesos de renta a
su hija; la seora Aubry, haciendo economas en la casa, encontrar
pronto los mil pesos restantes. Para formar el capital de sesenta mil
pesos, yo traspaso al fondo social los sesenta mil pesos que usted me ha
hecho ganar. Usted podr colocarlos en el canastillo de bodas, rogando
al seor Martholl, que le conceda un pequeo plazo para la entrega de
los otros cuarenta mil pesos. De esta manera los novios tendrn algunos
aos de absoluta seguridad, aunque la fbrica no marche bien, lo que no
tenemos que temer, ciertamente.

Dominado por una gran emocin, el seor Aubry murmur con voz
temblorosa:

--Juan, hijo mo, jams consentir en que hagas tales sacrificios,
jams, hijo mo... pero te los agradezco; es bueno, es grande, lo que me
propones con tanta sencillez; es la accin de un noble corazn. T has
ganado ese dinero economizando; yo no puedo aceptarlo, sera expoliarte.

--No diga usted eso, mi querido seor... yo sera muy desgraciado.
Cmo! no comprende usted mi satisfaccin de retribuir en tan nfimas
proporciones, todo el bien que usted me ha hecho? Si Jaime fuera el
autor de la propuesta que yo hago, no la aceptara usted? Confiese que
s, que la habra aceptado. Entonces no rehuse; si no, establecera una
diferencia entre Jaime y yo, y ya no le creera yo cuando me llamase su
hijo.

--Juan, Juan!--se limitaba a repetir el seor Aubry, dominado por la
emocin.--Si t tambin eres mi hijo!

--Permtame hacer la combinacin tal como yo la entiendo. Exijo por el
momento que usted no se ocupe de nada. Si su cerebro trabajara menos,
estara ya restablecido; tenga, pues, calma, se lo ruego. En cuanto al
casamiento de Mara Teresa, no debe usted retardarlo por miserables
cuestiones de dinero. Es imposible que persista en negarse a asegurar la
felicidad de su hija por tan fciles medios.

--Su felicidad?... Esto es lo que me preocupa... Si supieras cunto me
hace sufrir la idea de que lo sucedido pudiera perjudicar a mi hija!

--No, no la perjudicar, ni siquiera lo sospechar--dijo Juan con voz
enrgica.--Ella no sabr nada, jams, de nuestra combinacin; las cosas
pasarn como si esta catstrofe no nos hubiese afectado... Ah, mi
querido seor! todo, con tal que sea dichosa!

--Pero--respondi el seor Aubry, que buscaba un medio de rehusar la
oferta generosa de Juan,--tal vez Martholl aceptara nuevas
condiciones... Ama a Mara Teresa.

--Le ruego no d ningn paso en ese sentido. No sera proceder con
dignidad, crame; eso no servira sino para arrojar el descrdito en
nuestros asuntos. Y adems, reflexione, si ese seor desconfiase de las
nuevas proposiciones modificadoras de las convenciones, sera bien
hecho de nuestra parte llevar la duda al alma de Mara Teresa? Ella cree
en ese hombre, ella lo ama... Querido seor, le suplico que haga sin
vacilar lo que le aconsejo.

--Pero, qu ser de ti, hijo mo? yo te despojara! T puedes
equivocarte. Si a pesar de tus valientes esfuerzos, nuestra casa no se
levantase?...

--Piense usted primero en Mara Teresa, en ella sola; poco importa lo
dems. Se trata de ella, no se ocupe usted de m: yo no necesito de
nada. Con tal que yo trabaje hasta mi ltimo da y que usted me guarde
un sitio a su lado, vivir resignado, si no feliz...

Mara Teresa, que no haba perdido una palabra de esta entrevista, se
sinti incapaz de continuar oyendo; abandon el gabinete y se refugi en
su cuarto para llorar.

As era lo que Juan quera hacer para que ella pudiera casarse con
Huberto. Juan, que si se pareciera a muchos otros hombres, habra
empleado su voluntad, en crear obstculos a su matrimonio. No le
bastaba sufrir en silencio! quera adems dar cuanto posea! Qu alma
ms generosa y noble!

La admiracin que senta la joven por Juan, la hizo notar, sin querer,
lo singular que era la conducta poco afectuosa de Huberto. Por qu la
rareza de sus visitas coincida con el mal estado de los asuntos del
seor Aubry? Por qu haba expresado el deseo de demorar su casamiento?
Sera solamente por delicadeza, para dejarla libre de dedicarse al
cuidado del enfermo por lo que Huberto haba manifestado aquel deseo?

S, s, ahora comprenda; tema que ella no tuviese dote, y tomaba sus
precauciones. Haba sabido, sin duda alguna, que el desastre del banco
Raynaud, perjudicaba a la cristalera. Realmente, su novio haca triste
figura al lado de aquel Juan, a quien en su estrechez de espritu, haba
considerado durante aos como un hombre de condicin inferior a la suya.
Cunta vergenza experimentaba al comprobar que no haba sabido
adivinar el valor moral de aquel ser humilde, y que haba necesitado de
aquellas circunstancias para conocerlo! Entonces se acus de ingratitud,
comprendiendo que ella era el dolo del amor de Juan.

Llamaron a la puerta; la criada vena a anunciarle que le esperaban para
comer. Se levant y se mir a un espejo; como las huellas de sus
lgrimas eran visibles todava, no quiso bajar, temiendo alarmar a su
madre, y sobre todo, porque no tena valor para ver a Juan. Contest
que, sintindose fatigada, iba a meterse en cama. En efecto, una gran
pesadez la invada; habra querido dormir, no pensar ms; pero su
sobreexcitacin demasiado grande ahuyentaba el sueo bienhechor. Sus
ojos, al cerrarse en las tinieblas, aprisionaban la imagen de Juan entre
sus prpados. Vea aquel varonil semblante, inclinado sobre el seor
Aubry, en tanto que le explicaba con voz cariosa su rudo y mltiple
trabajo, y las medidas que deba adoptar, para no aplazar el casamiento
anunciado. Qu alma ms enrgica y amorosa descubra en l! Por un
fenmeno singular, le impresionaba menos su desinters que su pasin
silenciosa semejante a un culto. Todos los flirts le haban preparado
poco para apreciar aquel noble y grande amor que se expresaba con tanta
abnegacin. Qu palabras de amor haba pronunciado Juan? Ninguna. La
pasin pura que lo devoraba no precisaba de palabras para que la joven
estuviese segura de su intensidad, ms segura que de la que otro, no
haca mucho tiempo, le afirmaba sentir con declaraciones y juramentos.

--Huberto y yo nos hemos dicho mentiras muy dulces--se deca;--pero, l
que no se ha atrevido a hablar cmo ha sabido encontrar el camino de mi
corazn!

Luego juzg que era demasiado severa con Martholl; en suma no poda
reprocharle nada decisivo que hubiese contribuido a la modificacin de
sus sentimientos. Su admiracin por la conducta de Juan bastaba, pues,
para hacerla injusta? Lanz un suspiro, viendo que no entenda nada de
lo que pasaba en ella. Y, sin embargo, entre aquel caos de impresiones,
distingua claramente la felicidad que senta por haber inspirado una
pasin tan grande. Conmovida ms profundamente de lo que hubiera
deseado, permaneci largas horas despierta, gozando unas veces en hacer
revivir los incidentes que le haban revelado la pasin de Juan, y
desolada en seguida y llena de remordimientos ante la idea de lo que
crea ser su defeccin respecto a Huberto.

Muy adelantada estaba la noche, cuando le pareci or gemidos. Se
levant, se puso apresuradamente un peinador blanco, y abriendo la
puerta, escuch en efecto quejidos que partan del cuarto de su padre.

Corri hacia l.

Juan estaba inclinado sobre el lecho.

--Qu hay?--interrog ansiosa, en voz baja.

Al or su voz el joven se estremeci y contest sin volverse:

--Sufre... no lo encuentro bien... todava no ha tenido un momento de
descanso.

--Por qu no ha llamado usted?

--Era intil; no hay ms que darle la pocin calmante prescripta por el
doctor, pero, esta vez, no lo calma nada; tuvo, hace poco, un sncope
corto; creo que ahora est un poco mejor. Por prudencia acabo de
telefonear al mdico.

Juan pasaba suavemente por la frente del enfermo un pauelo mojado en
ter. Mara Teresa se inclin y rodeando con su brazo la cabeza de su
padre, lo contempl con inquietud. Aquella fisonoma dolorosa, poblada
por una barba gris y mal cortada era el rostro de antes? Tan rpido
cambio, en un ser tan querido, la conmovi profundamente.

De improviso, el seor Aubry pareci salir de su sopor, pase a su
alrededor una mirada vaga, y una tenue sonrisa entreabri sus labios
secos. Despus, pasando sobre su frente la mano temblorosa como para
concentrar sus pensamientos, se puso a hablar ligero con voz
entrecortada:

--Eres t, Juan?... ah! s, yo saba bien que seras t quien me
sacara de este agujero... fuera de las tinieblas... t tienes un brazo
robusto... robusto... s, s, yo te esperaba... yo saba que t
vendras... oh! qu mal estaba, qu mal!... pero ya ests aqu...
quita esa piedra... aqu, aqu, sobre mi pecho, sobre mi cabeza.

--Ay, Dios mo!--exclam Mara Teresa, asustada,--est delirando!...
Padre!... Pap!... aqu estoy yo, que te adoro... pap me oyes? Oh,
padre, padre, no delires ms!

El seor Aubry continuaba:

--Sabes, Juan... hijo mo, mi verdadero hijo... s, t, Juan... tengo el
medio de... te sorprendes... espera... espera... Ah, ah, ah! aqu
esta... el medio de!...

Y el seor Aubry atraa hacia s a Juan, con sus manos temblorosas.

--Escucha, voy a decirte el medio... ah, ah! vas a quedar contento...
escchame... voy a darte el... Ah, Dios mo!... Yo... qu, qu? te
dar... dar... mi querida hija... s, eso es!... Mara Teresa a ti...
a ti! t trabajars para ella, t... para que sea siempre feliz...
Juan, Juan? promete... promete...

Juan, plido hasta en los labios, haba tratado de detener al seor
Aubry; pero a medida que ste hablaba, se apoder de l una emocin tan
violenta que qued mudo, escuchando, enloquecido, las palabras febriles
del enfermo, y los sollozos ahogados de Mara Teresa.

De pronto, el seor Aubry pareci percibir a su hija:

--T ests ah tambin, mi querida hija?... soy feliz... t... l...
reunidos... cudala bien, Juan... cudala... no la dejes llevar...
por... la desgracia! la desgracia... cuida... cuida...

Y haciendo un supremo esfuerzo, tom entre sus manos las dos cabezas
inclinadas hacia l, y los aproxim en un abrazo.

Juan se estremeci al sentir contra su cara la carne perfumada de Mara
Teresa, y las caricias de sus cabellos.

--...As... as... bueno!--prosegua el seor Aubry,--ahora puedo
irme... ah! vindolos a los dos... juntos... sobre mi corazn...

Abri los brazos y cay sobre las almohadas.

Una atmsfera densa se cerna sobre ellos y Mara Teresa, extenuada,
continu sollozando sobre el hombro de Juan.

Debilitado por las fatigas y las veladas, incapaz de dominar ya sus
nervios, exasperados ms an por las palabras del seor Aubry,
trastornado por el contacto de Mara Teresa que, desfallecida, se
apoyaba sobre l, Juan, no pudo resistir. Rodeando a la joven con sus
brazos, la estrech, y con voz ardiente y apasionada, solt al fin su
secreto:

--Mara Teresa, yo la amo!

Ella balbuce sin fuerzas:

--Dios mo, Dios mo!

La hora que acababa de transcurrir haba sido tan angustiosa para sus
almas turbadas que, inconscientes, permanecieron as en brazos uno del
otro, creyendo vivir en un sueo.

La joven fue la primera en reponerse; se apart de Juan, y sealando la
ventana:

--Es necesario abrir--dijo--no vemos a mi padre.

Juan obedeci.

La plida claridad del alba naciente entr en la habitacin.

Acostado en su lecho, el enfermo dorma; sus rasgos, momentos antes
contrados por el sufrimiento, se dilataban poco a poco; la respiracin
era menos jadeante, ms regular.

Mara Teresa, aniquilada, se recost en el gran silln, en tanto que
Juan, yendo hacia ella e inclinndose a su lado, le deca con voz grave:

--Mara Teresa me perdonar usted algn da de haberme atrevido?...
Dgame cuando menos que tengo disculpa; dgamelo, se lo suplico. Hace
tanto tiempo que ahogo mi corazn y sello mis labios para ocultar mi
locura! Pero las palabras que acababa de or no eran como para hacerme
perder la razn? Yo s muy bien que no debo tener esperanza; nunca la he
tenido, se lo juro; yo s que ama usted a otro... Esas palabras, las he
pronunciado a pesar mo, mi amiga, mi hermana, al orla llorar sobre mi
pecho. Le suplico que me diga que me perdona!... Yo har lo que usted
quiera, no volver a verla ms, renunciar a mi nica alegra: la de
contemplarla. Puedo soportar todo excepto su enojo.

Y como la joven permaneciera muda, enloquecida por aquella situacin
nueva que haba creado la confesin de Juan, ste aadi, interpretando
mal su silencio:

--Pero mreme por favor, vea cunto sufro! No merezco su piedad? Ah,
tenga piedad! Piedad, solamente!

Involuntariamente, ella volvi hacia l su cabeza recostada sobre un
almohadn. Al ver las miradas de splica que ardan en aquella plida
cara, una extraa angustia la sobrecogi, y mientras que Juan deca en
tono suplicante:

--Le ruego, Mara Teresa, que me diga que no est irritada contra m...
perdneme!

La emocin de la joven se hizo tan fuerte que su garganta no pudo dar
paso a ningn sonido; entonces, sintindose incapaz de formular sus
pensamientos y de substraerse a las sensaciones que la agitaban, le
tendi la mano, cerrando los ojos.

Qu poda decir, adems, si no se reconoca en el derecho de pronunciar
las palabras que a sus labios suban de su corazn?

En aquella hora decisiva haba sido conquistada por completo; Juan le
haba revelado el amor verdadero, el que brota vibrante y natural de la
humanidad. Ah! aquel grito que resonaba an en sus odos cmo haba
conmovido todo su ser! Haba comprendido aquel clamor lanzado por la
sangre y por la carne, por el espritu y por el alma de un hombre. Magia
de la voz humana: las palabras de amor hacan arder su corazn y la
saturaban de una dulzura incomparable.

Por qu estaba comprometida? Por qu no poda romper aquella ftil
promesa, y dar a Juan no slo el placer del perdn sino tambin la dicha
de aceptar su mano?

Asustada del impulso irresistible que senta crecer en ella, y queriendo
substraerse a la tentacin de mostrar a Juan la emocin que la
embargaba, se levant y sali del cuarto sin pronunciar una palabra.

Juan la vio alejarse y crey haber perdido para siempre todo lo que le
quedaba de ella: su confianza y su amistad. Un dolor inmenso lo anonad;
crea haber sufrido hasta entonces; pero esto no era nada en comparacin
de lo que senta en aquel momento, torturado por la certidumbre de
haberse hecho ridculo u odioso a su adorada Mara Teresa.




XVIII


Despus de esta ltima crisis, el seor Aubry estuvo varios das en
peligro. Durante algn tiempo, los mdicos consideraron desesperado su
estado. Al fin, los solcitos cuidados y la fuerza de su constitucin
triunfaron de la enfermedad.

Huberto haba ido a enterarse del estado del enfermo, pero cada vez ms
se senta helar a la vista de aquella casa triste y de aquella familia
desolada. Adems, los informes que reciba sobre la cristalera
aumentaban su reserva y su circunspeccin. Su madre y l contemplaban
con inquietud los acontecimientos probables: la muerte del seor Aubry y
la quiebra de la casa.

La seora Martholl concibi temores muy serios. Preocupada de que su
hijo pudiera encontrarse en una situacin comprometida, se hizo
apremiante y persuasiva. Huberto se mostr dcil a las exhortaciones
maternales; no pareci obstinarse en demostrar a Mara Teresa
sentimientos inoportunos; sin embargo, dbil y vacilante, no osaba
provocar una franca ruptura. Con tenacidad, la seora Martholl se ech
en busca de algn motivo honorable que los sacase de apuros; pero su
imaginacin, prctica en habilidades diplomticas, permaneca infecunda,
no sugirindole sino medios evasivos y dilatorios. Finalmente, a fuerza
de acumular sobre aquella idea que la acosaba, todos los recursos de su
espritu fino y despreocupado, concluy por encontrar un subterfugio.

Un da que su hijo vena de la calle Vaugirard trayendo muy malas
noticias, le dijo:

--Mi querido Huberto, hay que acabar y no eternizarnos en esta
situacin. Si no te decides a solucionar las cosas, podemos ser
sorprendidos por los acontecimientos y vernos en la imposibilidad de
esquivarnos. Mientras ms esperes, ms difcil ser eludir las
responsabilidades que te amenazan. Y despus qu actitud observars
ante la impresin de ciertas emociones? El espectculo del dolor y de la
muerte nos hace sensibles y arriesgas proceder irreflexivamente,
influido por la presencia de una novia deshecha en lgrimas.

A Huberto le pareca que la prudencia de su madre tomaba un aspecto algo
maquiavlico, pero no lo llevaba a mal; saba que hay que ser indulgente
con las exageraciones del amor materno. Las de la seora Martholl le
procuraron el famoso medio honorable.

Segn sus consejos, Huberto deba decir a su novia que la seora Husson
acababa de caer enferma en Valremont, donde haba ido a pasar algunos
das. l y su madre se vean en la obligacin de ir a prodigar sus
afectuosos cuidados a aquella excelente amiga que los llamaba y los
esperaba.

Huberto puso en ejecucin este proyecto en el momento mismo en que el
estado del seor Aubry inspiraba ms vivas inquietudes; anunci a Mara
Teresa que se ausentara por algunas semanas.

Para la joven fue un alivio la noticia de esta partida; las visitas de
Huberto le eran penosas desde que estaba segura de la tibieza de su
amor, comparado con el de Juan.

Adems, sufra, porque en su rectitud se consideraba en falta. Aquella
noche de dolor y de delirio en que las palabras de su padre le hicieron
conocer el estado de alma de Juan, haba interpuesto una sombra entre
ella y Huberto. Muchas veces quiso confiarle la afeccin creciente que
senta hacia Juan, y referirle los sacrificios que ste quera hacer
para que su casamiento no fuese demorado. Pero cmo abordar tal asunto
sin cometer una indiscrecin respecto a Juan y aparecer haciendo presin
sobre el mismo Huberto? Tema humillar injustamente a este ltimo
declarndole que no sera su esposa si no la tomaba sin dote, pues no
consideraba digno de l ni de ella, aceptar el sacrificio de Juan.

Anhelando salir del laberinto en que sus pensamientos se perdan, no
encontraba la senda que su conciencia atormentada le sugera tomar para
salir al gran camino donde evolucionara lealmente.

Mil escrpulos la detenan; si hubiera estado cierta de que su novio
deseaba una ruptura, no habra vacilado en retirar su palabra. Pero
Huberto nada haba dicho que justificase tan repentino cambio de ideas.
Que quisiera romper su compromiso despus de seis meses de contrado,
por una miserable cuestin de dinero, le pareca una suposicin grave e
infundada. Por qu sospechar que Huberto se hubiese prendado solamente
de su dote? Probablemente considerara muy natural renunciar a las
ventajas pecuniarias que ella poda haberle proporcionado. Por otra
parte, no haba dejado de observar un cierto despego en su novio, pero
esta impresin no era una certidumbre.

Los das de dolor que sobrevinieron, en los que hubo que disputar a su
padre a la muerte, la alejaron por algn tiempo de todo lo que no fuera
aquella nica y piadosa ocupacin. Solamente cuando la mejora esperada
permiti, al fin, a toda la familia vivir en una atmsfera de libertad,
fue cuando Mara Teresa volvi a ser presa de las mismas irresoluciones,
tanto ms cuanto que durante aquellas horas crueles Juan haba
continuado demostrando una consagracin admirable, luchando a la vez
contra la ruina y contra la muerte. El pobre Juan al lado de ella se
mostraba como avergonzado. Hua de su presencia, no atrevindose a
mirarla. Si sus manos se rozaban, al levantar juntos las almohadas del
seor Aubry, l palideca de angustia, y, en el silencio de la alcoba,
Mara Teresa senta los latidos precipitados de aquel corazn sobre el
cual, una noche, se haba apoyado cariosamente.

--Hasta cundo conseguira ocultar al joven el lugar, cada da ms
grande, que ocupaba en su pensamiento?

En cuanto a Huberto, su ausencia se prolongaba. Habiendo sabido la
mejora sobrevenida en el estado del seor Aubry, la aprovechaba,
haba escrito, para quedarse en Valremont al lado de la seora Husson
que quera retener a sus amigos.

Mara Teresa no acertaba a juzgar la conducta de su novio, y no se
resolva por lo tanto a romper con l, cuando una conversacin la
ilumin y le suministr la solucin que buscaba.

Desde que su querido enfermo estaba fuera de peligro, ella y su madre
reciban a las personas que iban a informarse de la salud del
convaleciente. Entre las ms asiduas se contaban a la seora Gardanne y
su hija. La solicitud de esta ltima no se refera exclusivamente a la
salud del seor Aubry; exista otro asunto que picaba su curiosidad.

Un da, no pudiendo contenerse ms, Diana pregunt:

--Qu se hace tu Huberto? No se le ve ya por aqu.

Mara Teresa, confusa, se limit a responder evasivamente:

--Probablemente viene a otras horas que t, lo cual explica que no lo
encuentres.

Pero Diana escuchaba distradamente la respuesta a su pregunta; en el
mismo orden de ideas, acababa de hacer otro descubrimiento importante.

--Hola!--exclam, sealando el dedo de su prima,--ya no llevas tu
anillo?

--Mi anillo?--dijo Mara Teresa ruborizndose,--lo habr olvidado en mi
tocador.

En realidad, haca algn tiempo descuidaba intencionalmente ponerse su
anillo de novia; haba observado que los ojos de Juan eran
invenciblemente atrados por el fulgor del rub tornasolado, sobre el
cual parecan caer todas las caricias de la luz. De manera que por una
delicadeza instintiva, no queriendo colocar diariamente ante sus ojos un
smbolo que deba afligirlo, no se pona el anillo. Muchos eran los das
que esta joya descansaba en su estuche.

--No se debe quitar el anillo de novios--declar sentenciosamente Diana.

--Qu quieres? He estado tan atormentada, he pasado por tales
angustias, que no es extrao que se me haya olvidado de ponerme hoy esa
alhaja.

--Eso no es una alhaja, es tu anillo--insisti Diana.

Luego, decidida a ir hasta el fin, en la seguridad de que su
perspicacia natural la haba conducido sobre la buena pista, continu:

--Entonces Huberto no ha sabido que mi to ha estado muy mal?

--Por qu me preguntas eso?

--Pues, por una razn muy sencilla; porque no ha estado a tu lado en los
das de peligro.

--En efecto--respondi Mara Teresa, que por un exceso de delicadeza no
quera acusar a Huberto,--tuvo que ausentarse algunos das antes de la
ltima crisis que sufri pap.

--Y t no lo llamaste? Supongo que habra venido, en vez de ir a las
carreras de Ascot; Bertrn lo encontr all... Huberto manejaba un
_mail_ lleno de seoras muy chic, y en el que todo el mundo, incluso l,
pareca divertirse extraordinariamente; Bertrn pudo reconocer a miss
Maud Watkinson, sabes? esa americana tan rica de quien se ha hablado
tanto este invierno y que anda por todas partes con la Condesa de
Husson.

--No conozco a miss Maud Watkinson--dijo Mara Teresa, tratando de
encubrir bajo un aire de gran indiferencia la sorpresa que le causaban
las palabras de Diana.--Hace cuatro meses que vivo reclusa... Pero dime,
a propsito de esto, la Condesa de Husson no acaba de estar muy enferma
en Valremont adonde haba ido a pasar unos das?

--T sueas, mi pobre Mara Teresa! Enferma en Valremont la Condesa de
Husson? Es imposible; no ha cesado de mostrarse en todos lados: en el
Bosque, en la Opera los viernes, en las quincenas de la Marquesa de
Beaufort, en el garden-party de la Embajada de Inglaterra, en la fiesta
de los Drags en Auteuil... y qu s yo!

Mara Teresa sinti que la inundaba una alegra indefinible; por fin
adquira la prueba manifiesta de la defeccin de Huberto! Diana qued
confundida al ver el aire de alegra con que su prima reciba aquellas
revelaciones. No se anim a servirle las frases de consuelo que traa
preparadas, como buena persona que trata de curar las heridas que ha
hecho.

--Esto no es posible, me hace una comedia!--se deca ante los ojos
risueos que la miraban;--no se recibe de esa manera la noticia de la
mala conducta de un novio.

En otro rincn del saln, la seora Gardanne, de muy buena fe, pona un
celo no menos caritativo en instruir a su cuada del encuentro que haba
hecho Bertrn en las carreras de Ascot.

La pobre seora Aubry, que no tena las mismas razones que Mara Teresa
para recibir alegremente estas confidencias, qued desolada. Cuando la
seora Gardanne y Diana hubieron partido, llam a su hija, y su aire
afligido prob a Mara Teresa que su ta y su prima se haban complacido
en hacer el mismo relato.

La joven tom el brazo de su madre, apoy su linda cabeza sobre el
hombro materno, y dijo cariosamente:

--Querida mam, puedes estar tranquila, no estoy afligida.

--T sabes, entonces?

Mara Teresa se sonri.

--Que Huberto ha ido a las carreras de Ascot, que ha mentido, y que se
diverta mientras nosotros suframos. No solamente esto no me desagrada,
sino que me llena de felicidad...

La seora Aubry no comprenda. Azorada de or una confidencia tan
inesperada, balbuce:

--T eres feliz?

--Mam, yo no quiero casarme con Huberto Martholl. Desde hace algn
tiempo buscaba un motivo para romper nuestro compromiso; no tena ms
que el pretexto de mi desafeccin y me pareca cruel invocarlo; no me
atreva por delicadeza. Pero ahora soy libre. La rara conducta del seor
Martholl me deja libre, libre, libre. Qu dicha!

--Pero qu ha pasado entonces? Por qu no me has enterado de la
transformacin de tus sentimientos?

--Acabo de hacerte la mitad de mi confesin, querida madre--y
sbitamente la joven se ruboriz,--aqu est la otra: amo a Juan.

La seora Aubry levant suavemente la cara de su hija, apoyada siempre
en su pecho, y mirndola, con tono grave le dijo:

--Amas a Juan? Ests bien segura? No vayas a equivocarte esta vez.
Sufrira tanto se!...

--Ah, madre! cmo no lo he de amar, despus de todo lo que ha hecho
por nosotros!

--Es precisamente porque se ha conducido como un hijo admirable, que te
pongo en guardia contra una inclinacin que no es tal vez amor, sino un
gran, un vivo reconocimiento; porque, desgraciadamente, no es cumpliendo
su deber, como un hombre consigue atraerse el amor de una joven.

--Madre, eso es una crtica merecida por la ligereza de mi primera
eleccin; ahora veo ms claramente lo que pasa en m. Juan ha hecho algo
ms que cumplir su deber hacia m; no lo sabas?

Y como la seora Aubry la mirase interrogativamente, Mara Teresa cont
la conversacin que haba sorprendido, el sacrificio de Juan poniendo
sus haberes en el fondo social de la cristalera, para asegurarle a ella
el casamiento con otro, aunque la amaba en silencio desde haca mucho
tiempo.

Cuando la joven conclua de referir cmo despus del regreso de Juan
haba sentido el amor verdadero, el amor grande, penetrar lentamente en
su alma, Jaime entr.

Enterado de los sentimientos que Mara Teresa acababa de expresar,
abraz contentsimo a su hermana.

--Te felicito, mi querida Teresa; esta vez tu eleccin es realmente
buena. Ahora me veo libre de una gran responsabilidad; la conducta de
Martholl me inquietaba; se le vea por donde quiera que haba
diversiones, despreocupado de nuestras desgracias. Comprendo su tctica.
Me haban prevenido de que no cesaba de recoger informes en todas partes
sobre nuestra situacin financiera. Como no la encontraba muy de su
gusto, quera desligarse de su compromiso, y para no hacer un papel
odioso, se ha arreglado de manera que la ruptura la inicisemos
nosotros. No est mal imaginado. No piensas lo mismo, Mara Teresa?

Gravemente, la joven dijo:

--Yo pienso que de todos los servicios que Juan nos ha hecho, el ms
meritorio es el de haberme hecho comprender lo que constituye la
grandeza del alma. Cunto habra sufrido yo, siendo la mujer de
Martholl, al descubrir poco a poco la naturaleza ligera de ese ser
exclusivamente egosta!

--Querida hermana, Juan nos ha librado de peores desastres: la quiebra y
la muerte de nuestro padre, porque pap habra muerto. Gracias a una
nueva invencin, Juan levanta nuestra casa, restablece nuestro crdito y
nos salva de terribles desgracias.

--La Providencia, hijos mos, nos devuelve centuplicado lo que hemos
hecho por ese hurfano--dijo la seora Aubry, con voz conmovida.--Que
sea bendito!

Un enternecimiento sbito o intenso de gratitud y cario hacia Juan los
invada.

--Qu dicha, poder hacerlo feliz a mi vez! La idea de mi propia
felicidad se aumenta al pensar en el amor que me tiene. Madre, si
supieras cunto me quiere!

--Pero qu vamos a hacer ahora? T, parece olvidas que eres la novia de
Huberto Martholl, hija ma...

--Quieres dejarme escribirle? Tomar sencillamente, la iniciativa de la
ruptura; no podr menos de quedar agradecido.

--Haz como quieras, querida ma, tengo confianza en la bondad de tu
corazn y en la rectitud de tu espritu.

--Ahora, tengo que pedirles algo, a ti, madre, y a ti, Jaime; promtanme
guardar secretas para mi padre, para todo el mundo, para Juan,
principalmente, las resoluciones que he tomado. Quiero que la calma
vuelva a nuestros espritus antes de comenzar una vida nueva.

Despus de haber obtenido la promesa que exiga, la joven subi
alegremente a su cuarto, y escribi en seguida a Martholl.




XIX


De regreso de Londres, la vspera, Martholl se despert de muy mal
humor. Lo primero que se present a su espritu fue el pesar de haber
perdido una fuerte suma de dinero en las carreras de Ascot, donde haba
visto desaparecer sus esperanzas con el caballo que las llevaba.

Huberto no era jugador liberal; hombre de orden, adorador del dinero,
detestaba el perder. Haba jugado en Ascot por espritu de imitacin,
para no ser menos que los amigos que lo rodeaban; pero como la prdida
que haba sufrido iba a desequilibrar su presupuesto durante algn
tiempo, su disgusto era profundo. La escasez de dinero que lo amenazaba,
lo hizo pensar en la desagradable vida que pasara si, en el curso de su
existencia, se viese obligado a imaginar sin cesar combinaciones
financieras, a fin de vivir decentemente. Gran Dios! qu dificultades
tendra, si no se casaba con una mujer rica.

--Mara Teresa es encantadora--se deca,--pero cuanto ms reflexiono,
ms me convenzo de que sera una locura casarme con ella en las
circunstancias actuales.

Somnoliento todava, abri los ojos, mir a su alrededor, y experiment
una sensacin de vivo placer al contemplar las cosas confortables y
elegantes que lo rodeaban.

--No soy feliz as?--pensaba.--Casarme, para llevar una existencia
agradable, exenta de preocupaciones pecuniarias, pase! Pero ir a
encerrarme en un pequeo departamento, ser mal servido por un personal
reducido cmo resignarme, a menos de estar loco?

Y, como Huberto era razonable, se absorbi en meditaciones para
encontrar el medio de esquivarse.

En aquel piso bajo, amueblado en un estilo ingls muy puro, poca de la
Reina Ana, la vida interior se desarrollaba segn las reglas de un
reglamento severo, completamente britnico. Huberto fue interrumpido en
sus reflexiones por la entrada de un criado, ingls, como los muebles,
que le traa el t y el correo.

El joven ech sobre su correo una mirada distrada, pero habiendo notado
entre las cartas y los diarios un amplio sobre sellado con lacre blanco,
hizo un gesto de inquietud.

--Una carta de Mara Teresa!--murmur sorprendido.--Qu me escribir?
Estar inquieta por mi ausencia? diantre! esto no concuerda con mi
proyecto de concluir.

Rompi el sobre y ley:

Voy a decirle adis, Huberto, y espero que su pesar no ser grande. No
quiero abusar de su buena fe; he dejado de ser la Mara Teresa de quien
usted gust, hace un ao. Los acontecimientos de este ltimo tiempo han
aclarado mi inteligencia y me han hecho ver que nuestros gustos son tan
contrarios, nuestro modo de pensar tan opuesto, que es mejor que
renunciemos a unir nuestros destinos. Tenemos una manera demasiado
diferente de concebir el empleo de nuestros das. He reflexionado
mucho, he tratado igualmente de conformarme a sus deseos, y encuentro
que no me divierto nada, divirtindome! Estoy cierta que usted no
amara mucho tiempo a una compaera tan poco aficionada a la gran vida.
Crame, hemos equivocado el camino.

Tengo, pues, escrpulos de privar a alguna joven, hermosa y
encantadora, de una posicin que yo ocupara sin ningn placer, en tanto
que para ella sera, fuera de duda, una fuente de distracciones y
alegras.

Otra razn me decide a hablarle a usted as. Recuerda los proyectos
para el porvenir que formbamos juntos? He deducido en ellos este hecho
singular: yo no era para usted ms que un accesorio de la decoracin de
sus fiestas. Jams me dijo: usted ser mi amiga, mi compaera amante y
fiel; qu placer tendr en gozar a su lado de la paz del hogar y del
encanto de la intimidad!

No me equivoco, verdad? afirmando que jams ideas tan mundanas fueron
formuladas por usted. Por el contrario, usted me deca: Haremos gran
vida; recibiremos mucho, saldremos ms, aprovecharemos los yates de
nuestros amigos, y, si heredamos a la Condesa de Husson, tendremos
caballos de carrera. Un stud! Este es mi sueo. Ay! pero no es el
mo! Cada vez pienso y me convenzo ms de la imposibilidad de ligarme a
una existencia semejante. Adems, su realizacin, depende de una
condicin esencial: mucho dinero. Yo no soy indispensable... Una
compaera ms mundana, que forme hermosa pareja con usted en esa vida de
alegra, no le ser difcil encontrar. En cuanto a que yo sea esa
compaera, es, actualmente, irrealizable en absoluto, por esta razn
convincente y muy sencilla: no tengo dote. No tengo dote, porque rehso
recibir la que quiere darme mi familia.

Mi padre me adora, usted lo sabe, y, a pesar del mal estado de sus
negocios, se impondra los ms duros sacrificios para asegurarme la dote
y la renta prometidas... No juzga usted que sera odioso que la vida de
trabajo sobrellevada por mi padre no sirviera sino a mantener en el lujo
y en los placeres a dos personas jvenes y fuertes, mientras l debera
continuar su dura labor, y condenarse a una existencia mediocre o
incmoda? Seguramente, usted piensa como yo: seramos despreciables si
aceptsemos tal situacin.

Cierto, no lo pongo en duda, usted es bastante gentleman para tomarme
por esposa sin dote; pero mi padre no lo consentira, se considera
obligado por su formal promesa. As es que, como usted ve, en esta
alternativa no me queda ms que decirle adis.

Durante algn tiempo he sido la novia de su seleccin; esta preferencia
no ha dejado de envanecerme; es una especie de estimacin de mi humilde
persona, que me da algn valor, y del cual har don a mi marido.

Espero que ya estar completamente tranquilo por la salud de su amiga,
la seora Husson, que tantas inquietudes le caus. Qu buena idea ha
tenido para restablecerse, de hacerse acompaar por usted a Ascot, en
los das de carreras!

       *       *       *       *       *

Y la carta terminaba con un correcto y trivial adis. Cuando termin la
lectura, Huberto se sinti algo indignado. Consideraba casi una afrenta
la iniciativa de Mara Teresa para deshacer sus esponsales. Lo crea,
pues, incapaz de casarse sin recibir dote?

Pero en seguida se sonri de este ltimo resto de caballerosidad que
haba brillado en su interior. No quedaba todo bien arreglado as? La
carta lo libraba de un gran compromiso. La reley, pes las palabras y
analiz las frases...

La que haba escrito aquellas lneas tan mesuradas, tan finamente
irnicas, pareca bien determinada a persistir en su resolucin; ni un
arrebato que revelase clera de celos, ni reproches exigiendo
explicaciones, ni emplazamientos de ninguna clase. Evidentemente no le
despeda con la secreta esperanza de atraerlo. Estaba sorprendido, y no
comprenda aquel carcter de mujer. Por un instante, su fatuidad se
rebel de lo poco que lo sentan. Sin embargo, pronto volvi a sus
sentimientos prcticos y agradeci a Mara Teresa el haber sabido
comprender sus intenciones.

Qu inteligente, fina, llena de tacto y espiritual era aquella Mara
Teresa! Lstima grande perderla. Pero consider que se enterneca
intilmente. Puesto que los acontecimientos se imponan, l no tena ms
que inclinarse.

Los rayos de sol que brillaban sobre la bandeja de plata, atrajeron sus
miradas.

--Otra carta?--dijo, tomando un sobre.--Ah! es de la seora de Husson.

Y ley:

Amigo mo:

Esta noche comeremos en Armonville. He resuelto hacer locuras; en
seguida iremos a la fiesta de Neuilly. Cuento contigo y con dos o tres
amigos ms, para que nos acompaen. Es una fantasa de mi amable nia
Watkinson. No dejes de ser exacto. A Armonville, esta noche, a las
ocho.--Tu vieja amiga--_Matilde Husson_.

La seora de Husson, segura de la aprobacin de la seora Martholl, no
ocultaba sus proyectos. Haba mirado siempre con malos ojos el
casamiento de Huberto con la seorita Aubry. Habiendo decretado que el
joven no se casara sino bajo sus auspicios, su compromiso, contrado
sin que ella hubiera tenido en l la menor participacin, no le pareci
nada ortodoxo. De aqu que repitiera sin cesar que Huberto y sus
esperanzas valan una fortuna mayor. Enterada de los incidentes
desagradables ocurridos en la familia Aubry, uni sus esfuerzos a los de
la seora de Martholl, para que Huberto no cometiera la falta de entrar
en una familia amenazada por la ruina.

Habiendo tenido la suerte de encontrar la famosa gran fortuna en las
lindas manos de miss Maud Watkinson, emple sabias maniobras para poner
constantemente a su protegido frente a la joven heredera. De acuerdo con
la madre de Huberto, ponderaba, delante de l, a los jvenes argonautas
modernos que saben conquistar el Vellocino de Oro. La victoria reciente
del joven Duque de Castillon, que se haba cubierto de gloria en una
aventura semejante, alentaba las esperanzas en el corazn de muchas
madres. La seora de Martholl no se libr de este contagio, y, desde
entonces, razonablemente, habitu su espritu a las concesiones.

Una nuera protestante es susceptible de ser convertida por la influencia
de piadosas exhortaciones, y devolver al regazo de Nuestra Seora Madre
la Iglesia una oveja descarriada, no es hacer una obra piadosa?

Continuando la lectura de su correo, Huberto descubri una pequea
caja, cuidadosamente envuelta. La abri: era el estuche, sobre cuyo
terciopelo blanco descansaba el anillo de rub.

--Si el proyecto de la Condesa de Husson marcha bien, he aqu algo que
compensar mis prdidas en Ascot--pens juiciosamente.--Este rub
sentar deliciosamente en la mano de miss Maud. Har rehacer el engaste
con algunos brillantes; un anillo ms relumbrante se armonizar mejor
con su gnero de belleza.

Huberto cerr el estuche y lo puso en la bandeja, no sin ahogar un
suspiro; hasta murmur:

--Quin sabe!... En fin, mejor es que sea as... Ah, Mara Teresa!
eres tan linda, sin embargo!

Luego, filosficamente, bebi su t, estir el brazo, tom un diario, y
se puso a leer.

Tal fue la oracin fnebre de lo que Huberto crey ser, de su parte, un
grande y delicado amor.




XX


Hacia el fin de agosto, Juan se hallaba solo en el gran escritorio de la
cristalera de Creteil. Era uno de esos das de calor deprimente, que
parecen retardar el transcurso de las horas lentas. Aquella atmsfera
tempestuosa, que pesaba sobre la Naturaleza, haciendo cesar el canto de
las aves y el murmullo de las hojas, exasperaba los nervios enfermos del
joven.

Sentado delante de la mesa de trabajo, fastidiado de todo, en un
abatimiento fsico y moral angustioso, como nunca haba sentido, segua
con la mirada distrada las nubes negras que invadan poco a poco todo
lo que quedaba de cielo azul. Y semejantes a aquellas nubes, sus ideas
sombras chocaban entre s, torturando su cerebro.

El esfuerzo tentado, el abandono completo de s mismo, la abnegacin
llevada hasta el martirio de qu servan? Cada da, con toda
injusticia, senta ms pesado el fardo de su aislamiento. Por qu
tambin haba dejado que aquella pasin lo dominase hasta el punto de
quebrantarlo? Juan vea con terror desvanecerse su valor y su fe en el
porvenir. Saba que jams conocera la felicidad. Una sola cosa
subsista todava a sus ojos: la necesidad de cumplir su deber por
gratitud al seor Aubry. Esta idea lo mantena fiel en su puesto.

A menudo se reprochaba el dejarse vencer por un pesimismo peligroso.
Ante su impotencia para encontrar la calma, la energa de su voluntad
desamparada se acusaba de debilidad y de egosmo; pero no poda dominar
su tristeza creciente. La preocupacin de los negocios tena al menos
esta ventaja: que distrayendo su espritu, le haca olvidar
momentneamente, su pesar; pero ese recurso desesperado le faltaba desde
que la tranquilidad de los trabajos ordinarios reemplazaba en l a la
fiebre del recargo de tarea de los ltimos meses, y que, libre de
inquietudes pecuniarias, vea a la fbrica prosperar de nuevo.

Pero sera el enervamiento causado por sus fatigas? Ese da senta
impulsos de rebelin desconocidos en su alma. Los paseaba, sin poderlos
disipar, entre aquellos muros donde haba crecido; erraba, desamparado,
en aquella fbrica que contena todo su pasado, retenido por la fuerza
del hbito y por el deber, buscando en todos lados sus viejos recuerdos.

Cada evocacin del pasado, le refera su amor, la alegra, el sol de su
juventud.

En uno de aquellos hornos no haba l mismo fabricado toda una
minscula vajilla de mueca? Recordaba, como si este recuerdo hubiera
datado de la vspera, su felicidad al recibir en pago de la sorpresa
hecha a la nia, los frescos besos de su boca rosada. Siempre, en todas
partes, era ella, que apareca, siempre ella. Qu hacer para olvidarla?

No alcanzara jams el reposo del espritu sino en el olvido, aun no
volvindola a ver?

Plante el problema de lo que hara cuando ella estuviera casada y se
llevara lejos todos los sueos de amor fundados sobre ella. Le pareci
que le sera imposible vivir sin aquella presencia, cuyo encanto lo
tena embelesado desde haca tanto tiempo. Entonces, en un acceso de
rabia interior, sinti haberse sacrificado. No deba ms bien haber
dejado cumplirse los acontecimientos y que la casa se hubiera
derrumbado? Mara Teresa sin dote quin sabe lo que habra sucedido!
Por lo menos, ella hubiera visto lo que era capaz de hacer por ella
aquel Juan que desdeaba. l se habra puesto a trabajar con
encarnizamiento a fin de reconstituirle una fortuna.

Desalentado nuevamente, pens:

--Para qu? Mara Teresa no me ama, y yo no puedo modificar su corazn.

La ltima vez que haba visto a la joven fue en la estacin del
ferrocarril de Saint-Lazare.

Cinco semanas haca que los Aubry haban partido para Etretat, por haber
aconsejado el mdico que el convaleciente tomase los aires del mar.
Mientras Juan ayudaba a los viajeros a acomodarse en el vagn, stos le
demostraron, al darle el adis, un extraordinario cario, lleno de
emocin; guardaba como un tesoro la visin de la radiante sonrisa de
Mara Teresa, y la durable presin de su mano.

Pero era esto sorprendente? Bah! los Aubry eran bastante inteligentes
para comprender el prodigio que acababa de hacer por ellos. Ella
tambin, sin duda, le guardaba mayor afeccin, agradecida a los cuidados
prodigados a su padre y al xito de sus esfuerzos para salvar la
cristalera. Y no era una gracia suprema que demostrase haber olvidado
las palabras locas en que dej escapar su secreto, en una noche de
fiebre y de angustia? No, ella no comprendera jams cunto la amaba.

Y ahora, cundo la volvera a ver?

Huberto Martholl se haba reunido a ellos, indudablemente. El casamiento
no poda demorarse ms, puesto que el seor Aubry estaba ya bueno y los
asuntos arreglados... Ah! los terribles, los dolorosos celos
atenazaban el corazn y el cerebro de Juan, cuando evocaba aquella hora
tan prxima! Se desesperaba por encontrar algo que le impidiera pensar
en aquellos novios felices, reunidos all en Pervenche, entre una
decoracin de flores, de vegetacin, de savia calentada por el esto...
Y el desgraciado desfalleca de dolor.

Como se levantase para ir a la ventana a respirar un poco el aire
fresco, golpearon a la puerta. Era un criado que le traa un telegrama.
Juan lo abri, presintiendo que vena de Etretat; ley:

Tengo necesidad de ti, ven inmediatamente, esperamos.----_Aubry._

Juan qued estupefacto. Para qu podan necesitarlo? Por qu llamarlo
as bruscamente? El seor Aubry habra recado en su enfermedad? El
laconismo del telegrama lo alarmaba.

Volver a Pervenche?... era un sufrimiento moral superior a sus fuerzas.
Pero, en breve, la idea de aproximarse a Mara Teresa, de verla, de
satisfacer as su nico deseo, lo hizo sobreponerse a sus recelos y
temores.

El da estaba demasiado adelantado para que pudiese partir aquella misma
noche; telegrafi que ira al da siguiente. Llam a Rousseau, el viejo
jefe de talleres, y le dio las instrucciones necesarias para que nada se
perturbase mientras l estuviera en Etretat. En seguida hizo sus
preparativos para el viaje.

Al da siguiente, durante la inaccin forzosa del viaje, Juan permaneca
absorto, inquieto por el llamamiento del seor Aubry, y perdido en la
contemplacin interior de Mara Teresa. Entre este tormento y este
goce, se hallaba tan absorto en s mismo, que nada del exterior atraa
sus miradas. No vea la campia normanda huir ante sus ojos en la
opulencia de sus ricos cultivos, ni notaba la atencin hacia l de una
joven que viajaba en el mismo compartimiento. Qu le importan los
campos frtiles y las lindas mujeres! La intensidad de su amor lo
apartaba de todo. La fiebre devorante del amor, que es la vida de los
fuertes, lo dominaba. Cada da amaba ms a Mara Teresa; ella lo saba,
y, sin embargo, dentro de algunas semanas sera la mujer de otro...

Este tenaz pensamiento haca palidecer su semblante, y daba a su mirada
una expresin singular.

De pronto cree comprender: lo llaman porque el seor Aubry, estando an
convaleciente, no puede ocuparse de las formalidades del casamiento; lo
esperan para encargarle la prctica de estas diligencias. He ah por qu
debe dejarlo todo y acudir apresuradamente; esta razn de su viaje le
parece tan simple, que se sorprende de que no se le haya ocurrido antes.
Pero esto es superior a sus fuerzas, y esa misin rehusar cumplirla;
no! ni por el amor a Mara Teresa, desempeara ese oficio; sera
demasiado doloroso. Si se exige eso de l, recurrir a Jaime, su amigo,
su hermano, que le evitar ese martirio.

Al fin, Juan llega; el tren para, y poco despus, el coche de los
Canzelles se detiene en el vestbulo de la villa; un criado, de pie,
cerca de la puerta, toma la maleta de Juan, en tanto que ste, ansioso,
le interroga:

--Cmo est el seor Aubry, Francisco?

--El seor Aubry est muy bien, el aire del campo lo restablece, tiene
ya muy buen semblante. El seor Juan quiere subir a su cuarto? Todos
han salido; sin duda no esperaban al seor hasta la noche.

Juan sigue al criado.

En su cuarto, el mismo que ocup el ao anterior, los recuerdos vuelven
a acosarlo. El tiempo no ha hecho ms que agravar su mal, puesto que lo
irremediable va a cumplirse.

Mientras cambia de traje, sus ojos ven en el espejo una imagen que le
sorprende. El hombre reflejado all no est tan alejado de la elegancia
de aquellos que antes envidiaba. Se sonre con burla.

Empez a comprender por qu atraa la atencin de aquella joven del
vagn; este xito se lo debo a mi nuevo sastre. Despus de todo, puesto
que las mujeres son sensibles a las formas exteriores de una elegancia
que se puede comprar por qu no habr tratado antes de parecerme a los
que les gustan? Pero loco, triple loco, bien puedo convertirme en el
hombre mejor vestido de Pars y de Londres, mas ella ver siempre detrs
de mi traje al hurfano recogido por caridad, al obrero que se quemaba
las manos...

Se arroja sobre un silln, echa la cabeza hacia atrs, y permanece as,
posedo de la desesperacin.

       *       *       *       *       *

--Juan, Juan, baje, que lo espero!

Es la voz de la mujer amada, que lo llama desde el jardn.

Juan se levanta. Del fondo del cuarto, por la ventana abierta, ve
destacarse sobre el csped un vestido de verano.

Ah! por qu aquella voz es tan alegre, cuando en el mismo instante l
sufre tanto que el temblor le impide bajar?

En la puerta, una ltima emocin lo contiene. Qu va a ver abajo? A
Huberto Martholl al lado de ella, sin duda? Cunto valor necesita
todava!

Llega al vestbulo. Al divisarlo Mara Teresa, exclama de nuevo:

--Venga, Juan!

Aquel nombre pronunciado por la voz adorada, conmueve al joven
profundamente. Y, en una admiracin apasionada, contempla a la joven en
toda la plenitud de su belleza, de pie y silenciosa al lado de un
bosquecillo de flores. Permanece all, en efecto, no atrevindose a
avanzar, presa de un sentimiento singular que no ha previsto; porque el
que se acerca en aquel momento es el hombre a quien ama, cuyo
pensamiento la llena de ternura y de esperanza.

De pronto, un pudor inquieto, una timidez extraa la turba, y no sabe
qu palabras pronunciar para hacer a Juan la confesin que, lejos de su
presencia, crea fcil.

Juan se aproxim, y, tratando de afirmar su voz, le dice:

--Buenos das, Mara Teresa, su pap sigue bien, verdad? Al llegar, he
tenido, por Francisco, buenas noticias. Esto me ha tranquilizado; su
telegrama me haba alarmado mucho.

Mientras l habla, la joven se ha serenado.

--S, la calma, el reposo, le han hecho gran bien. Nada sirve como el
campo y el aire del mar para los convalecientes. Y usted, Juan, no
necesita tambin un poco de este aire vivificante, despus de tantas
penas y fatigas?

--Es por esa razn por lo que su padre me ha llamado? Cree usted,
realmente, que yo encontrar aqu... en estos das... el reposo que
podra serme saludable?

Mara Teresa, duea de s misma ahora, dijo sonriendo con coquetera:

--Yo lo creo, Juan; lo creo tan firmemente, que soy yo quien le ha
telegrafiado. Dnde estar usted mejor que con nosotros? no somos su
verdadera, su nica familia? Hace usted muy mal en hacerse de rogar para
venir, cuando sabe que lo queremos tanto... No, no proteste!--exclam
con alegra, golpeando suavemente con una flor el brazo del joven, que
se estremeci al contacto de aquella caricia.

Y, despus de un malicioso suspiro ahogado, aadi:

--Yo s: los hombres son as; nos aman y nos descuidan... es su manera
de ser... hay que resignarse a tomarlos como son!

--Ah, Mara Teresa, Mara Teresa!--rugi sordamente la voz de
Juan,--por qu juega usted con mi dolor? Por qu ha tenido la crueldad
de llamarme? Su alegra me mata...

La fisonoma atormentada de Juan tena una nueva belleza. Como Mara
Teresa lo miraba conmovida, l continu:

--Cree usted que soy tan fuerte que pueda resistir al suplicio de verla
al lado de otro? Dgame, para qu me ha llamado? en qu puedo
servirla? Ah! si es la amistad de ustedes lo que me ha arrancado de
Creteil, usted por lo menos, usted que saba... por qu no encontr un
pretexto para evitarme este viaje? Usted es cruel... cruel...

Mara Teresa puso su mano en la de Juan, murmurando:

--Djeme as... como antes, cuando yo era chica, y caminemos un poco
quiere?

Lo lleva, silenciosa, a travs del jardn, hacia la terraza que domina
el mar. All le dice, con una expresin de voluntad reflexiva:

--No, yo no soy cruel; yo quera verle, Juan; necesito su presencia; los
das me parecen largos sin usted... espantosamente largos!

Juan la contempla sorprendido, hasta el punto de que, slo despus de un
largo silencio, pronuncia lentamente estas palabras:

--Los das le parecen largos?... qu me dice usted?... no est aqu
el que usted quiere?

--Ahora s...--dijo la joven.

Pero en seguida, con aire grave, aadi:

--Juan, tengo una importante confidencia que hacerle. Desde hace dos
meses he dejado de ser la novia de Huberto Martholl, me he desligado de
las promesas que nos unan...

Una palidez mortal se extendi por el rostro de Juan, y todo su cuerpo
tembl.

--Me vuelvo loco!--balbuce.--No comprendo... diga, ah! diga...

La joven continu:

--Es bien sencillo lo que pas en m. Me convenc de que me haba
equivocado, que nunca haba amado a Huberto.

--Que usted no lo am nunca?... Nunca...--repeta Juan.--Entonces cmo
fue su novia?

--Acaso lo s yo? Influye tanto el azar en nuestras determinaciones...
Confieso que en un principio Huberto no me disgustaba... qu razn
haba para que le rechazase? Yo no saba que otro me amase... otro...
Todo esto es bien simple... muy triste tambin... No hay que guardarme
rencor, Juan. Vivimos tan futilmente nosotras, las jvenes! nos
conocemos apenas; no sabemos dirigirnos, y nadie nos gua en la
educacin de nuestro corazn; nuestras madres no se atreven... nada es,
pues, ms fcil que confundir un sentimiento trivial con el verdadero
amor.

--Es cierto... Lo que usted dice es justo y cierto... Ah, Mara Teresa,
Mara Teresa!...

Y trastornado, Juan balbuceaba:

--Libre, usted es libre!

La joven respondi:

--No, Juan, no, yo no soy libre; si me he desligado, es porque, durante
mis fras relaciones con Martholl, conoc que todo mi corazn perteneca
a otro...

--A otro!

--Ah! Juan, no adivina usted?

Como alucinado, l la mir, y en la turbacin, en la emocin visible de
su amada, lee la confesin que sus labios no se atreven a pronunciar.

Enloquecido, la atrae hacia s en un movimiento apasionado.

--Ser posible! Mara Teresa, le suplico, hable! dgame que soy yo...
es posible? yo!... yo!

Entonces la joven inclin su cabeza sobre el hombro de Juan, y murmur
en un soplo:

--...S, Juan, es usted!

Una especie de deslumbramiento hace caer a Juan sobre un banco, y le
quita las fuerzas de abrazar aquel cuerpo encantador.

Entonces, tomando las manos de Mara Teresa, de pie ante l, la
contempla con toda su alma, y ella lee en la cara del joven la
intensidad de su emocin. Est transfigurado; el oro del sol se refleja
en sus negras pupilas, y una palidez de mbar cubre sus mejillas; una
felicidad sobrehumana resplandece en aquel rostro, cuyos labios son
impotentes para pronunciar palabras.

--Es, pues, cierto!...--repite,--yo! yo!

Ansioso o incrdulo, no pudiendo creer en tanta felicidad, se pregunta:

--Cmo es posible que sea para m esta dicha inmensa... que no he
merecido?...

--No, Juan, yo he conocido en usted la grandeza de la energa, la
hermosura del espritu de sacrificio, y usted ha penetrado en mi corazn
hacindome admirar la nobleza de una alma generosa dedicada al deber y
al trabajo.

--Oh, Mara Teresa!--exclam l, atrayndola hacia s en un arrebato de
todo su ser,--puedo decirle entonces cunto la amo? Mara Teresa! yo
la adoro... mi amada, mi bien amada; no teme usted que sean demasiado
rudos estos brazos que la estrechan?

--No, Juan, puesto que yo le amo...

Y la joven inclin su cabeza sobre el corazn de su novio. En un ademn
de proteccin y amor, l la rode con sus brazos y la estrech con ardor
silencioso.

Aquel abrazo grave y fuerte llen de dulce emocin a Mara Teresa; se
senta segura como en un estuche, entre aquellas manos cariosas y
potentes. Perciba las palpitaciones del corazn de su novio; su fuerza,
su frecuencia, el fluir tumultuoso de la sangre en las arterias,
entonaban, para ella, un himno sagrado y triunfante.

Presenta cunto ideal y generosa energa llevara, por el don de s
misma, a la vida de su amado.

Era cierto: Juan aprisionaba su sueo entre sus brazos; tena estrechada
contra su pecho a la mujer nicamente amada. Esta posesin, exaltando su
alma, lo haca capaz de acometer las ms grandes obras humanas.

Largo tiempo, de pie en la terraza, permanecieron entrelazados...

       *       *       *       *       *

El horizonte infinito se extenda ante ellos. En el mar el sol trazaba
un surco de oro que, semejante a un camino luminoso, empezaba a sus
pies, para perderse en la inmensidad; les pareci el smbolo de la senda
que se abra para ellos y que seguiran en adelante.

Una emocin intensa los embargaba. Confundan aquella claridad con la
irradiacin de la felicidad que inundaba sus almas; se imaginaban que
aquella luz emanaba de ellos para esparcir la alegra por el mundo.

No se equivocaban; el amor es la antorcha que ilumina a la triste
humanidad, lo nico que siembra algunas chispas de alegra y embriaguez
en el fragoso camino que seguimos desde la cuna hasta la tumba.



***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK INCERTIDUMBRE***


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Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
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501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
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business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
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